BAQUIANA – Año XXVII / Nº 139 – 140 / Julio – Diciembre 2026 (Cuento I)

EL HÉROE

 

por

 

Guillermo Arango

 


Cuando se levantó aquella mañana de verano encontró que su abuelo Nemesio estaba ya despierto y de muy buen humor. Lo encontró silbando, aunque algo desafinadamente, pero, de todos modos, aquello era un buen signo, un hombre que por lo general era algo reseco y berrinchoso. Durante el desayuno contó chistes a su mujer y se rió el mismo enormemente de lo narrado como era su costumbre, ponderando siempre la excelencia de su carácter. Para el joven prometía ser aquel un día agradable.

Acababan de desayunar cuando se presentó una visita; se trataba de un hombre pequeño y regordete, con la cara colorada. No pudo oír bien lo que el abuelo y aquel sujeto hablaron, pero se imaginó que debía tratarse de dinero o algo por el estilo. Tan sólo oía decir al abuelo “sí” y “no”, con un tono de sumisión que él no conocía. Cuando el visitante se marchó y el abuelo regresó al comedor tenía el aire de un hombre agobiado. Se puso a fumar un cigarro y miró a su nieto tristemente.

—¿Qué te pasa, abuelo?

—Nada. No seas fisgón.

Siguió fumando pensativo, echando humo y contemplando al muchacho. El joven pensó que pocas veces lo había visto tan desanimado. Luego levantó la cabeza como para sacudir aquella preocupación que lo mortificaba.

—¡Mírame a la cara, muchacho! —le ordenó.

En realidad, el nieto no estaba haciendo otra cosa.

—¿Te parezco un cobarde?

—¡No, abuelo! —le aseguró.

—Pues es lo que hoy me ha echado en cara ese mequetrefe que se acaba de ir. —Yo, Nemesio Pujol, ¡un cobarde! ¡Es increíble! Anda, tráeme un vaso de agua.

El joven corrió rápidamente a la cocina y le trajo un gran vaso de agua de la que el viejo bebió la mitad sin tomar respiro.

¡Increíble! —repitió—. Cierta vez fui realmente un héroe… ¡Y ahora me ha llamado cobarde ese hijo de…! ¡Yo que nunca me he amarillado!

Se secó los labios con el pañuelo que siempre llevaba en el bolsillo.

—¿Cuándo fuiste un héroe, abuelo?

—Hace mucho tiempo —le dijo, mirándolo fijamente.

—¿Antes de yo nacer?

—Pues sí… Muchísimo antes.

Se detuvo y se bebió el resto del agua.

—Mira, habiendo sido héroe una vez en tu vida, lo continúas siendo hasta tu muerte. ¿Lo comprendes?

—Sí, abuelo.

—Te voy a contar como fui un héroe aquel día a los ojos de cuantos lo vieron.

La abuela, que hurga en sus faenas con sigilo, hasta el blando pisar de sus chancletas, se encontraba limpiando la habitación cuando dijo, de improviso:

—¡Déjate de tonterías! ¿Olvidas que el niño tiene diez años escasos? ¡Lo confundes con tus historias! ¿Qué sentido tienen esos sonsos cuentos tuyos? ¡Deberías ponerte a hacer algo!

—¡Mujer, no te metas en mis cosas! ¡Si alguien me llama cobarde y yo digo que una vez fui un héroe, eso no es decir estupideces!

—Si no hablaras tanto —dijo ella— otro gallo cantaría, y no te oirías llamar cobarde o lo que fuera.

El viejo mandó nuevamente al muchacho por otro vaso de agua el que en un abrir y cerrar de ojos volvió corriendo al comedor. Después de beber unos sorbos, sin procurar contenerse, comenzó a hablar, como si fuera un soliloquio:

—Escúchame bien, muchacho. Hace mucho tiempo, cuando yo era bien joven, no le tenía miedo a nada ni a nadie. Una de las muchas cosas que he hecho en mi vida fue trabajar en una fábrica de conservas. Allí se enlataban frutas de todo tipo: cascos y mermelada de guayaba, naranjas en almíbar, dulce de mango… De todo… Bueno, no había trabajo mejor que ese… Oye bien, lo que yo hacía era pegar las etiquetas a las latas con la marca de la fábrica. Durante todo el día tu abuelo no hacía más que pegar etiquetas. ¡Jamás he tenido una pega más suave y más bonita, me oyes!

El niño que escuchaba palpitante asintió con la cabeza, mientras el viejo proseguía con su historia.

—Estaba yo contento en aquella fábrica… ¡Sí, podría decir que era un hombre dichoso!

—¡Hay, Nemesio, si trabajaste allí tan sólo dos semanas! —dijo entonces la abuela con abrupta sequedad.

—¡Cállate la boca! Siempre lo enfangas todo… Bueno, la vedad es que estuve allí dos semanas y media —y recalcó esto alzando la voz mientras miraba de soslayo a su mujer—. Sabes, algo se puso a fermentar. No en mí, naturalmente, yo estaba muy satisfecho, como te digo.

—¿Y entonces? —preguntó el muchacho.

—Era durante años difíciles cuando la situación en todo el país estaba, realmente, de yuca en ñame, y los demás obreros de la plana, como veinte o treinta, no estaban satisfechos con las condiciones laborales, o dispuestos a seguir trabajando por lo que ganaban. Nadie tenía una astilla y querían ir a la huelga. Un día me dijo uno de ellos, el que más meaba:

—Nemesio, no vengas a la fábrica mañana, no vamos a trabajar.

—¿Y tú que le dijiste, abuelo?

—Yo le dije a aquel señor líder: “¿es mañana domingo?” Y claro, me contestó que no.

Bebió otro sorbo de agua y el joven pudo ver que su rostro se regocijaba. Como si aquellos recuerdos lo animaran.

—¿Y qué le dijiste entonces, abuelo?

—Pues dije… a un montón-pila de ellos… les dije: “Señores no se atraquen. Si mañana no es domingo, vengo al trabajo. Ustedes pueden hacer lo que les parezca. Yo haré lo que tengo que hacer.” A Nemesio Pujol nadie lo iba a intimidar. Y es que como te dije, yo no conocía el miedo, muchacho. ¡En el tiempo aquel yo no le tenía miedo a nadie! Entonces me dijeron: “Estas avisado, Nemesio.” Yo me reí ante todos ellos, ¿sabes?

—¿Y fuiste al trabajo al día siguiente?

—Espera un momento, no vayamos tan aprisa. Llegué a casa y comimos. Yo estaba sereno; cogí el periódico y me puse a leer. No estaba excitado, ¡ni lo más mínimo! Por la noche, a la hora de dormir, de repente, se oyó un fuerte ruido en la sala y fuimos a verlo que era. Habían arrojado un seboruco por la ventana. ¡No era una piedrecita, muchacho, era una señora roca! ¡Tan grande como un melón de agua!

—Era un pedrusco, Nemesio. No exageres —dijo la abuela con los ojos endrinos, muy abiertos, metiéndose en la conversación otra vez.

—Oye, y que lo tuyo no es lo mucho sino lo seguidito. ¡Cállate, chica! —le resopló incomodado de nuevo—. ¡Cuando estoy contando una historia soy yo el que la cuenta y no tú!

La abuela dijo algo que no se pudo entender y continuó atareada en la cocina, haciendo ese tipo de barullo que suele asociarse más con el enojo que con la diligencia.

De inmediato, dirigiéndose a su joven oyente, el viejo continuó:

—Bueno, sí, era un pedrusco.

—¿Y por qué?

—¡Vayas tú a saber! Para meterme miedo, seguro.

Volvió a beber agua y luego encendió otro cigarro. De su cara había desaparecido toda expresión de abatimiento.

—Aquella misma noche —continuó explicando— entraron los tercios de la guardia rural en la ciudad, a caballo. Era un tiempo aquel de mucha agitación y la cosa estaba enyerbada.

—¿Y fuiste a trabajar al otro día?

—¡Calma, muchacho! —dijo, exhalando una bocanada de humo—. Bueno, al otro día muy temprano, unos vecinos vinieron a vernos, muy intranquilos, para decirnos “No vayas al trabajo, Nemesio, te están esperando cerca de la fábrica, apostados en un callejón, y llevan cuchillos.”

—¿Y fuiste de todos modos, abuelo?

—Tranquilidad, muchacho, tranquilidad! Tu abuela tenía mucho miedo, pero yo le dije: “A mí nadie me va a amarrar corto… El hombre está hecho para el trabajo como la montura para el caballo… Prepárame el café” y después de tomar el desayuno salí a la calle. Tu abuela salió detrás de mí diciéndome: “No vayas Nemesio, por Dios, que te van a matar.” Y yo le dije “Déjame, cumplo con mi deber.”

En eso la abuela metió baza.

—No fue eso lo que dijiste…

—Muchacho —dijo Nemesio interrumpiéndola—, no escuches nunca a tu abuela cuando yo cuento alguna cosa… Verás… en el mismo momento que tu abuela quiso detenerme aquella mañana pasaron dos guardias rurales a caballo. “Van a asesinar a mi marido”, gritó mi mujer. Uno de ellos que no era otro que el sargento Cedeño, un militar muy animado que de verdad los tenía bien puestos le contestó con gran confianza: “Señora, todo está bajo control. No le ocurrirá nada a su marido.” ¡Qué a mí no me ocurriría nada, fue lo que dijo! ¡Sí, señor!  Así que atravesé la calle con la cabeza bien alta. ¡Mi decisión estaba hecha!

—¿Tenías miedo, abuelo?

—¿Miedo yo? ¡Qué va!… ¡Yo era un héroe! Todos los vecinos se quedaron observándome. Todos pensaron… “¡Ahí va Nemesio!” ¡Y se les cortaba el aliento! Y yo muchacho, como ya te he dicho, no tenía miedo ninguno.

—¿Y qué ocurrió en la fábrica?

—Mi querido nieto, ¡no pensarás que fui a la fábrica! ¡Ni a jodía! ¿Tomas a tu abuelo Nemesio por un cobarde esquirol? ¿No te da vergüenza, muchacho? Fui a la bodega de Pedro Pablo y estuve bebiendo cerveza toda la mañana… ¡La mejor cerveza que he bebido en toda mi vida!

Pronunció aquellas últimas palabras con acento firme y rotundo que en su boca cobraba intensidad. Luego sonrió complaciente.

—Anda, muchacho, tráeme otro vaso de agua.

Y diciendo esto volvió a encender otro cigarro.

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GUILLERMO ARANGO

Nació en Cienfuegos, Cuba (1939). Es poeta, narrador, ensayista y dramaturgo. Cursó estudios de Arte, Filosofía y Letras en la Universidad de Santo Tomás de Villanueva (Cuba) y de Creación Literaria en la Universidad de Loyola (Chicago). Por muchos años se dedicó a la enseñanza universitaria. Ha ejercido por igual la crítica cinematográfica. Ha publicado siete libros de poesía, siendo el más reciente Ceremonias de amor y olvido (Linden Lane Press, 2013). Ha publicado tres libros de relatos bajo el sello de Ediciones Universal: Gatuperio (2011); El año de la pera ─ tradiciones, relatos y memorias de Cienfuegos (2012); y El ala oscura del recuerdo (2013). Ha publicado un libro de ensayos literarios Visiones y Revisiones (2020) y siete libros de obras teatrales bajo el sello de Ediciones Baquiana: Teatro ─ Todos los caminos, Nube de verano, La mejor solución (2016); Teatro II ─ Los viejos días perdidos, Entre dos, Encuentro, Ensayo de un crimen (2017); Teatro III ─ Retablillo del amor rey: Un testigo veraz y La petición de Rosina, Una proposición decente, Las dos muertes de Gumersindo el indiano, Romance de fantoches (2017); Teatro IV ─  Mañana el paraíso, Noche de ronda, La corbata roja, El uno para el otro, Mi hermana Vilma, Dos trenzas de oro, El plato del día, Espejismo, Coto de caza, Los pescadores (2018); Teatro V ─ Adagio, Un lugar para vivir, La ruta de las mariposas, El parque de las palomas, El viento que pasa (2019); Teatro VI ─ Hoy es siempre todavía, La recepción, La familia de Adán, Propiedad en venta, A la luz de un relámpago; y Teatro VII ─ Un día de reyes, Esos juegos del amor, Una corona de flores  (tres comedias en tres actos). Ha sido becado en tres ocasiones por la National Endowment for the Humanities. Ha sido ganador de premios en las categorías de poesía y narrativa. En el 2008, su pieza dramática Todos los caminos, fue galardonada con el Premio Internacional de Teatro “Alberto Gutiérrez de la Solana”, auspiciado por el Círculo de Cultura Panamericano en Nueva Jersey. Ha publicado y presentado trabajos de investigación literaria en revistas y congresos nacionales e internacionales. Es miembro de diversas organizaciones literarias y profesionales. En octubre de 2016 le fue concedido el Premio Ohio Latino Award por su excelencia literaria. Reside desde hace varias décadas en el estado de Ohio, EE.UU.

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