BAQUIANA – Año XXVII / Nº 139 – 140 / Julio – Diciembre 2026 (Cuento II)

MORIR DE AMOR

 

por

 

Pascual García

 


La causa de su muerte fue tan vulgar como un infarto de miocardio, pero aquello sucedió mientras hacia el amor con su esposa y celebraban ambos el décimo aniversario de bodas, porque para ese tiempo él había adquirido una severa afección cardiaca, que aún no le habían detectado del todo, aunque todavía no había alcanzado los sesenta y a simple vista parecía un hombre joven y saludable.

     Se habían conocido una tarde de verano en el paseo del pueblo de muy jóvenes, porque la cara tan bella de Isabel no le había pasado desapercibida a Diego y luego, aquella misma noche se la había vuelto a encontrar en la cafetería del pueblo, mientras se celebraba una fiesta y todos bailaban al ritmo movido de la música. Él diría alguna vez que no había visto nunca un rostro tan bello, unos ojos claros y húmedos y una boca carnal de labios rojos que invitaba al beso y al regocijo con un mohín gracioso que le otorgaba más atractivo, se percató de que la piel era sonrosada y el cabello rubio y de que no parecía tener ni un solo defecto físico, así que se enamoró de golpe, de una vez para siempre y mientras lo hacía, se dio cuenta de que una pasión como aquella no tenía remedio ni dimensiones  y que había sido concebida para durar mucho, para que no se acabara nunca.

     Ambos pasearon el resto de las estaciones, conmemoraron  las fiestas y fluyeron en la corriente de los días en el pueblo que los había visto nacer, que los amparaba  y donde residían, pues todo había sido así hasta que Isabel le respondió de una manera afirmativa y rotunda a la pregunta que le había hecho Diego un domingo de finales de otoño, ambos habían perdido la noción del tiempo que había pasado desde aquella tarde primera de verano, pero ya eran para entonces una misma persona, aunque nunca quisieran por decisión propia unir carnalmente sus cuerpos hasta que el rito  religioso no estuviese formalizado, eran especiales, se sabían distintos y se querían, por lo tanto podían esperar cualquier plazo.

     Los sábados los pasaban en la casa de ella, comían allí y veían la tele por la tarde sentados en el sofá hasta que llegaba la hora de salir a dar una vuelta o ver una película en el cine, eran discretos y en ocasiones parecían invisibles, pues se movían como las sombras, sin dejar demasiado rastro, mientras crecía el cariño casi al margen de ellos, porque su amor semejaba una entidad independiente y superior, casi un demiurgo que los protegía y los iluminaba desde dentro.

     Eran sabedores de que pasaban los años, pero no muchos, aunque a ellos no les afectaba demasiado, Diego mantenía su apostura e Isabel, la magia de su rostro encendido y la vida desbordaba entre ellos como en una fábula, porque podían decir que eran felices, y eso era mucho más de lo que podía decir el resto de las parejas de aquel tiempo.

     Entonces llegó la boda como un hecho extraordinario, pero que apenas afectó a la normalidad de su existencia, salvo por el hecho de que un día señalado convocaron a toda la familia y a los amigos, fueron a la iglesia de su pueblo y pronunciaron las palabras que ya habían memorizado para ese día, intercambiaron los anillos y regresaron del brazo  por la Calle Mayor para hacerse fotos justo en aquel  jardín donde se habían conocido, ella temblaba por los nervios y él se había emocionado cuando el sacerdote le había hecho la pregunta, un fotógrafo los esperaba en el jardín y durante una hora larga ellos posaron y las fotos fueron sucediéndose, en realidad, no eran conscientes de nada, porque la felicidad no los dejaba disfrutar, solo fueron conscientes de lo que habían hecho por la noche cuando llegó el momento de desnudarse y supieron que estaban solos y que todos los juegos eróticos que habían practicado solo eran la antesala de lo que sucedería esa noche, para ambos iba a ser la primera vez, pues, aunque pareciera pueril, en aquel tiempo dos jóvenes en un pueblo pequeño no tenían ocasión ni libertad suficientes para disfrutar de la piel y conocer el amor carnal del todo, así que se aproximaron al placer en la oscuridad del aquel cine de los domingos con ejercicios secretos que también les satisficieron pero no les permitían alcanzar la plenitud.

     Por eso la noche de bodas fue todo un descubrimiento, aunque había pasado el tiempo de la pureza y ninguna mujer llegaba a esa noche inmaculada ni era habitual ni se presumía ya de ello, pero Diego e Isabel  llegaron sin darse cuenta apenas y aquella noche gozaron de una forma imprevista del más alto y complejo misterio carnal que hubiesen imaginado, como  si inventaran las delicias del amor en el instante mismo en que estaban gozando de él como los dioses, mientras se daban cuenta del supremo valor de la juventud y de los sentidos, entregados el uno al otro, ebrios y adormilados al final como criaturas que despertaran de un sueño de siglos y se hallaran de repente en los claros aposentos del paraíso.

     Para él significó la rúbrica inicial de un matrimonio por amor, que había logrado su plenitud y su velocidad de crucero y para ella, la revelación de los poderes ocultos y vigorosos de la piel y del sexo hasta el punto de que a ambos  hubo de parecerles increíble esa facultad humana, ese tesoro escondido, al que llegaban los dos casi al mismo tiempo, como en el resto del camino que venían recorriendo, con idéntica ligereza e inocencia, quizás porque a ambos les había ocurrido lo más importante de su vida a la misma vez y andaban como ensimismados en su propio asombro, ella, luminosa y bella y él, alucinado y viril como una figura de piedra, pero ambos habían conseguido apoderarse del mundo y tener una posición de privilegio en él.

     Se amaban de la única manera excepcional como pueden amarse un hombre y una mujer sin reparos y casi también sin conocerse que es la mejor manera de amarse, a ciegas o en la oscuridad, sin advertir las razones concretas de su pasión  y ajenos a las causas verdaderas que los ha aproximado a la , tal vez porque los dos eran conscientes de que no había otra forma de amarse si no era la de darle la espalda a las causas, la de admitir que se la estaban viendo con un sentimiento peligroso que no ha sabido dominar nunca nadie y que no ha parado de hacer estragos desde el principio, complejo pero único, y eso iban sintiéndolo día a día, con mayor fuerza pero a la vez sin demasiada fatiga, porque se trataba de una emoción tan natural para ellos como respirar cada día y era tan satisfactoria que no podían creerlo del todo, como si no lo merecieran, que quizás sea lo que siente cualquier enamorado al inicio de todo, la dicha inmerecida de poseer al otro.

     Era más difícil nombrar el milagro que aceptar su suceso y dormir en calma aunque el corazón no parara quieto dentro del pecho ni un solo minuto en aquel tiempo de desasosiego y alegría, porque la ansiedad fue la emoción permanente durante todos aquellos días, aunque la existencia de los casados tenía la obligación de serenarse porque todo iba por el mejor camino y las jornadas amanecían y terminaban felices, aunque el trabajo de los días interrumpiera la armonía de los sentimientos, es posible que ellos hubiesen dado con el secreto de la felicidad y del amor sin querer, porque Diego ya no tenía otra obsesión que la petición íntima de Isabel y la contemplación constante y diaria de su belleza hasta el punto de que ambos pensaron en un momento dado en los peligros de la excesiva idealización  de la mujer y en las consecuencias terribles que esta entrañaba para el mantenimiento firme de las emociones, pero aquel río no cesaba de pasar y su corriente era continua, incluso cuando llegaron los hijos, con la aguas ya calmadas,   e inauguraron una edad que llamaron ternura, esa edad que viene después del fuego, que procura inquietud y desazón a los esposos cuando andan en la cama, entre las sábanas y se buscan como dos animalitos en celo, tanto que procuran no poner la ocasión porque no cesarían de buscarse nunca, dos cuerpos jóvenes y bellos, dos cuerpos enamorados, asó les pasaba a Isabel y a Diego y los dos sabían que todo aquello permanecería en el recuerdo y podrían utilizarlo en las noches largas y gélidas de los últimos inviernos, aunque por desgracia esto no fue posible del todo, salvo para Isabel que  lo tuvo presente hasta sus últimos días como un tesoro, así que todo aquello no podía llamarse de otra manera que no fuese amor y amor en toda regla, firme, legal y para siempre, imperecedero  como un prodigio y un testimonio, así que Isabel y Diego tuvieron la certidumbre de que eran los protagonistas de una historia contada por un dios remoto y benévolo y con esa protección parecían vivir, ajenos a cualquier  atropello imprevisto, aunque seguros de que el destino solo les tenía reservados días de sol y primavera y con ese gesto resuelto y aliviado anduvieron durante muchos años, mientras en la intimidad de su casa y de su dormitorio las horas también trascurrían plácidas y sin altibajos y sus corazones acordados palpitaban iguales   y dulces, vivieron de este modo en aquel paraíso de sus días jóvenes, criaron a sus hijos y se amaron de una manera regular  y adecuada, porque parecían haber sido hechos ambos para hacer las cosas bien, para no romper los momentos felices, para callar o para hablar cuando fuera necesario, casi al mismo ritmo, cada uno en su parte de la dicha, pero a la vez los dos en el mismo lado, juntos, tomados de la mano o mientras se besaban  y se contaban las viejas historias familiares, de manera que ante los demás, en las horas de fiesta o en el paseo nadie era capaz de dudar de los sentimientos sinceros de los dos, de la concordancia en la que parecían estar siempre, aunque a algunos pudiese molestarles esa serenidad de hierro que Isabel y Diego parecían arrojar a la cara a sus vecinos, no porque mostrasen altanería o cierta superioridad sentimental, sino porque loas dos emanaban sin querer una paz interior tan rara en aquel tiempo y por aquellos lugares, por eso, se les divisaba de lejos, a la salida de misa o en las reuniones festivas, despojados de la vulgaridad habitual del resto de los jóvenes, como si hubiesen sido elegidos para representar a todos los otros.

     Por eso nadie podía imaginar que en todo aquello había una pequeña trampa y que los dos jóvenes comenzaban a incubar un delirio peligroso, una sustancia casi deletérea que pudiera terminar con ellos y con su magia, como si el bien y la belleza no pudiesen durar para siempre y las sombras celaran a menudo esa candidez del amor eterno, así que mientras ellos gozaban y se querían, trabajaban y todo les iba bien, el diablo trabajaba en su contra, porque el diablo siempre trabaja en nuestra contra, aunque se dice que contra el amor no puede nada, pero no es verdad, también el amor le pertenece en ocasiones y hace de las suyas con él.

     Así que donde no había podido ni el aburrimiento ni las malas artes de la infidelidad ni del olvido construyó su fuerte la enfermedad, debilitó las fuerzas de Diego, asedió durante meses al matrimonio con su servidumbre de médicos, pócimas y preocupaciones, aunque Diego e Isabel no les ganó nunca el pesimismo ni la derrota, antes bien lucharon sin violencia contra el mal e intentaron perder el menor tiempo posible en su  cuidado, porque el tiempo era amor para ellos y no estaban dispuestos a desperdiciar el amor de cualquier manera.

     Prosiguieron, pues, con la celebración de la luz y de la vida y llenaron las paredes de la casa de fotografías donde siempre estaban sus caras sonrientes, que era la verdad absoluta y la esperanza de la aventura, pues la luz de los días no cesaba y ellos no iban a poner coto a su alegría a cualquier precio, habían venido al mundo para amarse y es lo que seguirían haciendo hasta que llegaran las tinieblas y la noche cubriera el mundo.

     Estaban celebrando su aniversario cuando sucedió el prodigio, aquella noche la habían dedicado al amor por completo, cenaron juntos y solos, bebieron unas copas de cava muy frío y brindaron  por todo lo que les estaba pasando, aunque no creían merecerlo, tantos años de amor y de pureza, de abrazos y de milagros, tantos años que les había regalado el mundo sin pedir nada a cambio, pero la bestia acechaba y venía a cobrarse su pieza como sucede siempre en estos casos, porque nada se regala en balde y todo tiene lamentablemente su precio.

     Aquello que les estaba ocurriendo a Isabel y a Diego también había que pagarlo, porque era sublime y ni siquiera pertenecía a lo terrenal y la noche de aquel aniversario parecía la fecha propicia para abonar los costes totales.

     Así que después de cenar hicieron el amor, como lo habían hecho tantas veces y  a Diego le sobrevino el dolor en el mismo minuto  del orgasmo que  compartía con ella, justo en esa ola que llegaba de muy lejos y lo mojaba todo y lo inundaba todo, porque en el amor físico Isabel era  una inundación, un desbordamiento apoteósico acompañado de gritos y jadeos, un éxtasis de placer y de carne y de palabras, pero aquella noche ella fue notando la caída en los abismos de él, la frialdad en la piel de Diego, su derrota oscura y justo un poco antes del final experimentó miedo, angustia, terror, porque sabía que en muchas ocasiones la muerte, tan celosa, había venido para llevarse a su contrincante lejos del amado o de la amada, como en este caso, para llevárselo para siempre porque no podía permitir que el amor perfecto siguiera triunfando tan cerca de ella y a sus expensas, de hecho había pasado otras veces y volvería a pasar, porque la envidia y los celos campaban sobre la faz de la tierra y ella conocía su secreto.

     En el último espasmo de Diego, Isabel ya le vio los ojos cerrados y los miembros tensos y el rostro frío, pero aún peleó por el durante unos minutos en aquel dormitorio donde el amor había triunfado siempre, salvo aquella noche aciaga en la que cedía su trono a una oscura enemiga.

     También el amor era de esta manera, porque era tan intenso y delicado a la vez que podía romperse con suma facilidad, aunque no se hubiera terminado aún y el fuego no hubiera dejado de arder nunca.

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PASCUAL GARCÍA

Nació en Moratalla, Comunidad de Murcia, España (1962). Es doctor en Filosofía y Letras y catedrático de Lengua y Literatura española en el IES Alfonso X El Sa­bio de Murcia. Ha desempeñado labores de asesor de publica­ciones durante una década en la Consejería de Educación de Murcia y es profesor asociado de la universidad de Murcia. Ha sido crítico literario en prensa, radio y televisión, y colabora habitualmente en la prensa regional, semanalmente en El No­roeste y cada quince días en La Verdad. En 1995 publicó El intruso, libro de cuentos que escribió con una beca-premio del Ministerio de Cultura. En 1999 apareció Fábula del tiempo, su primer libro de poe­mas, y Todos los días amor, un libro de cuentos que mereció el premio al mejor libro de narrativa murciano del año. En el año 2000 volvió a recibir ese mismo premio, ahora por el poemario El invierno en sus brazos. En 2002 se editó Luz para comer el pan. En 2003 salió su primera novela, Nunca olvidaré tu nombre. En 2004 apareció El lugar de la escritura. Lectura personal de autores contemporáneos. En 2005 publicó El Paraíso en viaje a la penumbra. La obra literaria de Pedro García Montalvo. En 2006 fue Director de la Feria del Libro en Murcia. En 2007 publicó el libro de relatos El secreto de las noches. En 2008, el poemario Alimentos de la tierra. En 2010 editó el libro de poemas Cita al anochecer y la novela Solo guerras perdidas. Y en 2012 apareció Años fugitivos. Crónica personal de Mora­talla. Su más reciente poemario, La fatiga y los besos, obtuvo el premio Poeta Sánchez Bautista y fue editado en 2013. En 2014 editó en la Universidad de Murcia “El arte, las palabras y los días” y en la editorial Aguaclara, el libro de relatos, “Hablar durante las comidas”, entre muchos otros.

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