BAQUIANA – Año XX / Nº 109 – 110 / Enero – Junio 2019 (Reseña IV)

REFLEXIONES SOBRE EL POEMARIO AGUJA DE DIVERSOS, DE JESÚS J. BARQUET

 

 por

 

Heriberto Pagés Lendián


AGUJA DE DIVERSOS 194 X 300

Bokeh
Leiden, Nederland
(2018)
ISBN: 978-94-91515-87-3

pp. 210


Desde el comienzo de Aguja de diversos, el más reciente poemario del poeta cubano Jesús J. Barquet (La Habana, 1953, radicado desde 1980 en los Estados Unidos), el lector siente la fascinación de ese yo lírico que, al inicio del volumen, está a punto de cruzar el umbral hacia la belleza y los misterios del arte, hacia la danza de la vida. ¿Es acaso el autor quien en sombras se asoma a La danza, invitado por las figuras desnudas que aparecen en las dos versiones del famoso cuadro de Henri Matisse que son el asunto del poema “Memoria de La danza, de Matisse (Canto 1)”?[1]

     En dicho poema, el poeta “sin imperio ni continente detrás” (p. 14) siente, en la primera parte (“Leningrado, 1978”), el extrañamiento ante el fausto zarista y la nobleza rusa en su recorrido por el Museo del Hermitage. El peso opresor de salones y corredores, de cetros y trajes procesionales, lo abruma. Y bajo este cansancio, inesperadamente “el milagro / del Impresionismo” (p. 14) lo rescata al mostrarle el absoluto de la libertad, la sinestesia de color y sonido, de lo móvil y estático. Intermediarios entre lo divino y lo profano, los danzantes que se contorsionan con gestos primitivos animan la paleta fauvista y arrastran con ellos al poeta para quien, desde entonces, “[e]ra y será La danza” (p. 15) para siempre. En franca ruptura con el totalitarismo autocrático, con una estética ancilar de la política, el joven poeta deslumbrado avanza hacia el descubrimiento de su verdadero ser, que habrá de llevarlo a la resolución de salir de Cuba por el Mariel en 1980, apenas dos años después.

     Para los que pertenecemos a la generación de Barquet, no era fácil en aquellos tiempos tomar la decisión que hoy día vemos claramente. ¿Quiénes tenían razón: los que se iban o los que se quedaban? Demasiadas trampas ofuscaban el juicio y la querencia del terruño también desgarraba. Este poema inicial es la constancia de traspasar el umbral, es la decisión del poeta de abrazar la vida entrevista en el cuadro de Matisse, de su entrega al arte.

     En la segunda parte de este primer canto del libro (“Nueva York, 1980”) —en contraste con la primera— Barquet teje con sus primeros versos un puente entre dos momentos decisivos en su vida:

Azul y rojo, los colores

que estaban —y los que no estaban—

en Leningrado, andaban ahora libres

correteando conmigo

por el Museo de Arte Moderno de Nueva York.  (p. 16)

     Este estudio preliminar que Matisse pintó en 1909 muestra la ronda composicional y colores más pálidos en lo que el pintor llamó un clímax de luminosidad. El poeta se pierde en el momento en que asiste “a la resurrección / de los mismos danzantes” (p. 16), establece el lazo en su memoria entre las dos etapas de su vida pues en esta ya no vivía “en la Isla / de verdeolivos zares” (p. 18). Es “una danza similar, aunque distinta” (p. 16) a la del encuentro en el Hermitage.

     El perderse (al encontrarse ahora) en la danza tiene, así, una connotación existencial, erótica y de búsqueda de lo trascendente: “Con óleo quisiera —quería yo— sucederme / en sus espacios sin tiempo” (p. 17). El poeta se rehace —la vida, como el arte, se le revela un ensayo sin fin—, y percibe “el otro matiz de la danza” (p. 19), un sentimiento de inconclusión. Y tras el Museo de Arte Moderno de Nueva York, visita la Estatua de la Libertad, donde le aguarda aún otra revelación: la sombra de la corona de la Estatua cae sobre la palabra mantra. La corona, símbolo del poder que restringe y, a la vez, de lo divino:

a media escalera sin retorno, en ascenso

por dentro de una envejecida

aunque siempre maquillándose Estatua

de la Libertad.  (p. 19)

     ¿Acaso puede el poeta asir lo absoluto, verlo al menos en la palabra anhelada? La agonía de la perfección inalcanzable, los frustrados intentos, los diversos matices o versiones de la verdad, la sombra de la corona oscureciendo la tablilla que lleva la Estatua en una mano: el poeta es el ser humano expulsado de un paraíso que aún vislumbra, y lo divino es también funesto. Solo le queda seguir en la agonía de la mortalidad. Y para continuar ha de olvidarlo todo, “todo excepto La danza” (p. 19).

     Los poemas de Barquet reflejan como espejos los avatares de una generación de creadores cubanos en el exilio. El carácter testimonial de su poesía se nutre de incidencias que marcan su vida, trascendidas a las formas del arte y, con explícita volición, de la intertextualidad. Aguja de diversos nos trae confesiones, tribulaciones y alegrías. ¿No es, acaso, una autobiografía poética? Sí, y más.

     Este volumen poético se compone internamente de tres libros y un “intermezzo deleitoso”, según explica Barquet en “Reflexiones del autor” (p. 219): Libro 1: Deslaves (que abre con “Memoria de La danza”, de Matisse); Libro 2: De repente la vida; Anexo (o Libro 3): Cantos libres; y el intermezzo Vis(itac)iones de Aztlán.

     Deslaves se divide en dos secciones: Umbral —nombre sugestivo que incluye el poema analizado “Memoria de La danza, de Matisse”—, y Moradas (con 41 poemas), que abre con “Sueño”. En este, la casa ¿Isla? de la infancia evoca una prisión: “La rodea, la aísla / un alto muro de concreto” cuyo pasillo “estrecho y peligroso” es el único acceso al exterior. El sueño se torna pesadilla al quedar la casa inundada “por un agua inmóvil, pastosa, / cubierta de hojas secas e insectos putrefactos”. Y sin saber “cómo / de repente”, el poeta nada en sus aguas, bojea “asqueado / sin luz ni aire / aquella casa” (p. 23). La casa de la infancia proyecta una sombra de espanto que acosa en sueños al poeta. En el poema siguiente, “Paisaje con retrato de fondo, 1959-1980”, se amplía este sentimiento de una infancia sin cuentos de hadas “sino los paredones y el miedo, la delación, / los privilegios de casta, los trabajos forzados / para poder emigrar, la injusticia / hablando de justicia” (p. 24).

     El tono testimonial de la sección Moradas se apoya en incidencias históricas cubanas desde los años sesenta hasta nuestros días. Un rico tejido reúne temas políticos con la Isla como escenario de experiencias personales, del destierro en general y del regreso. El desgajamiento del emigrado que al mirar hacia atrás siente su piel desollada, su vida fragmentada, así también la propia piel y vida de la Nación, como las rocas y los segmentos de tierra arrastrados por los deslaves. En el poema “Casas” se salda, por fin, la diferencia entre pasado y presente: la casa de los orígenes, que “terminó siendo ruina y no aguarda regresos” (p. 52), cede su lugar a una otra casa actual que le permite al sujeto poético “ser a voluntad”, y le sirve de escudo “gentil a toda lluvia o nevada” (p. 54). Sin mayores conflictos, el poeta se reconoce en su ser presente:

Y a su sombra serena y fiel me veo

poco a poco habitándola,

cerca y lejos del mundo, ella y yo solos, uno,

como viajeros cómplices de otra tarda decisión:

esa morada en el sueño

es la casa real en donde vivo.  (p. 54)

     Esta retrospectiva vivencial permea el Libro I. El poema “La Ruta de la Seda (Canto 4)” estremece en su desgarramiento con el pasado, y un poema como “Tabaquería (Canto 10)” despliega la ingeniosidad del autor en sus meditaciones sobre la vida, su vida. Estas características acercan al lector a la poesía de Barquet al encontrar en ella profundos tonos humanos. La lúdica recreación de palabras, el ritmo silábico con que se abrazan los versos y la intertextualidad son, asimismo, improntas del estilo de Barquet.

     La influencia lezamiana, ahora en forma de parafraseo poético, se asoma particularmente en “Fugados (Canto 6)”, donde se incluyen anglicismos del lenguaje técnico actual:

A la primera telaraña auroral

el wachimán aprovecha para enviarle

desde su ipod un email a su cónyuge:

                                     Llegamos OK PUNTO

                          Las soperas intactas PUNTO

         Tus hijos como siempre PUNTO

       Love u 2 🙂  (p. 102)

     A continuación en el volumen, Vis(itac)iones de Aztlán consta de tres visitaciones o visiones (¿acaso de esa [Ítac]a que presenta el poema “Licor albino”?). Sus temas son tres variantes del amor en su carnalidad y erotismo, o simplemente la atracción sexual.

     En la Segunda Vis(itac)ión, el poema “Reclamo a Orfeo (Canto 8)” nos adentra en una reelaboración del mito clásico con múltiples referencias, entre ellas, Sor Juana Inés de la Cruz y, en especial, Luis de Góngora. El hablante, personificando a Plutón, intercepta su experiencia sexual con el mito para expresarla en un paralelo entre el amor de Apolo por Jacinto y la búsqueda de Eurídice por Orfeo. En paródico estilo gongorino, estas referencias míticas son personae del hilo narrativo de un amor que uno de los involucrados enmascara: “pero en privado, / constante era mi cuerpo testigo de sus ojos / con sigilo mirándome / por gimnasios y saunas azarosas” (p. 134).

     El Intermezzo termina con la Tercera Vis(itac)ión. En esta, el poema “Los dioses (Canto 9)” presenta, entre otros significados, la visión crítica del autor hacia una juventud hedonista representada por los mancebos que, entregados a unos dioses indolentes que los complacen con mercancías de última moda, contemplan indiferentes la desintegración de la humanidad. Tras el pesar ante una nueva generación desinteresada, el sujeto poético de Aguja de diversos se enfrenta al tema de su propio envejecimiento, lo cual lo lleva a revisar y revalorar el sentido de la vida (y de su vida) de forma detallada en el Libro II: De repente la vida.

     También el Libro II tiene una primera sección titulada Umbral: en ella aparece la Vida, avejentada, llevando un traje de luto y descendiendo por una escalera de mármol blanca, al fondo de un encuadre en un poema deliberadamente cinematográfico[2]: “Breve historia de la humanidad (Guion de cine)”. El ser humano es aquí el microcosmos contenido en el macrocosmos de la humanidad.

     Tras este Umbral, viene la sección Refugios Cotidianos (con 28 poemas): en ella el alma del poeta reflexiona sobre el discurrir de la vida, sus logros o fracasos, sus vínculos con el lenguaje poético, sus hallazgos, pérdidas u omisiones, lo vivido o dejado de vivir, la proximidad de la muerte: “Calles”, “Trenes”, “Lluvias”, “Palabras”, “In extremis”, “Fin de pasaje”, “Hangares” son algunos de los poemas que dan cuenta de esos motivos. La cita de José Martí que encabeza esta sección del Libro II ilustra el tono de la misma: “Y la verdadera vida viene a ser como corriente silenciosa que se desliza invisible” (p. 155).

     El poema “Camino”, primero de Refugios Cotidianos, reescribe y adapta a la dicotomía cuerpo/alma esa idea de Martí para el contexto del libro:

pero el alma —ondulante

saeta cuya diana

transcurre siempre en otra parte—

no arrastra obligaciones

y osada va a lo que la busca

sin que podamos

muchas veces,

     en vida,

acompañarla.  (p. 157)

     El posible tercer libro incluido en Aguja de diversos es Cantos libres. Algunos de sus cantos ya citados aquí (“Memoria de La danza, de Matisse”, “Fugados”, “Tabaquería”, “La Ruta de la Seda”, “Reclamo a Orfeo”, “Los dioses”) guardan una segunda conexión con alguno de los libros anteriores, por eso están repartidos a lo largo del volumen. Quedan para el Anexo, por lo tanto, solo cuatro poemas largos. El primero, “Justica a Nueva York (Canto 2)”, expresa una visión redentora de la gran ciudad y se enlaza con la segunda parte de “Memoria de La danza, de Matisse”, ambos escritos en 1980, recién llegado de una Cuba que había atravesado una de sus peores décadas de represión política, cultural y personal:

Déjame redimirte ante los hipócritas

que te hayan condenado o condenen

después de invocarte a escondidas

en sus marchitos almanaques.  (p. 201)

     Es bello constatar, políticas aparte, la impresión exuberante que la ciudad ejerce sobre aquellos que la miran y que son igualmente mirados por ella. Y el hablante poético de Barquet no iba a ser la excepción: en ese cruce de miradas, acumula tal tesoro de experiencias que no duda en entregarse a la ciudad “para siempre, / como un amante albino” (p. 201).

     No es frecuente ver claramente —envueltos en coloquialismo, neoclasicismo, (neo)barroquismo lírico, compleja intertextualidad y metaforización—, el testimonio, los elementos autobiográficos y el devenir de una vida privada en el escenario político e histórico de toda una generación. Aguja de diversos nos ofrece esta posibilidad en un estilo maduro, con versos de seda e hirsutos, con la confesión sincera de la poesía.

 

Toronto, noviembre de 2018

Notas:

[1] Con diferente cubierta y contracubierta hay otra edición de este poemario, hecha por Ediciones La Mirada, en Las Cruces, Nuevo México, Estados Unidos de América, también en 2018 (196 pp. ISBN: 978-0-9911325-6-0). Diseñada por el artista cubano Jorge L. Porrata a partir de una sugerencia del autor y del poema inicial del volumen, la cubierta de la edición de La Mirada enlaza una de las versiones del cuadro de Matisse a un fotograma de un filme del director soviético Andréi Tarkovsky, quien aparece mencionado varias veces en el volumen. Todas las referencias al número de página de las citas que aparecen en esta reseña se refieren a la edición de Bokeh.

[2] Son tan numerosas y variadas las conexiones entre Aguja de diversos y el cine que el propio Barquet clasifica todo el volumen como un “poemario godardiano” (p. 218).

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HERIBERT PAGÉS LENDIÁN

Nació en La Habana, Cuba (1950). Es poeta, traductor, crítico literario y profesor en el Departamento de Lenguas, Literaturas y Culturas, de la Universidad Ryerson en Toronto, Canadá. En Cuba publicó los poemarios Los nombres de la noche (1987), Cada amanecer en este mundo (1991) y Añoranza (1992). De próxima aparición es su libro Las aves circulares del exilio. Sus traducciones de poetas estadounidenses, del Caribe anglófono y del canadiense Leonard Cohen han aparecido en la revista Opción. Reside desde hace varios años en Canadá.

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