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JORGE IGNACIO COVARRUBIAS
Nació en Argentina y reside en los Estados Unidos desde hace varias décadas. Es Subdirector de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y miembro correspondiente de la Real Academia Española, y Licenciado en Letras Hispánicas por la State University of New York en Stony Brook. Autor de cuatro libros y dos audiolibros y coeditor de varios más, ha ganado premios de ensayo, cuento, poesía y periodismo. Ha traducido artículos para New York Times, Selecciones del Reader’s Digest, CBS, Money, International Psychiatry Today, Kraft, Lamaze y otros medios. Fue jefe de redacción de la revista Canales y editor de la revista La Familia de Hoy. Ha disertado en la Universidad de Columbia, New York University, St. John’s, Instituto Cervantes, Hunter College, el Observatorio del Español y las Culturas Hispánicas de la Universidad de Harvard y la Biblioteca de la Ciudad de Nueva York. Ha impartido cursos, talleres y conferencias de teoría literaria, lingüística, periodismo y traducción en Argentina, Colombia, Venezuela, Panamá, El Salvador, México, Nicaragua, Honduras, Puerto Rico, España, la República Checa y Estados Unidos. Ha sido contribuyente del Diccionario de la Lengua Española, el Diccionario de Americanismos y la Gramática básica.
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LA CASA
En un principio era la luz, y en esa luz se presagiaba tu destino.
Te trajo al mundo una intención prefigurada en la aspereza del camino.
No había voz, sólo el silencio de la casa amortiguado en el vacío,
y una ilusión fugaz de amor como una suma de silencios compartidos.
Se hizo la luz, un resplandor que encandiló por un instante estremecido
la oscuridad de Dios, la oscuridad que predispone al desatino.
Viniste al mundo en la ilusión de una pareja desgastada en el hastío
de un día, y otro día, y otro día, como un eco repetido.
Viniste sólo en la intención de que al nacer les devolvieras el sentido
de ser, de amar, de estremecerse junto al niño.
En el instante de nacer se hace la luz. Es el momento decisivo
de regocijo, de esperanza, de ilusión por el regalo recibido.
Cuando oscurece en la ciudad se oculta el sol y alguien se muere de tristeza.
Nadie se muere de verdad, pero el crepúsculo es como un sueño que se aleja.
La casa es triste como tú. No puede hablar, aunque es lo mismo que lo hiciera
con un olvido en un rincón, con el silencio de tu pan sobre la mesa.
Viniste al mundo como un sol para encender lo que se muere en la pareja,
una ilusión de que al nacer devolverás lo que no quieren que se muera.
Un corazón para que vibre sin cesar con los jirones que les queda
de aquellos dos que se quisieron una vez y es imposible que se quieran.
Cuando anochece en el hogar no sabes bien por qué es tan triste la tristeza.
Por qué no sabes responder, por qué será que ni imaginas la respuesta.
Por qué te hicieron triste así. No sabes bien. Pero bien sabes que te aferras
a la agonía de la luz que se te va para impedirle que anochezca.
Con el triunfo de la noche la casa toda se refugia en el silencio.
Mientras la casa se abandona la noche misma te acompaña desde lejos.
En las ventanas ateridas se ha puesto el sol como se mueren los recuerdos.
No puede haber en esta casa más que un rincón para insinuarte sus secretos.
En la victoria de las sombras tu corazón se ha despertado de su sueño.
Estaba solo y no sabía la soledad que lo acompaña en el desierto.
En el latido de las horas el minutero va repicando como un eco;
cada minuto es un mensaje de soledad: tu corazón está despierto.
Las horas prófugas se escapan como la arena se te escurre entre los dedos.
Sabes acaso que estás solo, que has nacido, que eres hombre, que eres bueno.
En el silencio de la noche buscas en vano develar ese misterio
porque has venido como el fruto que se recoge para el hambre del invierno.
Desde que estás en este mundo, la casa y tú se han confundido eternamente.
Por cada luz que la ilumina hay una puerta que se cierra para siempre.
Su arquitectura inacabada te hace anhelar el arquitecto que la sueñe
como si fuera de verdad que esta es tu casa, y que tu casa te protege.
Pero el que sueña como tú despierta al fin y es oportuno que despierte
Porque no hay nada que soñar ante el ardor con que la casa se defiende
en el silencio de sus cuartos, en la humedad que sacrifican sus paredes,
en los recónditos pasillos, en el desván, en el trazado de sus muebles.
No sabes bien para qué estás en esta casa que quizás te pertenece.
No sabes bien quién eres tú para buscar una respuesta diferente.
Pero es verdad que estás aquí. Lo sabes bien. Y es necesario convencerte
Que alguien se muere sin querer de soledad cuando es su sueño el que se muere.
Todas las noches de tu vida son una sola, y es de noche más que nunca.
Todas las casas son tu casa que esta noche sin palabras te pregunta
por qué has venido a refugiarte entre sus muros de la noche y de la bruma;
quién eres tú para apropiarte en esta casa de una vida que no es tuya.
Nadie contesta sus preguntas porque no hay nadie predispuesto a la ventura;
la casa sola se responde porque el silencio la ha colmado de mesura.
Y en esa misma reticencia donde se mueren las palabras inconclusas
nadie te explica por qué habitas en esta casa que es más triste que ninguna.
Con la victoria del silencio la casa misma se recoge taciturna.
Como las luces que se apagan, tus ilusiones van muriendo una por una.
En los confines de la casa la oscuridad tiene el color de la renuncia;
en esta noche inevitable, la casa y tú se han consumido en la penumbra.
RÉQUIEM DEL ASOMBRO
I
No hay nada más artificial que la inteligencia.
No hay nada más natural que la robótica.
No hace falta pensar ni exprimirse el cerebro
en un mundo feliz de soluciones mágicas.
Ya no duele la duda, ya no pesa la sombra
de aquella vieja angustia de los seres humanos.
Las máquinas respiran por nosotros, tranquilas,
y mastican los sueños con mandíbulas lógicas.
II
Bendita sea la máquina que absuelve del esfuerzo.
Qué alivio no tener que forjar las ideas.
Se acabó la tragedia de la página en blanco,
la humillación de errar, corregirse, aprender.
Pensar era una herida mal cerrada en el cráneo,
una brasa importuna, una áspera obsesión.
III
Quién necesita el alma si hay un código fuente,
quién necesita el llanto si existe un algoritmo
que calcula la pena con sus cifras exactas
y la disuelve en datos, en limbo de pixeles.
La memoria no es más que un archivo en la nube,
los corazones laten en código binario.
La ignorancia deslumbra con interfaz pulida.
Nadie notará el cambio. Lo llamarán progreso.
IV
Hay una atrofia lenta, casi dulce, bien cómoda,
un óxido elegante royendo las neuronas.
Pensar era un defecto, una avería antigua,
un gasto innecesario de energía y de sangre.
Se atrofian las dendritas en su letargo plácido,
se acallan las sinapsis en un silencio cómodo.
Nada más prescindible que el asombro genuino.
No hay nada más arcaico que el afán de la lógica.
V
He delegado el vértigo de pensar en las máquinas;
mi cráneo se ha vaciado como edificio en ruinas.
No hace falta acordarse ni equivocarse a tientas
en este mundo dócil de respuesta automática.
La mente se repliega cual órgano inservible,
como un ala que olvida para qué sirve el vuelo.
VI
El cerebro descansa su largo sueño blanco,
su jubilación mansa de órgano obsoleto,
mientras afuera todo se activa sin nosotros,
sin el temblor hermoso de equivocarse a solas,
sin la grieta sagrada de no saber qué hacer.
VII
Ya no hay eco en el cráneo ni chispas en la noche,
solo el zumbido eterno de pantallas vacías.
¿El pensamiento? Un lujo, un gasto inconveniente,
la mente, un disco duro con archivos corruptos.
Las máquinas no sueñan, no lloran, no se mueren,
solo pululan rectas en pureza de acero,
mientras la especie humana se va desvaneciendo
como tinta borrosa en un libro olvidado.
VIII
No hay nada más humano que rendirse despacio,
que entregar el asombro a las manos de nadie.
No hace falta sufrir ni desgarrarse el pecho
si una máquina amable nos ahorra la angustia.
No hay nada más perfecto que esta dulce mentira,
no hay nada más vacío que un futuro cumplido.
La máquina crepita donde todos callamos
y el silencio es, por fin, la única certeza.
La perfección inerte satura el universo.
LAS ACADEMIAS
Son los oficios, las vocaciones, los desvaríos que se conjugan
en los recintos desvencijados de la academia.
Cortinas sucias, alfombras viejas, rincones grises, salones vastos
donde pululan los literatos, las profesoras, los diletantes.
La directora o el secretario, conocedores y advenedizos,
los numerarios sabelotodo, correspondientes entrometidos,
las académicas querides todes con un lenguaje muy inclusivo.
Ambiente espeso, ficheros vanos, tinteros rotos, páginas sueltas,
Tildes y diéresis, puntos y comas, deconstrucciones, morfología.
Y sobre todo libros y libros, libros y libros, libros y libros…
Comienza el pleno con la campana como remedo de la Española:
Ríos profundos, Aracataca, cuentos de Borges, quijotes, sanchos,
Pasos perdidos, tragicomedias, el verso blanco o el verso libre.
Los laberintos, prosas profanas y el imprimátur de la que manda.
Administremos: cuentas, recibos, folios, carpetas, saldos, balances,
Cuentas pendientes, el presupuesto, las subvenciones, tesorería.
Vengan facturas caratuladas, memos al día, póngale el sello.
Y la muchacha del internado que manipula la engrampadora.
Los congregantes desanimados; censores rancios incontinentes,
Folios vetustos, estanterías, páginas sueltas, papel secante,
Fotos ajadas, carpetas vanas y cartapacios con hojas sueltas.
