UNA CORDIAL DISCREPANCIA
(Drama en un acto)
de
Pedro R. Monge Rafuls

Personajes: Hilda y Ernesto
La acción ocurre en Nueva York, en 1996.
El escenario está lleno de diapositivas (o de películas) de grandes maquinarias que funcionan según lo pueda exigir la acción. En el medio del escenario, ofreciendo un enorme contraste con el espacio y las diapositivas (o las películas), hay dos tubos que deben dar la impresión de una máquina que no está completa. Durante el tiempo de la obra, Ernesto trabaja en ella con grandes herramientas. Unas veces acciona con violencia; otras con calma y algunas veces, antes de trabajar, medita sobre lo que va a hacer. Hilda, con una bandeja con comida que le ha preparado, lo va siguiendo con sus movimientos y/o la vista. Ernesto no le hace mucho caso. Hilda actúa y habla con calma, como lo hace una persona que está adaptada a la idea de que ya todo se ha dicho; que está compartiendo una situación absurda para la que no hay remedio, pero que–no obstante–es fiel. Al fin que ella también ha compartido ese sueño de Ernesto.
ERNESTO. (Moviéndose y trabajando sobre la máquina.) Una tuerca aquí… un martillazo más…pun pan pun…y tú verás… ¡acabada!
HILDA. Eso vienes diciendo hace más de treinta años.
ERNESTO. Nos vamos hacer millonarios con el invento.
HILDA. Sí, seguro…
ERNESTO. Pero esta vez va a ser verdad.
HILDA. Se te va a enfriar la comida.
ERNESTO. Mañana mismo voy a irla a patentar, no vaya a ser que me roben el invento.
HILDA. Primero come.
ERNESTO. Déjate de tanta cantaleta con la comida. Déjala ahí. (Señala hacia alguna parte de la habitación.)
HILDA. ¡Cométela, ahora! Qué después la dejas ahí y se llena de cucarachas… (Pausa.) ¿Por qué no inventas algo para matar las cucarachas…y los ratones?
ERNESTO. Compra Combat.
HILDA. En casa de mis padres no había tantas cucarachas, pero aquí, si te descuidas te cargan y te llevan en vilo.
ERNESTO. (Siempre trajinando en la maquinaria.) Ya casi está. ¡Pan, pun!
HILDA. Sí, seguro.
ERNESTO. No me falta casi nada…un par de tornillitos por aquí…otro por allí…
HILDA. (Habla sin que Ernesto le preste atención.) ¿Te acuerdas? Allá no había cucarachas… Bueno, alguna que otra, pero no como aquí. (Recordando.) Eso sí, había mosquitos, pero eso era por tanta agua que se estancaba en los campos, tanta agua que parecía una ciénaga… ¡y que peste! (Otro tono.) ¿Y ese invento tuyo no servirá para secar los charcos de agua? Quizás…con los adelantos de los tiempos modernos de ahora, puedan eliminar las aguas estancadas y la peste y los desgracia’os mosquitos. (Pausa.) Las moscas no son tan jodonas, pero los mosquitos, pero, lo importante era que no había cucarachas, ¡¿y ratones?! Yo creo que vi uno solo en mi vida, allá, en Zaza… Comete la comida.
ERNESTO. ¿A quién le…? Aquí, claro, era por aquí que se salía toda el agua y sin el agua…
HILDA. ¡¿El agua?! A esa cosa se le sale todo. Y a ti se te sale el liquido del cerebro.
Se ríe sola, divertida, mientras Ernesto la mira incrédulo.
ERNESTO. No comas mierda.
HILDA. No hables de quién come qué en esta casa porque tú eres el campeón de los comebolas.
ERNESTO. ¿y tú?…
HILDA. Todos estos años que te has metido tratando de inventar esa máquina. Y ni sabes para qué va a funcionar porque siempre estás diciendo que va a ser un invento requetevoludo y que si te vas a hacer millonario y que si vas a cambiar el mundo y que yo que sé qué, pero nunca has dicho para que va a servir esa máquina, si es que la inventas, que yo eso hasta lo dudo…
Él para la acción y se le enfrenta. La mira con una cara que dice muchas cosas porque lo que ella termina de decir es–para él–el colmo de la insensatez.
ERNESTO. Mejor ni te contesto.
Vuelve a la acción, pero le da un par de miradas que reflejan incredulidad.
HILDA. (Habla sin que Ernesto le preste ninguna atención.) Contéstame si puedes, que es la verdad. (Comienza a reírse.)
ERNESTO. ¡¿Y ahora que te pasa?! ¡Estás tostá!
HILDA. El revolver… (se ríe.) ¿Te acuerdas del revolver que solo iba a matar a los criminales?
ERNESTO. ¡Cállate! ¡Cállate!
HILDA. (Apuntando a la máquina con un revolver imaginario.) ¡Pum! ¡pum! ¡pum! ¡Te mate, desgracia!
ERNESTO. (Empuja a Hilda.) ¡No seas idiota! (Pausa.) Si lo encuentro te entro a tiros…
HILDA. (Burlona.) ¡Solo mata criminales! Además, no lo vas a encontrar.
ERNESTO. ¡¿Ah, sí?!
HILDA. Lo escondí.
ERNESTO. Te voy a enseñar si funciona o no, cuando lo encuentre. (Hace señas de locura. El dedo índice derecho dando vueltas al lado de la oreja derecha.) La que tiene agua en la azotea eres tú.
HILDA. ¡Vivir contigo ha sido peor que una tortura china! Yo debía haberme separado de ti…
ERNESTO. ¡Pun, pan, pun!… ¡Ya! ¡Ya está lista!
HILDA. ¿Dónde está el invento que le dices a todo el mundo que dejaste en Zaza? A mí no me tupes. Eso cuéntaselo a todo el mundo, menos a mi que te conozco. A ver, ¿qué inventaste allá?
ERNESTO. ¿Y el motor que le dejé a Irusta?
HILDA. ¡Já! ¿Ni que motor, ni que invento?
ERNESTO. ¿Y tú vas a comparar a Zaza, una aldea perdida en el medio del mundo con Nueva York? (Pausa. Por primera vez deja de trabajar. Pensativo. Recordando.) Allá no había nada de nada. ¿Con qué iba a trabajar si no había las herramientas que hay aquí?
HILDA. Pero tú te pasas la vida diciendo que…
ERNESTO. Además, eran otros tiempos.
HILDA. Si hubiéramos guardado en el banco todo el dinero que tú te has gastado en esta porquería…entonces si seríamos millonarios. Yo he trabajado como una burra, año tras año y no tenemos ni un centavo para caernos muertos…
ERNESTO. ¿Qué te falta?
HILDA. (Incrédula.) ¡¿Qué me falta?!, ¿qué me falta? ¡Mira que tienes valor!… ¡para preguntarme eso! (Pausa. Otro tono.) Al año de habernos casado yo te iba a dejar. Sí, porque me di cuenta que las máquinas eran más importante que yo…nunca te lo había dicho, pero varias veces he estado por dejarte. Cuando nació Marisel…si no es por mamá, que me convenció… ¡no es para agradecérselo!… ¿NO? ¡Es para culparla de mi desgracia!, y después, cuando vinimos a este país…cuando llegamos y tenía que trabajar como una burra… (Ernesto no le ha hecho ningún caso.) ¿Me oíste? ¿Estás oyendo lo que te digo? (Pausa. Otro tono. Irónica.) ¡Total! Cuando te mueras, el famoso invento tuyo te lo van a meter por el…
ERNESTO. (No la deja terminar, la interrumpe furioso. Se le enfrenta de forma tal que ella se amilana un poco.) ¡Cállate la boca, comemierda! Que me dan ganas de darte una patá por la boca para que no hables tanta basura… ¿Por dónde me lo van a meter, comemierda? No sigas con tus cantaletas que el horno no está pa’ roscas…
Vuelve a la acción de montar la máquina, pero está enojado. Ella se mantiene callada. Silencio larguito.
HILDA. ¿Vas a comer o no? (El no contesta.) Bueno, es que… ¿tú crees que yo no quiero que inventes eso? Claro que sí, pero nunca lo inventas. Cuando yo me casé contigo tenía dieciocho años y ahora tengo 57, ¿y qué? Ya llevo treinta y nueve años esperando que la máquina esa arranque… y tú andas con el invento ese desde antes de casarnos. (Pausa.) Así que no vengas con cuentos conmigo.
Ernesto continúa callado. Está molesto, pero al mismo tiempo no le hace caso.
HILDA. Me voy a llevar esto (Por la comida.) pa’ la cocina. Estoy cansada de estar cocinando y nunca comemos en la mesa como una familia. Mira los muchachos… se acostumbraron a comer solos, ni siquiera se sentaban a la mesa, conmigo… que estaba detrás de ti tratando de que comieras y ellos llegaban y comían solos, a la hora que venían porque esa máquina lo único que ha traído es desorden a esta casa.
ERNESTO. (Irónico.) ¿No me digas?
HILDA. Esta no es una familia, es un grupo de personas que entran y salen de esta casa. Siempre la misma cantaleta…todo el que me oiga sabe que eso es lo único que se habla en esta casa…lo único que hablo yo… lo único que tú haces…
ERNESTO. ¿Lo único que yo hago?
HILDA. (Muy irónica.) Sí, lo único, porque de aquello, nada. ¿Cuánto hace que fue la última vez?
ERNESTO. (Más irónico aún, detiene su trabajo y le ofrece una herramienta larga.) Quizás con una cosa así puedas complacer tus deseos.
Hilda se queda quieta, furiosa, sorprendida, ofendida.
ERNESTO. ¿No la quieres? Así vas a dejar de quejarte. ¿Tú sabes lo que es tenerte encima todo el tiempo, todos los días? Mira, yo he trabajado toda mi vida y he mantenido esta casa y he educado a los muchachos y he sido un buen marido, en lo que cabe…que tampoco tú eres como para inspirarlo a uno, siempre con tus cantaletas, y tus dolores de cabeza.
Ernesto comienza a darle martillazos a la máquina, hasta que llega casi a una pequeña crisis. Tira el martillo contra el suelo y se queda jadeando. Silencio.
HILDA. Yo…
Ernesto se dirige hacia ella y la agarra, parece que fuera a violarla. Al principio ella no se resiste, pero comienza a resistirse según él va aumentando su fuerza. Le desgarra el vestido, sin desnudarla.
ERNESTO. (Se abre el zíper o se baja el pantalón.) ¿Verdad, qué, esto es lo que quieres?… Pues te lo voy a dar para que goces…
HILDA. Ay, no, ay, suéltame, suéltame… ¡Auxilio!
Bruscamente, él la suelta. Ella cae al piso. Él se cierra el zíper o se sube el pantalón; recoge el martillo y vuelve a trabajar en la máquina.
HILDA. ¡Dios mío! Es lo único que me faltaba…
ERNESTO. (Ingenuo.) ¿No quieres hacerlo?
HILDA. Tú crees que yo soy qué… ¿te has vuelto loco?… si los muchachos te vieran así, medio loco… es mucho lo que me ha tocado aguantarte… ¡Virgen Santa!… mira como me has dejado la ropa… (Se mira el cuerpo.) Mira que morado me has hecho… (Se ríe burlona, triste.) Además, ¿para qué?, si lo único que a ti te excita es esa máquina, que no sirve para nada… ¿Sabes?… algunas veces por la noche, yo vengo a mirarla y me quedo mirándola y me hago mil preguntas… y ella no me contesta.
ERNESTO. ¡¿Cómo te va contestar?!
HILDA. ¡Mi rival!, la amante de mi marido… ¡ella!… ¡tú!… No es mi imaginación…
ERNESTO. Tú verás como me va a entrar dinero cuando termine el invento; entonces vas a venir y vas a estar muy orgullosa y no vas a protestar de nada y vas a tener una criada…y una cocinera para que cocine sin que le importe si me como la comida o no y para que me la chupe también sin tanta pejiguera como la tuya.
Silencio. Hilda medio se arregla la ropa que Ernesto le rompió y comienza a recoger la comida que se cayó con la pelea. La recoge, más o menos, lo mira y se dispone a salir.
HILDA. ¿Y tú crees que esto es vida? ¡Nooo!
Hilda sale.
ERNESTO. (Se abraza a la máquina. La besa.) ¿Qué sabe ella lo que tú y yo vamos a lograr juntos? (Le da golpecitos cariñosos con la mano o el martillo.) Pan, pan, pun, pan… (Bailando alrededor de la máquina, o abrazado a ella.) Vamos a conquistar el mundo. ¡Tú y yo vamos a cambiar la historia! ¡Tú eres una belleza!… No quiero que te enojes con ella. Hilda no es mala, pero no te entiende. Su mayor deseo es tener una familia normal, sin inventores, sin máquinas revolucionarias… ¡Ella no tiene planes…porque no los puede hacer! Le falta capacidad…
Ernesto vuelve a besar a la máquina. Pausa. Comienza a martillar nuevamente. En ese momento, desde fuera, se oye un tiro. Ernesto aumenta los martillazos y se hace el oscuro.
*Nota:
Copyright (c), 1996, Pedro R. Monge Rafuls
Jackson Heights, Nueva York
Una cordial discrepancia fue estrenada el 5 de noviembre del 2004 durante el XLII Congreso anual del Círculo de Cultura Panamericano, patrocinado por el William Patterson University en New Jersey. El mismo se llevó a cabo en el Holiday Inn de Totowa, New Jersey, bajo la dirección del autor y los actores: Ximena Mieles y Alex Cedeño.
Posteriormente, la obra fue publicada en la revista literaria CARIBE, formato impreso (Tomo 7, Núm. 2. Invierno de 2004-2005) dirigida por los profesores Jorge Febles (Western Michigan University) y Armando González-Pérez (Marquette University en Wisconsin).
En esta oportunidad, la obra se publica en un medio digital como BAQUIANA, lo cual la hace accesible a todos aquellos interesados en la obra de Pedro R. Monge Rafuls en cualquier parte del mundo.
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PEDRO R. MONGE RAFULS
Nació en Placetas, Cuba (1943). Dramaturgo y director teatral. Después de vivir en Tegucigalpa, Honduras, y en Medellín, Colombia, donde estudió filosofía, se radicó en los Estados Unidos. En Chicago, co-fundó el Círculo Teatral de Chicago, el primer grupo de teatro en español del Medio-Oeste estadounidense. En 1977 fundó OLLANTAY Center for the Art, en Queens, New York, y en 1993 OLLANTAY Theater Magazine, revista bilingüe dedicada al estudio y difusión del teatro latino en los Estados Unidos, como también al teatro latinoamericano. Como dramaturgo, ha incursionado en varios estilos que van desde la comedia, la comedia de humor negro y el drama. No se ha detenido en un solo tema, sino que tiene una preocupación en la situación que genera la inmigración de los latinoamericanos y la situación de los marginales en una urbe fastuosa como Nueva York. La problemática que genera el exilio cubano es otra constante en su teatro. Su teatro busca la relación directa entre las técnicas tradicionales y las nuevas técnicas que incluyen la imagen y los efectos visuales no-teatrales. Su obra Nadie se va del todo (1991) ha sido motivo de diversos estudios críticos. Ha sido publicada, aparte del español, en traducciones en alemán y coreano. En 1994 inauguró el programa “El autor y su obra” en el prestigioso Festival de Cádiz, España. Es texto de estudio en cuatro universidades de los Estados Unidos y de Valencia, España. Varias de sus obras han sido producidas Off-Broadway o en teatros regionales. Varias han sido traducidas al portugués y al alemán. Algunas de sus obras están escritas originalmente en inglés. Ha sido publicado en varias antologías latinoamericanas y españolas, y en la segunda antología de teatro latino de los Estados Unidos, de TCG, la editorial americana más importante del país. En dos antologías alemanas, una de autores latinoamericanos exiliados. Ha ofrecido talleres de dramaturgia en Guanare, Maracaibo, Barcelona y Caracas (Venezuela), así como en Cartagena (Colombia) y en distintas ciudades de los Estados Unidos, en inglés o español. Ha sido contratado varias veces por la ciudad de Nueva York para impartir talleres de dramaturgia en centros comunitarios en diversas partes de dicha ciudad. Ha sido jurado de importantes concursos teatrales (también de artes visuales y literatura) en importantes organizaciones culturales, oficiales y privadas, de los Estados Unidos y América Latina. Ha participado en los más importantes festivales de teatro y ha sido panelista de innumerables conferencias alrededor del mundo y del National Endowment for the Arts, la organización del gobierno de los Estados Unidos que, desde Washington, otorga ayuda a todas las organizaciones culturales de los Estados Unidos. Ha escrito veintiocho obras, con estilos que van desde el realista a la comedia y al surrealismo. En 1990, le otorgaron el Very Special Arts Award, en la categoría “Artist of New York”, concedido por el Kennedy Arts Center, de Washington, D.C. En el 2011 le dedicaron la Feria del libro hispana/latina de New York y, en el 2014, los profesores Elena Martínez y Francisco Soto, del sistema universitario de New York (CUNY) antologaron Identidad y Diáspora: El teatro de Pedro R. Monge Rafuls, un volumen con veinticuatro trabajos sobre su dramaturgia, por igual número de críticos e investigadores. En el 2018 salió publicado su Teatro cubano para los escenarios. Compendio de setenta y una obras de todos los tiempos. Un trabajo de exploración del teatro cubano desde sus comienzos hasta el 2016.
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