BAQUIANA – Año XVII / Nº 99 – 100 / Julio – Diciembre 2016 (Cuento II)

LOS OJOS DE OLORÚN

por

Mercedes Cortázar 

 


     Cuentan que todo cambió en la tierra de Uzú, cuando Efi, rey de Ifá, vino muy temprano en la mañana, con el canto del gallo, a pedir permiso para visitar el bosque sagrado. Efi, cuya piel color tierra brillaba con el resplandor de acero característico de los hombres de Ifá, de ojos verdes como el mar de la orilla con gran fondo de arena, se había despojado de la regia túnica amarilla del sol naciente y vestía ropas harapientas en señal de penitencia.

     Efi cargaba la tabla real, el ala del Koré, una plancha de madera del bosque sagrado adornada con dibujos geométricos con poder mágico y coronada con el ojo de Olorún (el que transforma), la enorme esmeralda con que Olorún hería a los injustos y a los malvados con la luz del sol y la presión aplastante de Pelu Tolo, la estrella invisible de la luna décima, que gira alrededor de la Estrella del Tigre en la constelación del Escarabajo. El ala del Koré se hallaba protegida, por su funda, de la ofensa de las miradas humanas y de la vejación de la luz. Efi la traía para hacer una ceremonia religiosa en honor a sus regios antepasados pues necesitaba su ayuda antes de entrar en batalla contra los hombres-búfalos que asolaban a Ifá, incendiando sus chozas circulares, robando sus ganados y violando a sus mujeres. Efi era el mejor y más bello guerrero que había nacido en tierras de los Bambaras y, a pesar de su juventud, su fama ya había sido pregonada por los viejos que contaban historias de guerra a la luz del fuego de los banquetes y las grandes ceremonias tribales.

     Antes de llegar Efi, Uzú estaba bajo el sortilegio de la hechicera Lamai, que había llegado al pueblo cuando niña, hacía diez años, acompañada de un viejo que dijo haberla rescatado de los hombres-búfalos que habían destruido el sitio en que vivía. Pronto el pueblo se dio cuenta de que la niña tenía grandes poderes porque podía paralizar a voluntad a los animales y a los hombres, también sus palabras mágicas protegían al pueblo de los desastres naturales causados por el viento, la lluvia o el desbordamiento del río, así como los causados por el hombre, como la guerra.

     El pueblo le construyó un palacio de madera en el centro del pueblo y le llevaba sus mejores ofrendas de animales y de los frutos de la tierra. Al llegar a la adolescencia, Lamai se sorprendió al ver una imagen en las cristalinas aguas del río. Al principio pensó que estaba viendo a la diosa de las aguas porque jamás había visto a una mujer más hermosa, pero al hacer algunos gestos que imitaba el reflejo del río comprendió que se estaba viendo a sí misma. Desde ese momento, Lamai empezó a exigir que el pueblo le trajera oro para adornar ese cuerpo y ese rostro, y hacerlos aún más bellos.

     Más tarde, cuando llegaron los extranjeros a comprar hombres para que trabajaran en tierras lejanas, Lamai sintió más profundamente la atracción del oro.

     —Cocodrilos —les dijo con desprecio— sólo pueden llevarse a los que accidentalmente pasen por el camino de los dolores porque se han ofrecido como víctimas al sacrificio. Sólo yo sabré cuál es ese camino y nunca enviaré a nadie a que lo recorra. Quien por él vaya, habrá sido ajusticiado por Olorún. Tiren sus redes entonces y atrapen al pez sin alas que no ha sabido escapar. Me deberán oro por cada uno, no plumas ni semillas, oro puro en aretes, brazaletes, y collares.

     Junto con el amor al oro la poseyó el placer de burlar a los hombres. Lamai se complacía en seducir a los guerreros más orgullosos, para después engañarlos con otros nuevos objetos de su capricho.

     Fue entonces que vino Efi, rey de Ifá, a pedir permiso para entrar en el bosque sagrado que había estado bajo la custodia de los reyes de Uzú desde los tiempos de Nommo, el hombre pez que había fecundado a la Tierra para que creara los seis pares de gemelos que dieron origen a la raza humana.

     Al entrar Efi en su palacio con la humildad del suplicante, Lamai no podía dejar de mirar el verde de esos ojos que le causaban una extraña fascinación.

     Sentía que le hubiera dado todo lo que pidiera Efi, pero una extraña tozudez se apoderó de ella. Le había dado permiso a todos los forasteros para que visitaran el bosque sagrado, pero este caso era distinto.

     —No concedo favores a ningún hombre cuyo cuerpo no me haya antes ofrecido su homenaje —dijo altanera.

    —Gran Reina, el destino de la abeja es visitar las flores más hermosas, pero el Rey debe escoger. Mis antepasados esperan en el bosque sagrado, con sus caras blancas, para que le lleve el ala del Koré y los saque del mundo de la pausa en que no llega ruido ni color. Mi cuerpo no importa, mi pueblo muere cada día.

     Lamai hizo un gesto con la barbilla a uno de sus guardias y este le indicó a otros dos que escoltaran a Efi. Salieron del palacio rodeando al rey, quien creía ser escoltado al bosque sagrado hasta que, al cabo de un trecho, los guardias se viraron contra él y le amarraron las manos y los pies. Lo arrastraron hasta un montículo de tierra y cubrieron su cuerpo de miel. Efi no sabía cuál era su propósito hasta que sintió el cosquilleo de las hormigas en su espalda.

     A la mañana siguiente, a pesar de que el cuerpo inconsciente de Efi estaba hinchado, casi irreconocible por las picadas de las hormigas que lo habían torturado durante la noche, fue descubierto por unos guardias de Ifá que venían a buscarlo. Lo llevaron cargado hasta su palacio y le pusieron una crema amarilla en la piel que cubrieron con muchas hojas.

     El pueblo de Ifá organizó un toque de tambores para pedirle a Olorún la recuperación del rey que seguía inconsciente, presa de extraños sueños. Veía a Lamai en su palacio, que no hacía más que pensar en él, tirando los caracoles de la adivinación para saber dónde estaba, y llenando la jícara de agua para ver el reflejo de su cuerpo hinchado sobre la cama. Lamai veía sus ojos verdes por todas partes y se paseaba como enloquecida por su palacio lleno de oro por todos los rincones, de brazaletes, ajorcas, aretes y collares de oro tirados por todos los rincones.

     Al cabo de un tiempo, Efi despertó curado y preguntando por los hombres-búfalos, y si el pueblo estaba libre de ellos. Le dijeron que temían un ataque de un momento a otro porque el enemigo sabía que el rey había estado enfermo. Sin perder un instante, Efi se dedicó a preparar a sus guerreros y hacer simulacros de batalla para adiestrarlos. No tenía más pensamientos que preparar al pueblo para derrotar a los enemigos.

     Los hombres-búfalos atacaron al amanecer y los guerreros de Ifá le hicieron resistencia. Cuando la batalla era más encarnizada, Efi quedó paralizado en el momento en que iba a herir a un enemigo en el costado. Al ver esto, los hombres-búfalos le tiraron sus lanzas a Efi, que seguía de pie sobre la arena y como si estuviera vivo. Las heridas se abrían y chupaban las lanzas adentrándolas más en el cuerpo. No derramaba ni una gota de sangre. Los hombres-búfalos entendieron que estaban viendo una hechicería y se marcharon corriendo, despavoridos, para nunca más volver a ese pueblo encantado. Efi quedó de pie, atravesado por lanzas, y con la piel fresca, viva, llena de sudor.

     El pueblo de Ifá se acercó respetuosamente a su rey. Le llevaron frutas y viandas en señal de adoración y lo rodearon cantando en voz baja las canciones de Olorún y del dios de la guerra.

     Lamai, que había visto todo reflejado en el agua de la jícara, prorrumpió en lamentos, en gritos desgarrados, en aullidos. Hasta ese momento había querido despedazar a ese hombre con sus propias manos, pero al verlo muerto por su embrujo sintió un dolor animal, imposible de soportar. Gritó durante toda la noche, mesándose los cabellos, mientras el pueblo de Uzú velaba fuera de palacio.

     A la mañana siguiente, en vez de una joven en la plenitud de la edad y la belleza, surgió del palacio una vieja encorvada, con el pelo blanco, y vestida como Lamai. Traía gran parte de su oro en una cesta y lo repartía entre la gente que encontraba. Cuando se deshizo de todas las prendas preciosas, se empezó a quitar la ropa, pieza por pieza, y a tirarla sobre la arena. El pueblo, que la siguió, vio entrar en el río a una vieja arrugada, de pechos flácidos y colgantes, que buscaba unos ojos verdes en las aguas. Poco después, su cuerpo desapareció con la corriente.

     Al regresar accidentalmente por el camino de los dolores, el pueblo de Uzú cayó en las redes que los hombres de rosadas caras de cerdo habían tendido para llevarlo a la esclavitud.

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MERCEDES CORTÁZAR

Nació en La Habana, Cuba. Poeta, narradora, ensayista y crítica literaria en español, inglés y francés. Sus textos han sido publicados principalmente en revistas y periódicos literarios de España, Estados Unidos, Francia e Hispanoamérica. Recibió la Beca Cintas de Literatura en 1970. En 1973 fue asesora poética de la editorial Farrar, Straus & Giroux, en Nueva York, para la traducción al inglés de la novela Paradiso, de José Lezama Lima. Ha sido publicada en varias antologías. Entre sus publicaciones destacan: Deux poèmes de Mercedes Cortázar, Osmar Press, Nueva York, EE.UU. (1965); y La Afrodita de Cnido, Edizioni di Amatori, Nueva Orleans, EE.UU. (1991). En 2008 colaboró en la Enciclopedia del español en los Estados, Instituto Cervantes y Editorial Santillana, Madrid, España. Su largo poema “El largo canto” aparece recogido en Ediciones El Puente en la Habana de los años 60 (ed. Jesús J. Barquet, Ediciones del Azar, Chihuahua, 2011).

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