BAQUIANA – Año XX / Nº 111 – 112 / Julio – Diciembre 2019 (Cuento II)

EL HOMBRE JICARITA

Cienfuegos, Sancti Spíritus y Jicarita (1956)

 

por

 

Teresa Bevin


El doctor Fanjul recibió con gusto a su amigo y colega, el doctor Garcés.  Entraron al despacho, donde el primero sirvió dos copas de coñac.

—¿Y qué hay de nuevo, mi querido amigo? —Fanjul se aflojó la corbata, listo para una buena conversación.

     Garcés le habló de su nuevo despacho, de sus hijos, de una casita que se había comprado en la playa, y de sus perros de presa.  Pero estaba claro que no había venido a charlar.

—Mira Fanjul, he venido a pedirte que vengas conmigo a Jicarita.

—¿Jicarita? ¿Se puede saber dónde carajo está eso?

     Garcés estiró las piernas en el sillón de cuero y encendió un cigarrillo.  Con mucha paciencia le explicó a su colega los detalles de la excursión que le proponía.  Según había sido informado, había un hombre en la zona de Jicarita que apenas sabía leer o escribir pero que diagnosticaba enfermedades con una certeza sorprendente.  Conducía su consultorio allá lejos, entre las lomas, donde no había un hospital para atender a los campesinos. . .

     Fanjul escuchaba, pero estaba obviamente incómodo, cruzando una pierna, luego la otra, acariciando su corbata con insistencia, y mirando su reloj de soslayo.  Se bebió todo el coñac de un tirón, y por fin estalló.

—¡Hombre!  No me vas a decir que estás interesado en lo que pueda decirte un charlatán. . .

—No te apresures —lo detuvo Garcés sin perder la calma. Lo más probable es que sea, en efecto, un charlatán.  En ese caso es nuestro deber desenmascararlo, ¿no crees?

—¿Pero con qué objeto?  Deja que engañe a todos los guajiros que le dé la gana.  ¿Para qué ir a las quimbambas a detener a un guajiro santero que cuenta con muchos ignorantes a quienes engañar?

—Es que no es santero.  Ni son cien o doscientos los que ve en un mes, como tú y yo… ¡Son miles!  Siento mucha curiosidad y quiero conocerlo.  Yo no lo hubiera creído de no habérmelo contado Fernández, el farmacéutico. Tú conoces a Fernández. Es un tipo serio, mesurado, sobrio… Pero el otro día me dejó perplejo. Al parecer su hija de 10 años tenía problemas digestivos que nadie parecía capaz de diagnosticar, y menos tratar.  Me la trajo a mí, pero se la mandé a Bustamante, bajo el pretexto de que era mejor que la viera un pediatra. Tú sabes que Bustamante es un lince, ¿verdad? El mejor pediatra de Cienfuegos.  Pues nada, amigo mío.  Ordenó placas, hizo todo tipo de investigaciones, y aún así no pudo dar con el asunto.

—¿Y?

—Pues Fernández dice que había oído del hombre de Jicarita, que había diagnosticado a no-sé-quien, un conocido suyo, que ya estaba desahuciado por un cáncer en no-sé-dónde, y el hombre hoy anda por ahí como si nada, y así fue que Fernández y su mujer decidieron llevar a la niña a ver al hombre de Jicarita.

—¡A otro con ese cuento del desahuciado! —dijo Fanjul, haciendo una mueca. Y bien,  ¿qué pasó con la hija de Fernández?

—Ahora viene lo bueno.  Dice Fernández que el hombre le preguntó si él y su mujer habían despedido a una criada cuando la niña tenía dos años.  Fernández dice que de primeras y a bocajarro no sabía, pero que su mujer sí sabía, y lo recordaba muy bien.  El hombre preguntó por qué habían despedido a la criada, y la mujer dijo que porque se había robado un anillo de oro de ella, que Fernández le había regalado cuando eran novios. Entonces el hombre dijo que la niña se había tragado el anillo y aún lo tenía atascado en el intestino delgado entre pliegues, y que por eso no se veía en las placas y le estaba causando infecciones y parálisis digestiva. Fernández estaba incrédulo, como supondrás, pero el hombre le dijo que se quedaran un par de noches y ya verían. Se quedaron allí a dormir en unos catres raquíticos dentro de unas barracas llenas de gente.  La mujer del guajiro se les apareció en la barraca con un frasco de aceite, una cuchara, y una vasija. Le hizo tragar a la niña un par de cucharadas de aceite de coco, le hizo la señal de la cruz sobre la frente, y le dijo a Fernández y a la mujer que la niña debía defecar en la vasija que les había traído, y tras buscar en el bolsillo de su delantal sacó un palito y se lo dio para que buscaran en la mierda. . .

—¡Hombre, hombre!  Que ya esto del palito se pasa un poco, Garcés.

—Deja que termine.

—Adelante pues.  Dame la estocada de una vez.

—Esa misma noche la niña echó el anillo que ya tenía dentro desde hacía más de 8 años. ¿Qué te parece?

—Que tú y Fernández están de atar.

—Entonces vienes conmigo, ¿verdad?

—Naturalmente. No puedo dejarte hacer el ridículo solo.

     Vestidos como para una excursión dentro de lo más denso de la selva, los galenos se acomodaron en el automóvil de Garcés y se dirigieron a Sancti Spíritus.  Allí deberían encontrar otro transporte más propio para el desigual terreno de la zona, que contaba con tramos muy pantanosos. Por el camino planificaron detalles de cómo presentarse al hombre, de las cosas que debían decirle, y las preguntas que le harían para probarle que no tenía idea de lo que le estaba diciendo a la gente y hacerlo desistir en su empeño de explotar la ignorancia de tantos.

     Se estacionaron frente a la casa de un chofer recomendado, que enseguida salió a recibirlos. Se les presentó como Gabo Echemendía, y les preguntó si querían ir a Jicarita a ver al hombre.

—Solamente los puedo llevar hasta un poco más allá de Zaza —explicó con un amplio gesto de los brazos—. Allí nos espera mi socio, quien los llevará hasta Jicarita antes de que se haga de noche.

—Pero si no son más que las nueve de la mañana —observó Fanjul tras consultar su reloj.

—Es que no es fácil llegar hasta allá. Ya sabe, con las lluvias que hemos tenido en estos días se crecen los arroyos y se alborota el jaboncillo.

—¿Jaboncillo? —Fanjul sonaba alarmado.

—Es un fango impasable, señores.

—Ya lo sé. ¿Pero no dicen que el hombre recibe muchísima gente? —Fanjul ya se estaba arrepintiendo de haber aceptado la propuesta de Garcés.

—Muchísima—le aseguró el Echemendía—. Llegan como pueden.  A caballo, en carretas de bueyes, en tractor. . . Algunos han llegado caminando.

     Fanjul quedó en silencio, dirigiendo una mirada lúgubre a su acompañante en lo que entraban al Jeep.

     Llegaron a Zaza tras haberse atascado dos veces. Echemendía manifestó satisfacción de haber tenido solamente dos atascos. Pero los galenos, ennegrecidos hasta el cuero cabelludo por el barro que los cubría por empujar y sacar el vehículo de dos atolladeros, ya no tenían nada que decir. En Zaza los esperaba Tomás, un hombrecito desdentado, pero muy animoso.  El viaje de dos horas se hizo en una carreta tirada por un tractor, y con Tomás cantando a todo pulmón. Por el camino los doctores llegaron a degustar el jaboncillo, que era lanzado por las ruedas del tractor hacia la jaula donde se encontraban mareados y maltrechos. Garcés, sintiéndose culpable por la incomodidad de su amigo e ignorando la propia, trataba de animarlo con algún chiste, breves sonrisas y, extendiéndole a cada rato, una bolsita de pastillas mentoladas que Fanjul terminó por quitarle irritado para tirarlas entre las ruedas del tractor y las de la carreta.

     Tras pagarle a Tomás los cinco pesos que cobraba por hacer la travesía, los doctores fueron guiados por un muchacho hacia la barraca de los hombres, que estaba repleta, y a sus respectivos catres. Una mujer apareció con un farol en la mano y los invitó a que tomaran un poco de sopa que había quedado de la cena. Ambos estaban hambrientos y aceptaron.

     En el comedor había una larga mesa como para un ejército. Se sentaron a recibir una sopa que olía a gloria y les devolvió las ganas de vivir. Garcés le preguntó a la mujer cuándo podrían ver al hombre.

—Mañana tal vez —dijo, recogiendo los platos vacíos y señalando con el mentón hacia una esquina del comedor—. Allí hay unos platanitos muy buenos.  Tomen los que quieran.

—¿Tal vez? —Fanjul creyó desmayar.

—Nunca se sabe —dijo la mujer mientras secaba los platos—. Ha venido mucha gente.

—¿Y si le damos una buena cantidad…? —empezó Fanjul.

—Mi marido dice que cada cual espera su turno y punto.

—El que nos trajo nos viene a recoger mañana—siguió Fanjul.

—¿Tomás?  Ese viene todos los días.  No se preocupe.

—¿Qué le debemos por la sopa y por los catres? —preguntó Garcés.

—No cobramos. La gente deja lo que puede. Son muchos los que hay que atender y dar de comer, y cualquier cosa nos ayuda para comprar sábanas, toallas, platos, ese tipo de cosa que se desgasta y se estropea.  Por suerte nuestra finquita tiene de todo y nuestros hijos son muy trabajadores. Ya verá mañana los frutales, las hortalizas, las gallinas, que ponen muchísimos huevos diariamente, y nuestras vaquitas lecheras.

—Pero no es posible, señora.  ¿Cómo se mantienen?

—Con el favor de Dios.

     Fanjul y Garcés salieron a respirar el fresco aire nocturno antes de depositar sus maltratados huesos sobre los catres que les asignaron.

—¿Cómo es posible que no cobren? —Fanjul miró a su amigo.

     Garcés encendió un cigarrillo—. No tengo la menor idea.

     Al otro día los doctores se despertaron por el aroma de café que les llegaba del comedor.  Sentados a la mesa con otros veintitantos comensales desayunaron como reyes. Engulleron gustosos un estupendo fufú de plátano con tocino, huevos, pan recién horneado y mantequilla casera, todo acompañado del café más fuerte y aromático que había bebido en su vida. Luego deambularon por la finca.  Admiraron los frutales, las hortalizas, las gallinas, y las vacas. Era un bonito lugar lleno de productividad.  Encontraron gente joven trabajando con ahínco. Todos se parecían mucho entre sí porque todos eran hermanos, hijos del jefe, el famoso hombre de Jicarita.

     Los médicos caminaron sin prisa por los alrededores hasta llegar al borde de la propiedad, donde volvieron a tener un encuentro con el jaboncillo. No hizo más que poner un pie fuera de la entrada, y Fanjul se cayó sentado sobre un charco. Garcés le tendió una mano que Fanjul no quiso aceptar de primeras, pero ante la imposibilidad de levantarse por su cuenta, la tomó de mala gana.

—Lo siento, querido amigo —dijo Garcés, compungido.

     El resto del día se lo pasaron sesteando en hamacas bajo los frutales. Comieron mangos, nísperos y marañones hasta el hartazgo. Había una gran variedad de frutas maduras cayendo de los árboles. Observaron a uno de los muchachos separar la crema de la leche para hacer queso y a otro que subió a un cocotero con gran agilidad a tumbar cocos para sacarles el agua, la masa, y extraer el aceite.

     A Garcés se le terminaron los cigarrillos y cayó en un estado de ansiedad muy incómodo. Apeló a la generosidad de otro visitante de la barraca, quien no solo le ofreció un cigarrillo, sino que le regaló un paquete entero. Garcés ofreció pagar por los cigarrillos, pero el hombre, obviamente un campesino, no lo aceptó.

─Aquí nadie parece querer dinero─ observó Fanjul.

     Llegó la hora de la cena y aún no habían podido ver al hombre. Comieron hasta saciarse de una comida abundante y muy bien preparada por dos de las hijas del hombre, y se fueron a dormir en sus respectivos catres.

     A la mañana siguiente después del desayuno, uno de los muchachos les informó que su padre estaba listo para verlos. Se apresuraron hacia el consultorio del hombre, guiados por el muchacho.

     Entraron a un pequeño aposento dominado por una enorme ventana abierta con vista a una loma cubierta de palmas reales. Las paredes de madera estaban desnudas excepto por un grabado del cuerpo humano en tamaño natural.  Había un escritorio y dos sillas frente a él. El muchacho les dijo que se sentaran, que su padre regresaría enseguida.

     Apenas se habían acomodado en sus sillas cuando un hombre de pequeña estatura y rostro jovial, agradable y juvenil para alguien con hijos adultos, entró en la habitación.  Les dio los buenos días, les preguntó si habían dormido bien, si habían estado a gusto en su finca, y satisfecho con las respuestas afirmativas, se sentó.  El hombre bajó la cabeza por unos instantes.

─Gracias doy a mis guías por la oportunidad de servir a estos señores —dijo en voz baja.  Mantuvo la cabeza baja por unos instantes, respirando profundamente. Cuando levantó la cabeza para volver su atención a ellos, su rostro había cambiado notablemente.  Ahora parecía más viejo, más severo en su forma de mirar. Parecía otro. Los miró a los dos, sin hacer preguntas.  Y miró a Fanjul con detenimiento.

—Si no se cuida usted —empezó el hombre— va a tener un infarto.

—¿Cómo dice usted? —Fanjul saltó en la silla.

—Tiene una arteria que se le va a cerrar en un par de años.  Tiene usted que dejar los tostones grasientos que tanto le gustan, tiene que dejar la carne de cerdo, y todo lo que tiene grasa en exceso. Pero lo que debe usted dejar antes que todo es su mal talante.  Debe dejar de gritarles a su esposa y a sus hijos. Piense que cada vez que se enfurece usted, esa arteria se contrae, y como está llena de depósitos grasientos, puede provocar un infarto de un momento a otro.

—Pero ¿cómo es posible?…

—Eso lo sabe usted mejor que muchos o que la mayoría porque usted es médico.

—¿Cómo lo sabe? ─Fanjul se sobresaltó.

—Digamos que lleva usted un símbolo sobre la frente y se lo puedo ver.

     Fanjul quedó mudo.  Miró a Garcés, y luego al hombre, quien ya había terminado de diagnosticarlo, y ahora enfilaba su certera mirada hacia Garcés.

─Usted también es médico, pero fuma.  ¿No le parece disparatado? Por ahora está usted bien, tiene buen carácter, no se enfurece con facilidad, y siente gran amor por su familia…  Pero ya se le está empezando a alterar la pleura.  La tiene enrojecida e irritada por la nicotina. Pueden pasar muchos años antes de que usted note nada de particular, pero el problema ya está en marcha.  Ya tiene la tos del fumador por las mañanas, así que se puede ir preparando.

—Pero doctor —Garcés usó el calificativo inconscientemente—. ¿Qué hago para dejar de fumar?

—Pídale a algún forense que le deje presenciar la autopsia de un fumador. Pida que le permita examinar los pulmones del cadáver.  Ya verá usted como deja de fumar.

     Garcés asintió con la cabeza.

—Por lo demás, doctores —el hombre miró a uno y luego al otro—. Creo que están ustedes en razonable estado de salud a pesar de uno ser tan gruñón y el otro tan fumador.  Sin embargo, deben ir a ver a algún especialista para que se convenzan, porque ustedes han venido aquí a curiosear y a buscar el modo de darme una zancadilla. No importa. No se los tengo en cuenta.

     El hombre bajó la cabeza y mantuvo silencio ante Fanjul y Garcés, que estaban perplejos. Cuando los volvió a mirar su semblante había cambiado. Ahora era el mismo hombre que les había dado los buenos días al entrar al despacho.

—¿Conformes? —sonrió ampliamente.

—Sí. Muy conformes —dijo Garcés, y ambos se levantaron para estrechar la mano del hombre.

     Aquella misma tarde Fanjul y Garcés emprendieron el camino de regreso, no sin antes dejar una buena suma como donativo. Tomás los regresó hasta Zaza cantando, luego Echemendía los llevó hasta Sancti Spíritus con dos atascos, y por último tomaron la carretera a Cienfuegos, cubiertos de lodo, pero cómodamente instalados en el automóvil de Garcés. Apenas cruzaron palabra durante la travesía.

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TERESA BEVIN

Nació en Camagüey, Cuba (1949). Narradora, traductora y profesora de psicología. Graduada de la Universidad George Washington en Washington, D.C. y de la Universidad de Maryland en College Park, Maryland. Por más de treinta años vivió en el área metropolitana de Washington, D.C., donde trabajó como terapeuta de niños inmigrantes y como terapeuta de intervención crítica. Su dedicación a la salud mental y el bienestar de niños y familias procedentes de culturas hispánicas e indígenas de América Latina continúa a través de su escritura. Hasta finales del 2006 trabajó como profesora de psicología y técnicas de consejería y fue coordinadora del departamento de lenguas extranjeras en Montgomery College (Takoma Park, Maryland). Con frecuencia ofrece charlas a clínicas y agencias de servicio social en gobiernos locales y estatales. Ha participado con capítulos completos en varios textos para estudiantes graduados de psicología y trabajo social, abordando temas de diversidad cultural y salud mental, entre los que cabe destacar: “La necesidad de cuidados especializados con las víctimas de la guerra de El Salvador” (Panamerican Health Organization, 1998); “Multiple Traumas of Refugees: Near Drowning and Witnessing of Maternal Rape” en Children in Crisis, Dr. N. B. Webb, Editora, (Guilford Publications, New York, ediciones de 1991 y 2000); “Parenting in Cuban-American Families” en Multicultural Parent-Child and Family Relationships, Dr. N. B. Webb, Editora, (Columbia University Press, New York, 2001); y los textos “Caught Between Homophobia and Peer Pressure”  and  “Cuban Women: Betrayed by Revolution” en el libro Opening Pandora’s Box: An Introduction to Women Studies, B. Friel & R. Giron, Editores, (Gival Press, Virginia, 2005). Ha publicado sus cuentos y relatos en revistas latinoamericanas y estadounidenses. Su relato “City of Giant Tinajones” (Ciudad de Grandes Tinajones) aparece en una de las antologías más importantes sobre la literatura latina en los EE.UU., The Prentice Hall Anthology of Latino Literature, E. del Rio, Editor,  (Prentice Hall, New Jersey, 2002). Ha incursionado en el género de novela juvenil bilingüe, que incluye currículo y lecciones, con el libro Tina Springs into Summer/Tina se lanza al verano (Gival Press, Virginia, 2005). En el 2001 recibió el premio “Bronce” que otorga la revista ForeWord Magazine por la mejor traducción de ese año y en el 2002 fue finalista en la categoría de ficción multicultural del grupo Independent Publisher Online (Publicaciones Indepen-dientes en la Red) por su obra y traducción de los mismos, la colección bilingüe de cuentos Dreams and Other Ailments/Sueños y otros achaques (Gival Press, 2001). Su novela Havana Split, publicada por la Universidad de Houston,  (Arte Público Press, 1998) fue nombrada por el periódico The Miami Herald entre uno de los libros más importantes del 1998.

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