BAQUIANA – Año XXVII / Nº 139 – 140 / Julio – Diciembre 2026 (Narrativa)

PORVENIR REBOBINADO

 

 por

 

Dionisio Biscarri

 


—I liked yesterday’s dress better.

—¿Perdona?

—Que me gustaba más el vestido de ayer.

La joven lo escrutó con un esmero casi científico mientras sonreía, halagada por el cumplido indirecto. Original, bien plantado y con una dentadura diáfana, el esbozo inicial le quedó cincelado en la memoria. Se recolocó las soberbias argollas con un movimiento natural del cuello; un rayo de sol le mimaba el flequillo dorado.

Acababa de internarse en la tripa del autobús encarnado y crema, en la parada de Gran Vía con Calabria. Llegó por los pelos: la ensaimada y el Cacaolat la habían convencido con excesiva facilidad. Mañana, se prometió, sería menos indulgente.

Tomó conciencia de la somnolencia que impregnaba el ambiente. Era comprensible: la resaca del Mundial italiano comenzaba a disiparse. La última mueca celebratoria de Totò Schillaci ya había desaparecido de las charlas matutinas. Se recuperaba la rutina veraniega.

Aun así, la presencia enigmática a su lado confería una intensidad distinta al trayecto. Todo parecía fluir a pulso concertado. Ajenos a la audiencia, los implicados se disponían a tocar sin partitura. Se arrullaban bajo el vaivén manso del pasamanos. Sus alientos no tenían intención alguna de definir los márgenes de la corrección. Entre sílaba y sílaba, se dejaban llevar por los bostezos irreverentes de la metrópoli.

Barcelona se ponía guapa. Los carteles publicitarios no dejaban de pregonarlo. Emergía de los años ochenta con las manos callosas y la minifalda arrugada, pero las pupilas le resplandecían. Anticipaba su protagonismo. Era más majestuosa, más gótica y, sobre todo, más esperanzada. La corrupción, casi elegante, más disimulada que en la actualidad. El brío creativo de sus contornos modernistas no había languidecido. El deseo de extinguirse aún no había aflorado. El futuro le pertenecía, pese a las llagas que arrastraba. Era otro lugar. Eran tiempos ya enterrados.

—Pues lo tendré en cuenta —soltó, con sorna juguetona.

El vínculo fue inmediato. Se midieron las comisuras insinuantes de los labios. Dos asientos contiguos quedaron libres al mismo tiempo. Levantó ligeramente la barbilla y la invitó a ocuparlos.

—Me llamo Max, ¿y tú? —inquirió, desplegando los hoyuelos. Era atractivo y lo sabía.

—Soy Ona. Encantada. ¿Eres de aquí?

Era una pregunta retórica, mediada por la cortesía. Las bermudas, reveladoras de unos muslos geométricos y recién dorados por la luz meridional, las gafas de sol vagamente exóticas y la camiseta de una universidad ignota lo delataban. El acento, menos.

—Mis padres son barceloneses, pero nací in Connecticut. Estoy en Barna para afinar mi catalán.  Tomo clases at la Xarxa Cultural. Este verano me he instalado en el xalet de mi àvia, en Molins.

Le hizo gracia como el chico ya abreviaba los topónimos locales y como, de tanto en tanto, se le colaban preposiciones inglesas y giros catalanes en el discurso.

—Genial. ¡Bienvenido a nuestro manicomio preolímpico! —replicó, iluminándose de pies a cabeza—. Aquí solemos estudiar francés; por eso se me escapó lo que decías. Ahora empieza a seducir el inglés. Me has reforzado la idea de aprenderlo. Y cuéntame, en Estados Unidos, ¿estudias o trabajas?

Su estilo refinado de contemplarla le estremecía el cuerpo y la voluntad como si ambos obedecieran a un único impulso, pese a —o tal vez magnificado por— el halo de misterio que le envolvía. Aquella sacudida somática, tan vibrante como espontánea, la colmaba de incógnitas.

—Me acabo de licenciar en Económicas. En tornar, comenzaré un doctorado en Estadística at la Universitat de Illinois… No sé si me’n sortiré —ironizó, con una inflexión traviesa.

La joven selló su complicidad ante la broma con una sonrisa matizada. Al margen de cualquier protocolo, sus hombros se apoyaban ya en una cercanía implícita y vulnerable.

—Yo tampoco… —replicó con desenfado, siguiéndole el juego de falsa modestia—. No tienes pinta de ratón de biblioteca.

Hizo una pausa y añadió:

—Por mi parte, soy periodista desde hace tres años. Siempre me han maravillado las personas que entienden de cifras, como mi hermana; yo, en cambio, me hago un lío hasta con las fechas del calendario.

Mientras se extraviaba conjeturando un mar de ecuaciones seductoras, Max reparó en sus ojos, rebosantes de una miel todavía intacta.

—Vivimos tiempos históricos —recalcó el forastero, retomando la noticia que ella le había confiado sobre su oficio.

Desvió entonces la atención hacia el osito plateado que le colgaba de la muñeca frágil y acaramelada. Dos pecas simétricas parecieron guiñarle con descaro. O quizá era la imaginación jugándole una mala pasada a sus hormonas. En cualquier caso, la chica lo tenía irremediablemente cautivado.

—No me acabo de hacer a la idea. Me parece una entelequia la caída del Muro —respondió ella con voz emocionada. Mientras las siluetas ásperas de los plátanos flirteaban con el claror matutino, el vehículo tomó un respiro ante un semáforo indeciso. Un vaho de familiaridad y compenetración indefinidas, que entretejía lo sensorial y lo anímico, se extendió por el rincón minúsculo con la discreción  ancestral de una rosada ampurdanesa. Por la ventanilla entreabierta se filtró hacia el interior una melodía clásica de origen incierto. Los rodeó con lazos de nostalgia presentida. No interrumpieron la intrusión. Se dejaron guiar por un mismo pensamiento: cada pulsación del teclado los acercaba a una pérdida frágil, a un porvenir que ya se les escapaba. Un suspiro denso, algo oxidado, les aflojó la garganta.

—Es realmente intoxicante ser joven en una era tan transformadora. La década de los noventa promete mucho —vaticinó la chica con sofisticada rotundidad.

Pertenecían a una generación que confiaba, a lo mejor demasiado, en la benevolencia intrínseca del cambio, o, como silbaba una consigna de la época, the wind of change.

Tan solo les faltaba aquel aroma a palomitas bañadas en mantequilla y sal —reminiscencia de sábados lluviosos de sesión doble y meriendas callejeras, distancias geográficas aparte— para que pudiesen contemplar con mayor delicia la conjuntura en la que se encontraban, tanto en el plano personal como en el colectivo.

Las distopías escenificadas en El planeta de los simios, La máquina del tiempo o Alphaville, que tanto habían alertado a las pantallas de sus infancias, se mostraban ahora del todo improbables.

—Déu n’hi do! —acababa de dominar la expresión polisémica y se felicitó por la ocasión de usarla, aun fallándole el registro—. Espabilada y adorable a partes iguales —se reiteró. Se fijó en sus pies diminutos y finos, moteados por diez puntitos de color salmón.   —Ahora comprendo mejor la fascinación atávica por las ninfas helénicas… —caviló, sin dar señal aparente de ello.

La admiración lo iba devorando. El trayecto, en cambio, se apuraba. Consideró que era el momento de reafirmar impresiones. Con un histrionismo ensayado mil veces, deslizó los dedos entre las ondulaciones de su cabellera oscura y exquisita, digna del mejor George Michael. Había que doblegar el ocasional mechón indómito. La humedad mediterránea, espesa como la baba de una criatura en plena dentición,  le exigía recelar del gel importado.

—Pienso que la teoría del dominó se está materializando, pero in sentido contrario. La Unión Soviética y los chinos serán los siguientes en hundirse. És bufar i fer ampolles… Pan comido —se corrigió, recordando tarde el equivalente castellano.

Ahora se recreaba con las conchas de nácar del collar puka, tan ceñido al cuello que le modulaba la respiración. El talismán no advirtió la envidia muda del palillo de dientes que rodaba a sus anchas dentro del bolsillo —a la altura del corazón— de un abuelo aletargado.

—Sí, Gorbachov es un visionario. No obstante, tras lo sucedido en Tiananmen, no lo veo nada claro: tienen otro enfoque ontológico. La Revolución Cultural aún está muy próxima y no creo que claudiquen tan fácilmente.

Por momentos, dejaba entrever que el agnosticismo altivo del Viejo Mundo la había condicionado más de lo que parecía; no obstante, la confianza inocente y musculosa del estadounidense le intrigaba.

Con la piel erizada por la expectación, una mujer de edad madura —mofletes redondos como los de un koala, nariz interrogante y tacones de vedette— seguía el hilo del intercambio a partir del momento en que la pareja se había acomodado sobre aquel poliéster brillante y viscoso.  Mientras se ajustaba la babushka desteñida por la belicosidad diurna, murmuró un carpe diem a la deriva:

—Aprofiteu l’estona, nens; la terra us pot empassar qualsevol dia.

De improviso, se empachó con las notas seductoras del romero fresco que se escapaban de la cesta de mimbre enclavada entre las rodillas de un pasajero introvertido y, a ojos vista, incómodo.

—Cal despullar-se de la solitud existencial, encara que tot plegat sigui una farsa —le confió al boquiabierto caballero, mientras este se aferraba con mayor vigor a la canasta vegetariana, como si quisiera protegerse del catastrofismo enunciado.

—Puede que tengas razón; l’ombra de Mao es, bien mirado, omnipresente, pero aún están cent años por detrás de Occidente. De cualquier manera, la democracia ha triomfat como sistema político. Estamos más cerca que nunca de hacer realitat las estrofas de Lennon que las de Lenin —resumió, satisfecho por el fortuito efecto paronomástico—. La plena concordia global es solo cuestió de tiempo…    

El joven manifestaba una esperanza ciega, alimentada por quimeras y arengas televisivas.

—Aunque exterioriza un poquitín de arrogancia, es entrañable y nada aburrido —reflexionó Ona, tentada en silencio, como quien columpia un anhelo frágil, aún preñado de expectativas—. Destila una energía compleja, pero rutilante. Ojalá se quede hasta septiembre…

Sin saberlo, Max prefiguraba las conclusiones de Fukuyama. La Historia y los extremismos acabarían desautorizando a ambos. Un autócrata bigotudo con balconada al Éufrates; los hutus y su concepto perverso de las cucarachas; las cruces y la media luna de los Balcanes; Al Qaeda y el Pentágono, con cadencias distintas, comenzaban a mover fichas. En breve, Huntington reclamaría la última palabra, acertada o no. De una manera u otra, las secuelas de aquellos acontecimientos y de otros semejantes, tan remotos como exógenos, acabarían salpicando incluso el destino de la capital catalana.

Pero todo aquello resultaba irrelevante para la pareja. Pese al trato todavía incipiente y a las presencias a su alrededor, ya se habían desprendido del contexto público y del olor a sepia que se colaba a sus espaldas. Sin proponérselo, se refugiaban en un aposento imaginario y tapizado, abierto a la madrugada, donde el peso de sus historias recientes comenzaba a disiparse. Vestigios de experiencias aún confusas, avaladas más por la inercia que por su calado sentimental.

—¿Qué es lo que más te atrae de esta ciudad?

La vocación le era irresistible.

—A veure… me impresionan la perseverança, la armonía dramática, el espíritu transgresor. També la estética preponderant.

En su mirada se leía que la recién conocida formaba parte de esa última apreciación.      

—Ah, ¡y la coca de Sant Joan!

Compartieron risas y gestos de intimidad latente.

—¿Y el cava? ¿No te ha convencido? Me imagino que en los Estados Unidos no debes encontrarlo.

—Soy abstemio —prosiguió Max, cambiando de bebida—, pero desde que estoy aquí, los cortados me han robado el seny. ¡Me tomo ocho o nueve al día! Si me abriesen las venas ara mismo, em brollaria un chorro de cafeína ensucrada.

Llegados a este punto de la charla, ella acogía cada expresión, por adulterada que fuese,  con exquisita dedicación.

—Y, ¿de Estados Unidos? ¿Qué estimas?

—Echo en falta el aire condicionat hasta en los jardines, el espacio vital and la sensación perpetua que tot es posible. Pero, sobre todo, añoro el meu nou Jeep que me espera con la montura a punto. Es una bestia con tracción integral que ens portaria hasta los lugares més recóndits del planeta, si así lo deseáramos.

La vista le fulguraba como una noche del cuatro de julio.

—Nunca me habían hecho una invitación tan redonda. ¡Acepto! —reaccionó la chica con deleite guasón. 

Una telaraña, fresca y medio encubierta entre las páginas de un ejemplar abandonado de l’Avui, les acaparó la atención de forma pasajera. Quizá las antenas analógicas de la mariquita aún presentían algunas opciones viables. Pero el tiempo y el instinto conspiraban bajo sus pies. Mientras tanto, a un costado, una cerilla solitaria, con la cabeza intacta, meditaba sobre cuestiones metafísicas.

Después, la marquesina policromática del veterano cine Urgell pasó a ser la atracción del momento. Acogía el estreno de Valmont, una infravalorada adaptación del relato epistolar de Choderlos de Laclos. La cinta quedó eclipsada por el éxito avasallador de Las relaciones peligrosas, una relectura paralela estrenada meses antes de un tono más cerebral, en la que Glenn Close confirmaba la amplitud de su registro histriónico, John Malkovich encarnaba una figura deliciosamente diabólica y Michelle Pfeiffer hacía alarde, con estilo neoclásico, de sus formas escultóricas.

Max se giró de golpe hacia su compañera de viaje e intensificó la conexión visual.

—Espera —aconsejó en voz baja, como si la palabra fuese una bendición. —Cierra los párpados y no et moguis.

La chica obedeció con una confianza curiosa y se aprestó a la aventura. Con lentitud calculada, el tacto de Max fue esculpiendo una sucesión de arcos suntuosos sobre su cutis inmaculado.

—Misión cumplida —pronunció con tono astuto y complacido, aunque acompañado de un suspiro de pesar por la conclusión de la descubierta—. Tenías una pestanya solitaria —aseguró.

—Pues gracias por haberme rescatado de un futuro privado de belleza.

Sus dientes, henchidos de gozo, hacían superflua cualquier evidencia al respecto.

De nuevo, centraron la atención hacia el exterior. Ante un quiosco medio despierto, una dama embarazada mantenía un forcejeo a muerte con un dálmata empeñado en hurtarle el bocadillo de sobrasada al comprensivo propietario. Su propia mascota, un gato escurridizo y fanfarrón, con las orejas roídas en mil batallas, aprovechaba el contratiempo para refrescarse la lengua en un indefenso chato de vino. Pinzados a un cordel, los cosacos de Repin, congelados en su irreverencia eterna, disfrutaban del revuelo.

—¡Quina atmósfera más literaria! —observó Max, mientras su compañera de viaje asentía, medio sonriente.

—Y por la noche es cuando comienza la verdadera poesía… —le respondió, consciente de las implicaciones y avergonzada en el acto por haberse puesto en evidencia de manera tan explícita.

No era, en absoluto, proclive a los arrebatos pasionales.

El joven se hizo el distraído, pero había registrado la jugada. Gradualmente, la atención de la chica descendió hacia el suelo desnudo, bullente como una tetera indignada. Por un breve lapso, imaginó como sería mirar el espacio a su lado una vez que él lo desocupara. No deseaba llegar nunca a su destino: a la rutina del trabajo; a los compañeros hartos de cualquier nimiedad; al arisco jefe de redacción; al despacho abrumador y repleto de folios amarillentos.

En realidad, todo aquello no era ni tan agobiante ni tan dramático. De hecho, se consideraba una afortunada. Cumplía una tarea comunitaria que la estimulaba; su talento analítico se hacía notar, y el Principado insinuaba muchas emociones venideras, tanto dulces como dolorosas. Pero ahora, desde hacía unos instantes, lo único que le incumbía era demorar el instante.

—Mi prima estudió psicología en la Kent State University y comparte piso con un chico de Ohio. Hace dos años visitamos Nueva York juntas. Es una ciudad impresionante.

A Max, le agradó el elogio; un reconocimiento casi inédito desde que inició su periplo europeo. Pese a estar embelesado descubriendo el paraíso perdido de sus padres, en el fondo era tan yanqui como el protagonista de Twain.

—¡Y tanto! Soy un ferviente admirador del Met. Voy un parell de veces al año. Las galerías egipcias y las secciones de arte impresionista me tienen hipnotitzat. Després suelo cenar en… let me think how to translate it… at Las Finestres del Mundo, el restaurant encima of the World Trade Center. Sobre todo, cuando pagan els pares.

Aprovechó el inciso de humor para propinarle un golpecillo afectuoso con el margen de la ulna. Tan suave como calculado. A ella le complació que no hubiera rastro de ninguna acompañante femenina en el comentario.

—¡Ostras! Es verdad; la hegemonía visual de las Torres Gemelas es apabullante. —Sí, for me representan algo parecido al Panteón o a las Pirámides del mundo contemporáneo. Una promesa de eternitat, formulada en acero y vidrio.—Totalmente. Yo incluso diría que son una reinterpretación moderna, en versión especular, si quieres, del Faro de Alejandría. O, en términos más profanos, el Montjuïc y el Tibidabo neoyorquinos.—¡Espléndidas analogías! Da la sensación de que casi han diluido de la memoria popular las huellas de la ascensió de King Kong al otro coloso de hormigón de la ciudad. Sonrieron otra vez con la misma complicidad reflexiva.  —Según mi prima, ese Trump es un emprendedor de amplia notoriedad allí —dijo ella, buscando confirmación—. Quizá un tanto estrafalario, ¿no?Intuitiva por costumbre, no quería desbaratar el buen compás discursivo que se había establecido y, por eso, no introdujo las disquisiciones sesenteras de su padre sobre el empresarismo.—Es autor de un éxito editorial sobre cómo desenvolverse en el mundo de los negocios. Su vida sentimental, en cambio, ha ocupat páginas enteras de la prensa sensacionalista. Hay quienes auguran que algún día arribarà a ser batlle o gobernador; yo, francamente, no m’ho crec —apuntó Max, con una autoridad serena—. Sigue siendo un país muy puritano.  A fin de cuentas, aquellas tierras eran su patio cultural y pensaba conocer a la perfección dónde se escondían las castañas.—Tampoco sé si las oligarquías norteamericanas lo permitirían —prosiguió—. Como sucede con tantos profesionales del sector inmobiliario, tiende a operar con un enfoque transaccional. Es del partit demòcrata. Sus cuadros llevan ya una década sin ostentar la presidencia, encara que ambas agrupaciones políticas sean pétalos del mismo tall. Yo me lo imagino más bien al frente de un equip principal de fútbol americano o de béisbol, o incluso como propietario de un estudio hollywoodense: alguna cosa vinculada a l’univers de l’espectacle. Admirado por la magnitud de su fortuna y la visibilidad de su presencia mediática, el futuro inquilino de la Casa Blanca aún no generaba la polarización que acabaría por caracterizar su figura en el siglo siguiente. Su consagración y posterior resurrección políticas, las decisiones controvertidas y la retórica distintiva aguardaban todavía tras las bambalinas del tiempo.

De pronto, en el exterior, irrumpió ante sus ojos una imagen casi hogareña, impregnada de ese matiz pop tan prototípico del paisaje cultural norteamericano. Con el calor penetrándole hasta los huesos, un viandante de aspecto septentrional lucía una camiseta policromática con la carátula del último álbum de The Cure. Críptico y ya relegado a las catacumbas, encarnaba una de las creaciones más auténticas y perfectas de finales del siglo XX. Pronto se convertiría en la alhaja más desgastada de la naciente colección digital de Max.

La insolencia enrabiada de aquellos grupos de rock clásico que habían definido sus años de High School perdió relevancia. Como un espectro catedralicio fiel a su cometido, la voz plañidera de Robert Smith le acompañaría hasta la senectud, modulando el sentido de cada nota y de cada expresión a lo largo de las décadas. Horas de éxtasis corporal, muertes esperadas o imprevistas, viajes de toda índole, episodios de depresión circunstancial y ratos de tedio cotidiano quedaron así enmarcados por aquella banda sonora.

“How the end always is…”, concluye el laberinto emocional del estribillo de la canción titular del CD. Tal vez fuera un detalle profético o bien una coincidencia intranscendente. El chico prefirió no elegir.

—La próxima es la mía.

Toda la compostura de la joven se le vino abajo cuando, con una inflexión melancólica, Max le informó acto seguido de que el curso finalizaba aquella misma tarde. Al día siguiente cogía el avión. Ona garabateó algo en un papelito de la diminuta agenda, lo dobló y se lo entregó con confianza tácita.  Le pidió que no lo abriera hasta bajar del estrepitoso carruaje de humo.

Al llegar a la esquina de la ronda de la Universidad, el chico se incorporó y, con ternura reflexiva, le apretó el corazón de la mano.

—Adeu-siau, Max.

No se produjo ningún intercambio: ni números de teléfono, ni dirección, ni apellidos. Solo depositaron silencios, sombras inquisidoras y un vacío interno que, a veces, se vuelve tangible en la memoria molesta de las suposiciones.

—So long, xata —profirió con una solemnidad artificiosa, preguntándose si, de algún modo, habría un segundo acto.

Evacuó el pasadizo con paso grave por las escaleras traseras, haciendo caso omiso a los bisbiseos fantasmales del panal rodante. Chispas de aire tibio le abofetearon. Las suelas de las vambas se le dilataron bajo el ardor del pavimento. Un cosquilleo fragante en la palma izquierda le reconfortó durante unas milésimas de segundo.  Era como reencontrarse con el cordel de una cometa casi extraviada. Aún conservaba el tacto femenino.

Lo desplegó con reverencia, como si limpiara siglos de desidia de un manuscrito románico de incalculable valor.  Cada carácter destilaba el deseo velado de su autora. Max se abalanzó, sin escrúpulos, sobre el contenido. La tinta rojiza delineaba las palabras: Gnossiennes n.0 1. Satie. No era lo que esperaba. Una gota de sudor, confundida e inconsolable, borró sin contemplaciones las trazas del número en aquel fragmento de celulosa, ya despojado de cualquier efecto balsámico. El muchacho tornó la mirada hacia el artefacto chirriante y se tatuó la despedida en el subconsciente. Nunca la olvidaría: aquel episodio transitorio, fruto de una serendipia puntual, lo acecharía el resto de su existencia. Presagiar los límites de la ausencia siempre ha sido un juego trucado. Evocaría su imagen tanto en la albada arcaica de Súnion como en los crepúsculos temerarios y místicos de los escarpes de Ollantaytambo. En todos aquellos espacios esplendorosos, inescrutables y desiertos que, por compromiso laboral o por puro placer, acabaría pisando a lo largo de su prolongada trayectoria. Bien acompañado o no. Enseguida, el transporte se perdió en los entresijos de la ciudad como una hormiga más. Pero de las de antes: ilustrada y de espardenya irreductible. El joven buceó en el fondo del bolsillo derecho en busca de calderilla. Le sentaría bien una dosis de cafeína o, aun mejor, un vermut. Su tacto foráneo no era lo suficientemente diestro como para fijar con certeza la suma de pesetas disponibles. Era menester una comprobación visual. Al emerger el índice, un círculo áureo se le había quedado ensartado en la yema. Lo aisló de sus compañeros de circunstancia y lo desterró al bolsillo opuesto. Se miró la muñeca. Ya se hacía tarde.

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DIONISIO BISCARRI

Nació en Barcelona, España (1963). Ha publicado artículos sobre literatura, cine y arte en diversas revistas académicas. En 2004, publicó en Italia el libro Nacionalismo autoritario y orientalismo: La narrativa prefascista de la guerra de Marruecos (1921-1927). Ha sido ponente en varios congresos nacionales e internacionales. Ha obtenido premios de investigación y docencia. A mediados de los años noventa, impartió cursos de literatura y cultura españolas en la Universidad de New Hampshire. Desde 1998, ejerce como profesor de estudios ibéricos en The Ohio State University.

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