BAQUIANA – Año XXI / Nº 115 – 116 / Julio – Diciembre 2020 (Poesía VI)

FOTO SECCIÓN POETICA

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MARGARITA MERINO

Nació en León, España (1952). Es poeta, ensayista, narradora y profesora de literatura hispánica. Tiene una Licenciatura en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y un Doctorado en Literatura Hispánica por Florida State University (Tallahassee, Florida, EE.UU.). Ha trabajado como Técnico de Gestión en el Ministerio de Educación y Ciencia, al igual que en medios de comunicación. También se ha desempeñado como diseñadora gráfica y ha impartido clases como profesora universitaria a lo largo de su carrera profesional. Ha publicado los poemarios: Viaje al interior — XV Premio “Antonio González de Lama (León, España, 1985); Baladas del abismo (1989); Poemas del claustro 1 y 18 (1992); Halcón herido (1993); Viaje al exterior (1994); la antología italiana La dama della galerna, y Viaje al exterior (incluido en el estudio de la profesora María Cruz Rodríguez González De la confesión a la ecología: El viaje poético de Margarita Merino (Editorial Pliegos, Madrid 2016). También ha participado en publicaciones colectivas como Pregón de un Sábado de Piñata  (Editorial Lobo Sapiens – Ediciones El Forastero, León, 2018). Sus artículos, ensayos, columnas y cuentos aparecen en diversos medios de prensa y en varias antologías tales como: la Antología Mundial de RE-MARKINGS: A World Assembly of Poets. Contemporary Poems (2017) editada por Tijan M. Sallah y Nibir K. Ghosh. Su poesía comunica temas universales (como el amor, la libertad, la tolerancia, la solidaridad y la amistad) desde su propia perspectiva. Muchos estudiosos y especialistas de la poesía escrita por mujeres la consideran una pionera del ecofeminismo poético en España.

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MI CASA

 

Cansada estoy de este desorden,

porque alguien ha convertido mi casa

en una nebulosa y lo confunde todo.

Los fantasmas se han vuelto perezosos,

se pasan todo el día durmiendo, sin

dar golpe, y ─para colmo─ utilizan

mis pijamas y mi cama.

Los pájaros, perdidos los dulces recelos

que les sujetaban tímidos, han conseguido

anidar en los armarios. No tienen rubor

ninguno en llenar mi ropa favorita

de pedazos de pan y de excrementos.

(Estoy desesperada e inevitablemente, sucia).

Los escarabajos, contagiados de entusiasmo,

han tomado los cajones de los calcetines

y las bragas como la Casa del Pueblo

de los Insectos Libertarios, prohibiendo

─eso sí─ la entrada a las escarabajas

que se manifiestan lanzando garbanzos

y lentejas, desde la mesita, sin descanso.

(Siempre me resbalo cuando entro distraída).

Los elfos, se columpian en las hojas del

poto y quitan las bombillas a las lámparas.

Han declarado una guerra sorda

contra cualquier orden de los objetos

y se dedican ─concienzudos e infatigables─

a poner tomates en las estanterías,

libros en la nevera, cubitos de hielo,

clavos, sal gorda, entre las sábanas.

(Además de pasarse noches enteras

molestando a los vecinos: dando bronca,

cantando asturianadas, boleros, vaqueiras,

fados, habaneras, nanas; bebiendo absenta

hasta desplomarse rendidos en la alfombra

donde se juegan mis contadas joyas

a las cartas con unos amigos de Luarca

que pasan ahora largas temporadas

en el aparador de la cerámica).

Las avispas son legión. Las lagartijas trepan

por los álbumes de cómics y ha crecido

champiñón sobre el Espasa. Las arañas

han poblado las esquinas de realquilados,

hijos, suegras, primos segundos y mancebas.

Encuentro la bañera invadida de ranas,

renacuajos, lotos carnívoros, miasmas

que producen un repugnante olor a charca.

Y encima, los brécoles con boina,

los días de sol en la terraza…

(No puedo distraerme un segundo de

tanta confusión, pues cuando enciendo

─en medio del estrépito de platos y de vasos

que se rompen solos─ el televisor para

olvidar mi angustia, la pantalla derrama

intermitente un aluvión de lava abrasadora

y he estado a punto de achicharrarme

viva varias veces, y tengo el parqué del

salón hecho una lástima, convertido

en Pompeya renovada).

Verdaderamente, alguien es culpable

de este abominable barullo, pienso

─y siento un afán patibulario─ cuando

preparo las maletas para irme, decidida,

a descansar unos días a casa de mi madre.

 

 

CANTO II

 

América, América, por encima del aburrimiento

de una casta España sofocada, te asomabas.

Nos hablaste en las contracciones de tus partos,

en los que te naces a ti misma sin desmayo,

de lo duro que resulta ese ejercicio de pureza.

Nos ibas sin sentirlo contagiando de ti

a lo largo de nuestra adolescencia,

y toda mi familia sucumbía

a alguna de tus seducciones.

Siempre aparecías en las celebraciones,

en la música repentina de las sobremesas.

El Paraíso de Trobajo nos pertenecía

en forma de vagualas, carnavalitos, sambas,

rancheras, zambas, cuecas. Aleteabas lánguida

en el patriotismo idealizante de Los Republicanos

Viejos recibiendo tus noticias en cartas censuradas.

 

Y así, en aquellas Nocheviejas,

en los Cumpleaños Lejos De Casa,

entre Americanos en París, blúes, valses

y Hojas Muertas, te infiltrabas en tangos,

Panchos, Machucambos, en Atahualpas

estremeciendo a Europa con milonga,

en románticos corridos de revoluciones

mexicanas, Gardeles agónicos, Negretes

que volvían la mirada “a la orillita

del río, a la sombra de un pirú…”

Porque acabábamos todos inflamados

por Roberto, sintiéndote cercana,

América, cantándote, reúnenos de nuevo

al brasero del hogar que tuvimos.

Ha llegado la hora de que mi saga se siente

plácidamente alrededor de su camilla

ocupando un lugar en tu memoria.

 

(Del poemario Viaje americano)

 

 

CANTO III

 

América Latina, abandonando el barro,

los pinceles y los rotuladores, el papel

Guarro, sobre la mesa de la galería,

en las postrimerías de los atardeceres

iniciaba viajes oceánicos al tiempo ido

enfrascándome en las páginas vibrantes

de tus narradores:

los Alejos, Ernestos, Adolfos, Maritos,

los Gabos, los Juanes, los Julios, los Pablos,

los Octavios, los Jorge Luises, los otros que no cito,

sagaces fabuladores de lo aúreo

que iluminaban la mortecina vida colegial.

Todos ellos hicieron el milagro, y así

tus insondables mares siguen rompiéndose

en espuma contra los malecones

de mi infancia lejana.

Escucho aún en esta hora

─en la que irrumpe inevitable una señora─

los chillidos agudos de tus aves costeras,

el rumor de los vertiginosos riachuelos.

Me invade el olor a vértigo genitivo

que inunda la humedad

de tus frondosas selvas.

Me embriago en el espectáculo colorista

de tus mercadillos, Cuzco, Cuzco.

Subo en los trenecitos verticales presintiendo

el miedo indomeñable de la peripecia

a la altura asfixiante donde los peregrinos

chascan coca para coronar las ascensiones.

Veo a los sabios surcando la experiencia

de unos hongos extremos que fragmentan

las conciencias cobardes con el estallido

de luces primigenias. Los hongos demoledores

del pensamiento plano, habitual

en muchas extensiones de la esfera.

Nos llegaban tus ecos más allá de tu ausencia

y tu sensualidad la imaginábamos constante

floreciendo en formas y sonidos

durante la calma pegajosa de las siestas,

cuando millones de insectos rebullen

afanándose en las cuevas que existen

bajo piedras, preguntándome cómo

sería el amor, cuál la composición

del éxtasis del celo galante.

 

Cómo no abandonarse a las ruinas desoladas

en la cima impensable donde habita Belleza,

el lugar en que la más rancia de las filosofías

sucumbe diluyéndose blandamente trastocada.

Las reliquias de los templos sagrados,

el diseño perfecto de las pistas gigantes

que otros seres enormes dibujaron jugando

con un dedo sucio de cal blanquecina.

La sorpresa de los dioses voladores,

navegantes procedentes del cosmos galáctico

que nos guiñan un ojo desde las paredes.

La fórmula precisa de toda sabiduría

encerrada en los impenetrables calendarios

para los que el más sofisticado software

no encuentra las claves requeridas.

 

El pánico inenarrable de los débitos:

El espeso plasma de la sangre vertida

adherido a la esencia de las losas siniestras,

resplandece el cuchillo detenido en el aire

y se inicia el movimiento de la consumación.

El sacerdote desgarra los pechos al sol

y los insoportables gritos de los agonizantes

se mezclan al aullido de chacales

que olfatean las palpitantes vísceras

en la distancia roja de la tarde que avanza.

Qué contar del misticismo elemental

donde el arrebato de lo propio supuso

un aceptado abandono colectivo

a las manos lívidas de la melancolía,

porque la melancolía es la más fulminante

de las enfermedades y cubre a quienes

aman lo suyo y lo ven destruirse replegados

frente a la invasión de Lo Desconocido,

Las Costumbres Ajenas, la palabra

ruda de las órdenes ininteligibles,

perdidas de pronto las motivaciones

cotidianas ante un sentimiento brusco:

La codicia en que abunda

el expolio ruidoso de los torpes

y la sinrazón que provocan los metales.

 

(Del poemario Viaje americano)

 

 

SÚPLICA

 

Oh gozo antiguo,

libérame de ti.

Te ruego que me poses

en el suelo de la normalidad

pues yo también

habré de envejecer

tomando el tren

del no volver jamás

a lo que quise ser.

 

Oh gozo vivaz,

protégeme sin mácula

del lúgubre quehacer

de los taxidermistas,

porque amo intensamente

la imposible perfección

de lo que palpita

transido por la vida.

 

(Del poemario Baladas del abismo)

 

 

NOCTURNO DE AGOSTO

 

Yace mi quimera, rotos los talones sobre la hierba seca.

Se derrama súbito un quejido de oboes, las cítaras inclinan

su torso susurrando, se suma lejano el latido de campanas

que anuncian la consumación de la noche.

 

Ay tambor, no proclames tan ronco que ha de ser

la implacable red de las arañas hiladoras de escarcha

quien cubrirá mi cuerpo acurrucado en el temor

con jubones de cristal y túnica de viento.

Ay timbal, no retumbes augurando que los brazos del frío

me acunarán ceñidos hasta desvanecer el olor que dejó

la tibieza de mi amante prendida en mis cabellos.

 

Qué gaita logrará aplacar esta intuición de pérdida

que nubla mi corazón y lo torna discreto,

cómo traducirá el violín la pesadumbre del pulso herido

de los olmos muriéndose,

qué trompeta se alzará celebrando la húmeda lozanía

de las praderas a la hora del alba:

Ha ido apagándose el antiguo verdor que tuvo mi avenida,

ya la hiedra se desploma en pardo zarzal sobre la piedra.

 

Qué instrumento ocultará el alarido vegetal en los incendios,

qué sones distraerán el lamento de bosques abrasados,

de arboledas fragantes sucedidas por ámbitos enfermos.

Horizontes malditos prolongarán los ecos de los gritos

de la vida rumorosa que albergaron las hojas.

 

No permanecerá color que resuelva la música,

sólo el humo provoca un tumulto siniestro

sobre las copas torcidas por el fuego.

Sólo el humo corona con estribillo fúnebre

un clamor dolorido sobre los restos marchitos de belleza.

Sólo el humo acompaña el estertor sombrío

del paisaje calcinado en la memoria.

 

No permanecerá color que pueda devolvernos la música,

no sentiréis la lluvia dulcificando rítmica el destierro

del yermo en que muy pronto habitaremos todos.

No habrá de discurrir la alegría del manantial en las flautas,

pues yo tampoco tararearé una canción para vosotros

cuando arden los montes y él me ha olvidado:

Cuando él me ha olvidado absorto en la reliquia

de los tejos sagrados y del muérdago.

 

 

DAMA EN BALAUSTRADA

 

La dama suspiró mirando la rosa desvalida

que arrancada por el insomnio al rocío

iba desparramándose al calor de sus muslos

en desolados pétalos, en hojas sombrías

como la sangre seca y el néctar de las moras

maduras, sobre sus rodillas de estatua

de carne demudada que se aquieta.

Quiso, la dama taciturna,

distraer su melancolía al hilo de la rememoranza

de lejanas primaveras, cuando en su juventud

no había reconocido, aciago,

el acre sabor de los aconteceres en la lengua:

¿Dónde se cierne ahora la alegría

estrepitosa como una catarata…?

¿Dónde se volcarán las fuentes rumorosas

con que salpica el fresco júbilo a la dicha”.

 

Sólo el invierno aguarda en los castillos

que han sido debelados por el presentimiento:

los criados huyeron muy temprano

llevándose rapaces las vituallas últimas

y los caballos tensos. Sólo el invierno

queda en los jardines que la maleza invade.

Invierno en las estancias mudas. Invierno

en los tapices cuyas tonalidades han ido

apagándose humildes al paso de los años.

Invierno en los jarrones azules donde ya

no se asoman ─bienolientes y prietos─

los capullos de claveles, rosas, camelias.

invierno colma ahora los cántaros de barro

de las despojadas alacenas. Invierno

muge en las bodegas. Fúnebre se despereza

invierno en las caballerizas quietas.

 

Reposan los viejos instrumentos

que insuflaron la música de vida, ha cubierto

el polvo los laúdes, el olvido enmudeció

los timbales y las cítaras, las flautas

han sellado el estupor absorto del silencio.

Invierno nubla los colores, dispersa

con el silbo de sus ráfagas heladas

las fragancias que tuvo el amanecer

en los días felices.

No se encienden los fuegos

de las chimeneas,

late en el aire una vaga premonición

de hogueras gigantescas.

 

La dama espera su destino, digna y sola.

“Acaso las horas venideras

deparen todavía una sorpresa

y este temor que siento pueda ser arrancado

como los abrojos en tierra de cosecha”.

“Acaso él, que era esforzado y valiente,

se libre de la peste, del odio, de la muerte,

y vuelva demacrado y solemne de la guerra”.

 

Se empañaban sus sienes de nostalgia,

ausente el hombre, remotas las caricias,

se iba adueñando el pesar de su memoria.

“Doblegará el frío el ansia de mis poros,

las telarañas irán cubriendo recovecos,

avanzará la carcoma en los bargueños,

la pátina del tiempo amarilleará

las láminas, mi cutis marfileño”.

“Se extenderá flotando la desdicha

pertinaz como el aceite sobre el agua,

tal vez La Segadora me sorprenda

en las manos violentas del extraño:

Es momento de conceder la libertad

a los halcones que gozaron parejos

sobre el puño de mi señor las monterías…”

 

Cuando los siglos nos ofrezcan

brutal el espectáculo de las demoliciones,

inferida la decadencia de las piedras,

sanguinario el impulso de los bárbaros

y las hordas noctívagas;

cuando atestigüe el esqueleto desnudo

de un castillo vencido en el asalto

el desamparo de los artesonados

en las llamas,

el rigor del incendio acaecido,

la tristeza que hereda a las pisadas

que medían los escarpines ágiles

dueños del espacio avasallado;

cuando el pasado sea testimonio

de la sinrazón, del hambre analfabeta,

de la intolerancia, la miseria,

del ánimo siniestro, el desatino

que despiertan las guerras;

sabremos que tampoco los salones

permanecerán jamás indemnes

del toque de sentencia con que las campanadas

de los cuatro jinetes de la desesperanza

condenan al ilota y a los parias.