BAQUIANA – Año XIX / Nº 105 – 106 / Enero – Junio 2018 (Reseña I)

DIALÉCTICA DEL “ETERNO RETORNO” EN SIEMPRE EN EL ENTONCES DE J. A. ALBERTINI 

 

 por

 

Luis F. González Cruz


Reseña - Siempre en el entonces - 194 X 300

Alexandria Library Publishing House
Miami, Florida
Estados Unidos
2017
ISBN: 978-1542709613
pp. 242


    Ocho relatos y dos novelas breves —“Las macuquinas de don Maximino” y “Siempre en el entonces”—, componen el libro más reciente de J. A. Albertini.[1] La última de las referidas novelas da título al volumen. Los temas tratados son tan variados y fascinantes como los personajes que deambulan por estas páginas, aunque, desde luego, hay varios asuntos que aparecen una y otra vez, creando un vínculo férreo entre estas narraciones: el tiempo, el amor, la vida y la muerte, la sombra de la catástrofe política de la Cuba revolucionaria, el omnipresente Celso Trafid Zur (modo en que se refiere el autor a Fidel Castro Ruz, recomponiendo las letras contenidas en su nombre), y otros.

    En muchos de los cuentos el tema político sirve de motor al argumento. “Un viejo juramento”, por ejemplo, resulta ser una excelente revisión —o “triste” documento— de uno de esos momentos siniestros de nuestra historia: la “limpia del Escambray”. Los personajes protagónicos —el Dr. Cruz, la enfermera Evangelina y el Capitán Mendoza— están pulcramente retratados. Estas páginas sirven de recordatorio a aquellos a quienes el tiempo haya borrado de la memoria los horrores de la Revolución, y de enseñanza o advertencia a los que por su juventud o ignorancia, no estén al tanto de las atrocidades perpetradas por el régimen aún imperante en Cuba.

    “La vida es un adiós”, homenaje a la pianista y compositora cubana Ela O’Farril, toca un punto que resume la verdad que ha regido la vida del pueblo cubano y suscita la pregunta que podría hacerse cada ciudadano: “¿Qué hubiera sido si…?” O sea, ¿qué habría sido mi vida si no se hubiera atravesado Castro en mi camino? No sólo cambió el dictador el curso de cada una de nuestras vidas, sino el curso de la historia. La cuestión la resume Albertini en la voz de uno de los personajes: “Cómo la vida se tuerce y se escapa del cauce natural cuando otros, por fuerza, deciden quién eres y qué debes hacer” (134). El “adiós” es aquí simple referencia —realista, cruda, dolida— al final de la existencia humana: “Pero siempre hay un adiós […] sobre todo cuando los años pasan”; “Bueno, indiscutiblemente, lo hay cuando la muerte llega” (132). La referencia a la muerte es aquí tan amarga, porque sigue llegando a muchos —como ocurrió a Ela O’Farril—, sin poder ver una conclusión al infortunio que aún vive nuestra patria.

    “Horizontes de mar y cielo”, que parte de una cita de Dulce María Loynaz, enfrenta al protagonista, Moisés, y a una Poeta, representante de todos los creadores de nuestra Isla que han sufrido el repudio del régimen: “[…] de inmediato comenzó el acoso y olvido programado, que tan bien reflejado está en nuestra literatura y tanto, como el resto de la población, hemos sufrido los creadores isleños” (110). La vieja Poeta le advierte a Moisés: “¡Ten mucho cuidado!”; él le pregunta: “¿Por qué he de tenerlo…?” Ella, entonces, le aclara ciertos pormenores de los dos elementos que aparecen en el título del relato. El mar es el medio irreverente que conecta y separa “las dos orillas”. Dice la Poeta: “Porque viajas en horizontes vencidos de mar y cielo. Más que nada, de los dos elementos —resalta— me preocupa el océano. Lo conozco bien. Sé de sus tratos con Celso Trafid Zur […] No olvides que el mar no tiene respeto a los muertos; juega con ellos como los niños juegan con las pelotas y cuando se cansa, los tira sobre la tierra y se busca otros nuevos” (111).

    Jacinto, Artemisa y los consortes de cada cual, han constituido dos parejas cuya amistad ha sido profunda e inquebrantable a través de muchísimos años en “Matrimonio invernal”. Pero ambos han quedado viudos y, por insistencia de los hijos, se unen matrimonialmente en la pequeña iglesia de la aldea gallega donde los padres de Jacinto contrajeron nupcias antes de emigrar y establecerse en la isla de Cuba. Jacinto, toda la vida había soñado con hacer esto, pero por motivos económicos o de diversa índole, nunca pudo lograr su sueño, ni siquiera para renovar los votos matrimoniales, después de casado, con la que fuera su esposa desde la juventud. Su deseo viene a cumplirse al fin con su mejor amiga, pero a medias, demasiado tarde, cuando los años y el recuerdo de sus difuntos compañeros —a quienes tanto Jacinto como Artemisa deben fidelidad, puesto que los siguen amando aunque están ausentes— pesan ya demasiado. La unión nupcial, a la larga, aunque compartan el lecho, emanará limpia luz y habrá de prescindir del acto impuro.

    “A las puertas de la noche” encierra, en sólo cuatro páginas, una multitud de verdades y reflexiones que hacen al lector evaluar y reconsiderar a cada paso lo que el autor expone a través de dos personajes, un hombre y una mujer—llamémosles Ella y Él para simplificar—. Ella lee un libro que Él ya conoce y le ha recomendado, en el cual los protagonistas, María y Roberto, se ven separados al final por la muerte de este último. Ella no ha concluido aún la lectura, por lo cual no sabe cómo termina la historia, pero ha ido involucrándose en la trama, haciéndola suya. Ella le pregunta a Él cómo termina la novela. Él le aclara que Roberto recibió un balazo. Indica Él que “hay escritores que encierran en sus obras parte del sentir de la humanidad” […] y “viven para describir momentos como el de María y Roberto… como el nuestro” (86)[2]. A la postre, nos plantea Albertini la eterna problemática de la literatura que remeda la vida y viceversa. La vida de un escritor es como una novela interminable que va escribiendo día a día —ya sea con la pluma o con el pensamiento—. El tiempo, “implacable e hiriente”, con “filo de puñal” (87), lo aniquila, como el balazo pone fin al personaje que ha creado el autor de la novela de María y Roberto; lo inusitado ocurre a continuación, cuando Ella concibe un modo de salvación para los dos: basta con romper el libro para no llegar al final de la lectura y así impedir la tragedia que se avecina. De un modo ilusorio, se interrumpe la acción destruyendo el texto en el momento cuando los personajes aún disfrutan de su ferviente amor, inmortalizando así este momento, ya que se les quita la posibilidad de futuro. La trama —o sea, la vida— no puede, entonces, llegar al desenlace inevitable. La acción que realiza Ella, equivale a lo mismo que logra una fotografía: eternizar un instante. Esa búsqueda de la vida eterna quedará claramente delineada en otras composiciones del libro.

    En “El estertor de la memoria”, el viejo rememora el batey donde se origina la familia que se ha visto forzada a emigrar por los cambios políticos en la Isla. Las pérdidas que han sufrido los cubanos no alineados con los preceptos de la Revolución, se van presentando en el relato mediante recuentos entrelazados del pasado insular y del presente en Hialeah. En este nuevo hogar de hoy día, la hija cuida al viejo —en las postrimerías de su vida—; éste, inevitablemente, vuelve atrás con insistencia para reconstruir en la memoria su perdido paraíso. En su duermevela, anticipo de la muerte, el viejo toma el tren: vehículo que parece trasladarlo emblemática y paradójicamente al final (de su vida) y al inicio de la historia familiar, al día de su boda. Con esto nos da Albertini su versión muy particular de un tema frecuente en las literaturas y el pensamiento universales que resulta necesario explorar brevemente: el del “eterno retorno”.

    A partir de los antiguos egipcios y por mediación de los griegos, llega al mundo occidental el concepto del “eterno retorno”, que se sintetiza en el conocido uróboros, dibujo en que se ve a una serpiente verde y roja que forma con su cuerpo un círculo perfecto, a la vez que muerde su cola. La cabeza del reptil (su principio), con sus mandíbulas, atrapa la sección terminal de su organismo (su final) para, figuradamente, renovarse. El verde representa: el principio, el nacimiento, la vida; el rojo: la muerte, pero también, la consumación de un objetivo; ambos colores se funden para indicar cómo existen aparejadas ambas condiciones en cualquier ser viviente. Muchas vueltas ha dado esta idea a través de las culturas y los tiempos en todos los ámbitos del planeta. La resurrección de Cristo nos resulta quizás la más afín. La filosofía moderna se ha ocupado de profundizar en esta cuestión y ha creado otros términos específicos que la definen y enriquecen; entre ellos el de los “ciclos solares”, que se relaciona con una multitud de mitos relativos al eterno resurgir de la vida en la primavera. Lo importante en ellos es que el ciclo (sea de vida animal, vegetal, o cósmico) vuelve siempre a comenzar a pesar de las acciones que puedan o quieran tomarse para impedirlo. La naturaleza universal no cesa en su constante creación y destrucción.

    En “Morar en el destiempo”, la hija de Arturo ha muerto, a pesar de haber acudido él, con el propósito de hallar un remedio para salvarla, a la máquina de “inteligencia artificial”, una computadora “creada por la razón para buscar soluciones a dificultades del vivir diario” (159). Lleva el cuerpo insepulto de la hija a un monte de maderas preciosas, donde la niña se regocijaba dando de comer a los animales salvajes, para que los lobos ahora la devoren; claro símbolo de devolver a la naturaleza lo que a fin de cuentas es parte de ella; al mismo tiempo, al ingerir los lobos a la niña, ésta vive a partir de entonces, con ellos y dentro de ellos, de un modo diferente, en otra dimensión vital.[3] Al regresar a su casa, en el desasosiego que sufre por su pérdida, abatido, sin consuelo, dormita. Ve —en el sueño que lo posee— una luz azul en lo alto de la montaña que se vislumbra por la ventana de su cuarto y concibe que si logra alcanzarla, su sufrimiento desaparecerá; escala el cerro, alcanza la luz y allí se le aparece una doncella, Virginia, cabalgando un unicornio, Salam. Ella le indica que se encuentra en “el destiempo”: un estado que equivale a la “ausencia del tiempo humano”, algo que no es “mortal o inmortal”, “un conjunto de partículas conscientes, juiciosas y eternas” (164). Virginia le explica a Arturo que él es ahora a la vez una partícula y un todo. Él, preocupado, le pregunta cómo dejó de ser lo que fue, y ella le responde, tranquilizándolo, que “transformarse no es dejar de ser” (164). Por segunda vez en el relato alude Albertini al claro proceso de transformación que viene a darnos la posibilidad de inmortalidad.

    Virginia le cuenta los avatares que la han convertido en la compañera inseparable del unicornio y, finalmente, a punto de marcharse en su corcel, le dice a Arturo: “Cuando esta fase del círculo del destiempo se cierre, volveremos a coincidir” (171). Este anuncio de Virginia precisa el concepto que desea establecer el autor: volverán a coincidir Arturo, Virginia y Salam, porque se hallan en un medio atemporal, primitivo, natural, donde las repeticiones son parte esencial de la naturaleza a la que los tres pertenecen. En dicho ámbito, no existen finales, sino repeticiones y transformaciones, según el texto esclarece. Pero lo más relevante tal vez sea que en ese “destiempo”, al repetirse las acciones, queda abolido el tiempo, lo que equivale al triunfo de la eternidad. Por dar más peso a mis asertos, debo señalar que Albertini se emparienta aquí con Jorge Luis Borges, quien establece que la repetición de un hecho anula el tiempo transcurrido entre el primer evento y otro semejante, en cualquier momento futuro cuando vuelva a ocurrir. En “El milagro secreto”, Borges resume: “[…] basta una sola ‘repetición’ para demostrar que el tiempo es una falacia”.[4] Pero, en fin, haciendo caso omiso de todas estas especulaciones, será obligado apuntar que “Morar en el destiempo” es una de esas narraciones donde vuela alto la imaginación, donde imperan, ante todo, los “ideales del corazón” (172).

    “Transitar sin adioses” nos ofrece otra variante del “eterno retorno”. El personaje anda la senda que el destino le ha fijado desde el momento cuando le cortan la tripa umbilical. Llega a conocer, con el paso de los años, que “la única forma de eludir las muescas del tiempo es evitando la contaminación de los adioses” (176). Aceptar el “adiós” es resignarse a dejar de ser. La solución del protagonista es tan inesperada como salvadora: la zambullida final en “la corriente acuosa de la matriz universal” (177) en busca del cordón umbilical, equivale al volver a la simiente: vida potencial, latente, que contendrá perpetuamente la semilla por germinar.

    Dos ancianos, al borde de la muerte, animan la novela corta “Siempre en el entonces”. Ambos, de muy jóvenes, se amaron, pero no llegaron a consumar nunca su pasión, porque ella vivía en el extranjero y él en Cuba. Se conocieron durante una vacación de la joven en la Isla. Ella estaba comprometida con otro —personaje secundario en la novela—. La Revolución impidió que los protagonistas se volvieran a encontrar a causa del encarcelamiento que él sufrió por sus actividades contra el régimen. Puesto que él no sabía cuánto tiempo permanecería en prisión, para evitar usurparle a la amada la felicidad que podía alcanzar con otro hombre, le hace creer que él ha muerto. Ella se casa con su prometido, quien muere con el paso del tiempo. Es la voz del narrador —con un realismo magistral— la que da los detalles de la sórdida vejez de los personajes en los hogares de ancianos donde reciben la atención médica que requieren. Pero los eventos que los unieron y separaron también son evocados por ambos en cartas que se van escribiendo y contestando mentalmente, en lo que se podría definir como magia telepática. La narración es eminentemente poética. Algunas cartas del anciano son pura y hermosa poesía, algo que él mismo advierte en una de sus cartas cuando escribe con el pensamiento: “Pienso que hoy he estado sumamente poético” (187). El final —auténtica apoteosis lírica de Albertini— los reúne y les da la felicidad que la vida les arrancó. Tal conclusión resulta ser, otra vez, algo así como un sueño, el sueño de la muerte en el cual todas las dichas son posibles cuando se vuelve atrás, al principio, y se puede comenzar de nuevo, estableciendo nosotros las reglas del juego que, por experiencia, ahora sí sabremos jugar:

    Y entonces, Cenia y Rodolfo ríen. Unen los labios y entrelazados ruedan laderas abajo, laderas arriba por entre las plantas de margaritas que, sin sufrir daño alguno, inclinan los tallos y bañan a la joven pareja en pétalos azules. Y sin dejar de girar, en lecho de esfera celeste, se besan en azul; ríen en azul y el azul de la dicha lograda, en alas azules, se posa en el follaje sonoro de las caobas (238-239).

    La novela más elaborada de Albertini en este tomo es, sin duda, “Las macuquinas de don Maximino”. La historia de aventuras y pasión resulta fascinante. La trama se va tejiendo a través de las revelaciones de ciertos personajes sobre sus propias vidas pasadas, que funcionan como oportunas novelas intercaladas —semejantes a las de Cervantes en el Quijote—, enriqueciendo la lectura. El “suspense” logra mantener el interés de principio a fin. Evelio y la traicionera sor Eugenia (falsa monja cuyo verdadero nombre es Dalia) se van definiendo progresivamente en esta búsqueda de tesoros, macuquinas —monedas— y barras de oro (durante la época colonial española en Cuba), hasta convertirse la narración en un hermoso cuento de amor, de la unión perfecta —planeada por el destino— de Evelio y Dalia. Puertas Abiertas —el pueblo que sirve de marco a la acción— es “la tierra del demonio” (48), cuya naturaleza puede acarrear a sus habitantes, o a aquellos que vayan allí a rescatar el pasado, paradójicamente, el Bien o el Mal, la vida (la nueva vida, pues en ese sitio queda encinta Dalia) o la muerte. Ya bien lo indica la propia Dalia: “Volver equivale al suicidio”; algo que se aplica a la realidad del momento cuando lo dice, pero también al tiempo progresivo de la eternidad. Resulta muy original cómo, después de transcurridos varios siglos, reaparecen otro Evelio y otra Dalia, descendientes de las familias de los primeros, cuyos miembros, a través de muchas generaciones, han mantenido viva la leyenda del tesoro de Puertas Abiertas. Estos nuevos personajes vuelven a la Isla ahora, en la época actual, como turistas, y acuden al pueblo donde ocurrieron los hechos originales, dispuestos a retomar la búsqueda del tesoro. Así comienza una vez más la historia que —podemos concluir— volverá a repetirse. Con esto se hace evidente la insistencia de Albertini en este tópico del “eterno retorno”, que examino someramente en estos apuntes. Las descripciones detalladas (sin caer nunca en los excesos de Robbe-Grillet, por ejemplo) y la multitud de personajes que van apareciendo, no complican la narración, sino que le dan credibilidad y un carácter casi cinematográfico que permite a lector, más que simplemente leer, VER.

    Puesto que la moraleja de muchos de estos textos es que todo vuelve a su principio, repitiéndose, invito, a los que ya conocen el libro, a realizar una nueva lectura, y a los demás, a que la inicien cuanto antes y se sumerjan en ese océano de papel, letras y palabras que nos regala Albertini, un mar muy suyo que sí siente respeto por los muertos, que es perenne rescate de un pasado que a él y a nosotros por igual nos pertenece, y emblema de la renovación eterna, de la vida.

 

Notas:

[1]  J. A. Albertini, Siempre en el entonces (Miami: Alexandria Library, 2017).

[2]  Entre paréntesis se indica el número de página de la referida edición de J. A. Albertini.

[3]  En Memorial de Isla Negra (Buenos Aires: Editorial Losada, S. A., 1964), Pablo Neruda utiliza un recurso semejante para inmortalizar a su madre, quien es sepultada en la tierra de un parral para que luego las raíces de la vid se nutran de su cuerpo, absorbiéndolo, y a través de las uvas convertidas en vino que el poeta consumirá, vuelva —transformada— a vivir en él. En la página 11 de “Donde nace la lluvia” leemos: “Y de allí soy, de aquel / Parral de tierra temblorosa, / tierra cargada de uvas / que nacieron / desde mi madre muerta”.

[4]  Jorge Luis Borges, Ficciones (Emecé Editores: Buenos Aires, 1966), Pág. 156.

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LUIS F. GONZÁLEZ CRUZ

Nació en La Habana, Cuba (1943). Poeta, narrador, crítico literario, traductor y profesor universitario. Recibió el doctorado en Literatura Hispánica por la Universidad de Pittsburgh. Durante muchos años fue profesor en Penn State University. Desde 1994 vive en Miami y se dedica a su labor de escritor, así como a la crítica teatral. Es autor de quince libros que incluyen crítica literaria, ediciones de autores cubanos (en español o traducidos por él al inglés), tres volúmenes de poesía y las novelas: El arcoiris de Olorún (publicado en inglés y español), Las nalgas de Olorún y Frente al espejo de Olorún. Ha publicado, además, más de un centenar de artículos literarios, cuentos, poemas y reseñas en revistas y periódicos de los Estados Unidos, España, Alemania, Italia, Argentina, México, entre otros países. Sus obras han recibido premios otorgados por Penn State University, el Concilio de Sociedades Académicas de Estados Unidos, el Concurso de Poesía Marinea de Puerto Rico, la Revista Chicano-Riqueña y los Premios Letras de Oro de la Universidad de Miami, para mencionar algunos. Durante años dirigió la Revista de Literatura Hispánica Consenso. Ha sido incluido en el Diccionario Biográfico de Literatura Hispánica en los Estados Unidos y en el Diccionario de Literatura Cubana del Siglo Veinte, publicados ambos por la prestigiosa editorial Greenwood Press, de Connecticut. Por mucho tiempo fue asesor en Washington, D.C. de la National Endowment for the Humanities y del National Research Council. Con la puesta en escena de Una caja de zapatos vacía, de Virgilio Piñera en 1987, González Cruz se incorporó al movimiento teatral de Miami y desde entonces ha colaborado con el Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami (del cual fue muchos años organizador del Componente Educativo) y ha sido evaluador oficial del mismo para la Florida Endowment for the Humanities. Al final de la década de los ochenta también colaboró como dramaturgo con el grupo de teatro New Theatre.

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