BAQUIANA – Año XXIII / Nº 123 – 124 / Julio – Diciembre 2022 (Cuento III)

UN AMARILLENTO RETRATO

 

por

 

Leopoldo Tillería

 


     Llevan dos largas horas observándola, entre los tupidos matorrales desperdigados frente a la antigua casona. Espían a Jacoba la vieja. Los tres adolescentes le temen, aunque no saben exactamente por qué.

—¡En el balcón! ¡En el balcón! —advierte Lorenzo, con esa extraña manera que tenemos los humanos de gritar en voz baja, como en una gran exhalación metálica.

—¡Que no nos vea, chicos!… Si nos ve y nos atrapa, estamos perdidos. No queremos terminar torturados en su sótano, ¿verdad? —secunda Alex, intentando parecer el más juicioso de los tres.

     Romeo prefiere el silencio. Casi nunca habla, y si lo hace es sólo para hacer que sus amigos se callen. Es el mutismo en persona. Por lo mismo, oficia como el calculador del clan: casi siempre, con un movimiento de cabeza lateral o vertical, decide si una acción se ejecuta o no.

     La mujer se detiene un instante en el destartalado balcón, afirmándose como puede de una de las barandas, con su delgadez extrema y unos ojos lechosos que parecen espejos desgastados. Se seca las manos en el delantal y pasea la mirada en ciento ochenta grados, como el periscopio averiado de un submarino victoriano a punto de hundirse. Su cuerpo encorvado da media vuelta y, arrastrando los pies, vuelve a la habitación por donde ha salido. Se rumorea que a pesar de su frágil aspecto tiene una fuerza descomunal. Por lo menos, eso les ha contado Alex a sus amigos, así que hay que andarse con cuidado con ella.

—¿Y si nos acercamos un poco más?  —propone Lorenzo, entusiasmado por la presencia espectral de la vieja—. Después de todo, ya estamos aquí, y no hemos venido por unos dulces, ¿o sí? Alex y Romeo se miran dubitativos, excitados por la idea de estar tan cerca de la casa de Jacoba, pero al mismo tiempo aterrados por la posibilidad de ser atrapados y terminar en un zulo lleno de ratas y ciempiés.

—¡Hagámoslo! Pero con cuidado, chicos —decide Alex, tragando visiblemente saliva. Ambos miran a Romeo. El agorero achina los ojos, como si el sol de la mañana le impidiera pensar; mueve levemente su cabeza de arriba a abajo. La decisión es, pues, ir por Jacoba. Mal que mal ya están ahí, y con seguridad no habrá otra oportunidad como esa. Han oído cosas terribles de ella: que puede hablar con los muertos, que cada cierto tiempo salen gritos lastimeros del sótano, que de joven enloqueció cuando perdió a su único hijo. Motivos suficientes para correr el riesgo que fuere.

     Pegados a la ventana de la pared posterior de la casa, ven lo que parece una habitación de campaña. En el centro hay una mesa con tres sillas apiladas, a unos metros de una cocina llena de grasa y de restos de comida pegada. Varios sartenes y ollas, más algunos cacharros de loza saltada, cuelgan de una de las paredes como una colección de insectos prehistóricos. Una descolorida cortina floreada separa la sucia sala del resto de la casona. En vano, aguardan a que la anciana mueva la cortina y aparezca con su aspecto de gárgola envejecida.

—Nos está esperando arriba —susurra Alex, con una expresión mezcla de pánico y atrevimiento—. ¡Entremos de una buena vez!… —arenga, poco convencido, a sus amigos.

—¡Tienes razón! ¡Subamos y démosle una buena lección! —espeta Lorenzo, al tiempo que empuña la porra que ha llevado escondida bajo el suéter. Sus ojos y los de Alex se clavan en los de Romeo. Por única vez, el dictaminador titubea: su cabeza permanece quieta como una momia.

     Los pasos en la escalera se oyen irreales. Apretujados contra la parte más firme del muro, intentan no hacer ni el más mínimo ruido. Las pisadas parecen alejarse, por lo que suponen que la vieja se ha devuelto a su habitación. La pesantez de su andar ha hecho eterna la espera. Quizás los ha descubierto. Romeo frunce el ceño. Lorenzo y Alex lo miran ansiosos. Su gesto de afirmación marca el punto de no retorno.

—¿Cómo se ve, chicos? —musita Alex, sonriente, mientras agita en el aire un cuchillo de doble filo que horrorizaría hasta al más avezado carnicero. Lorenzo y Romeo le devuelven la sonrisa, transfigurados por la misión que se han autoimpuesto. La adrenalina los va metamorfoseando de a poco en tres monstruos irreconocibles.

     El propio Romeo empuja suavemente el postigo de la cocina, con la ínfima esperanza de que esté sin el cerrojo interior. ¡Bingo! La puerta se abre con un crujido casi imperceptible. Tras un segundo, Lorenzo descorre un milímetro de cortina y envuelve con la vista la sala del primer piso. El hedor a encierro y humedad golpea con fuerza su nariz. Como puede, evita vomitar. No hay dudas, Jacoba está arriba, justo sobre ellos. Con el índice en su boca, Lorenzo aguza el oído para saber con exactitud en qué parte del segundo piso se halla la anciana. Una tos seca revela que debe estar en el dormitorio principal, el que precisamente da al balcón.

     Romeo hace el cálculo. Si entran ahora, alguien podría verlos fácilmente desde afuera. Puede estar o no junto al balcón. Cincuenta y cincuenta: niega con la cabeza. Esperan agazapados tras la cortina estampada. Jacoba bajará en algún momento, sólo deben esperar.

     En cuclillas, Alex recorre las paredes de la cocina. Repara enseguida en una fotografía antigua que cuelga sobre una desvencijada repisa. Una joven —tendrá unos 20 años— y un hombre algo mayor —le calcula unos 30—. Sin duda, una foto matrimonial, de esas en las que el amarillo claro del fondo se confunde con la suciedad del vidrio y el cada vez más deslucido color de la piel de los retratados. Es ella, con seguridad. ¿Quién más podría ser? Mira de nuevo al hombre, y aunque no lo reconoce, no puede evitar una cierta turbación. Ríe para sus adentros, sin explicarse muy bien por qué.

     Sienten crujir el piso sobre sus cabezas. Los mismos pasos arrastrados, como en penitencia. Es la hora. Sus manos transpiradas juegan con la porra y el cuchillo. Se oye una única respiración. Se miran como especímenes de una horda arcaica. Jacoba baja los escalones con una lentitud sobrenatural; en el descanso de la escalera se detiene más de la cuenta. Los tres aguantan la respiración. Un solo grito y estarían perdidos. Aterrada, la vieja los enfrentaría. Alex la imagina vaciándoles una olla de agua hirviendo o empalando a alguno de los tres con el chuzo que, de seguro, guarda detrás de la puerta. El tiempo se detiene. Los ojos de Alex se encuentran de repente con los de la anciana. El mundo entero da vueltas en su mente. Conmocionado, acomoda el cuchillo en su mano pegajosa. Y ataca…

—¡No falles! ¡No falles!… —sisea Lorenzo, tembloroso, como si en el siguiente movimiento de Alex se le fuese su propia vida.

—No lo haré, no esta vez… —responde Alex, asegurando en su otra mano la porra de madera—. El cuchillo sube y baja, entra y sale como un pistón recién engrasado, salpicando sangre amoratada por todos lados.

—¡Ahora! ¡Golpéala! ¡Golpéala!… No vaya a ser cosa que te siga buscando, que te siga llamando desde el balcón —sentencia una de las voces, mientras Alex imagina a Romeo mover la cabeza de arriba a abajo, aprobatoriamente.

     Descarga varias veces el mazo sobre el rostro ya desfigurado de su madre. Con cada golpe las voces en su cabeza celebran con más alborozo.

—¡No pares! ¡No pares! … ¡Bien merecido se lo tiene! —braman Romeo y Lorenzo a coro. Cree que su cerebro va a estallar. Gotas de transpiración caen sobre la humanidad de Jacoba, como si el sudor de una fiera estilase sobre el cuerpo devorado de su presa. Ya no oirá voces que le digan lo que tiene que hacer. Esta vez lo ha hecho él solo, por mucho que en su cabeza Lorenzo y Romeo sigan murmurando. Uno, con su disfrazada cobardía; el otro, con su maldita petulancia. Las voces se van acallando en la medida en que no es necesario seguir apaleando a la pobre vieja.

     Mira por última vez la cocina vacía, con el bulto inerte de su madre bajo la desteñida cortina floreada. Da tres pasos hacia la endeble repisa. Toma la porra con las dos manos y hace añicos el amarillento retrato.

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WILLIAM GUAREGUA

Nació en Santiago de Chile (1968). Narrador y periodista. Estudió Servicio Social y Periodismo en Temuco, para luego realizar sus estudios de doctorado en Filosofía en la Universidad de Chile en Santiago de Chile. Es docente e investigador en la Universidad Tecnológica de Chile (INACAP). Ha publicado en los últimos tres años en varias revistas científicas de Chile, Argentina, Brasil, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Paraguay, Costa Rica y España. También es árbitro de las revistas Ideas y Valores, Praxis Filosófica, Protrepsis y Revista de Filosofía (UCM). En 2021, obtuvo el primer premio en el concurso Relatos Contra La No Violencia de Género del Ministerio de Educación y la Universidad Santo Tomás con la obra “Pabellón”.

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