BAQUIANA – Año XXVII / Nº 139 – 140 / Julio – Diciembre 2026 (Poesía I)

FOTO SECCIÓN POETICA

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RAFAEL BORDAO 

Nació en La Habana Vieja, Cuba (1951). Es poeta, escritor, editor y profesor retirado. Graduado con un doctorado (ph.D.) por la Universidad de Columbia en Nueva York, donde residió la mayor parte de su vida desde su llegada a los Estados Unidos como exiliado a través del Éxodo del Mariel en 1980. Enseñó español, así como Español Conversacional, y Cultura y Literatura Hispánica en diferentes universidades y en las Escuelas Secundarias de Nueva York. Ha publicado los poemarios: Proyectura; Acrobacia del abandono; El libro de las interferencias; El lenguaje del ausente; Escurriduras de la soledad / Last drops of loneliness; Propinas para la libertad; Los despojos del sueño / The Debris of Dreams; y El polvo del torbellino. Ha merecido numerosos premios literarios, nacionales e internacionales, y en 1998 recibió la distinción “Homme de Lettres” (Medalla de Plata y Diploma) de la Academia de Arts-Sciences-Lettres de Francia. Su obra ha sido parcialmente traducida al inglés, francés, italiano, portugués, chino y hebreo. Su tesis doctoral La sátira, la ironía y el carnaval literario en Leprosorio (Trilogía Poética) de Reinaldo Arenas, fue seleccionada y publicada en el 2002 por la editorial norteamericana, The Edwin Mellen Press. En 1999 se publicó en Colombia su libro de crítica social, La revolución de Castro: Un aborto perfumado y La herida que permanece. Fundó y dirigió en Nueva York las revistas literarias de carácter internacional: La Nuez (1988-93) y Sinalefa (2002-2014). Su poesía ha sido publicada en más de 60 antologías en inglés, español, francés y portugués, así como en numerosas revistas literarias de Estados Unidos, Hispanoamérica, China y Europa. Su obra ha sido parcialmente traducida al inglés, francés, italiano, portugués, hebreo y chino. Actualmente reside en el sur de La Florida.

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LA PAZ TIENE VOZ DE MADRE

 

La guerra no empezó con las bombas

comenzó cuando mamá dejó de cantar

cuando el pan se volvió un gesto taciturno

y los abrazos se escondieron en los cajones

junto a las cartas sin destinatarios.

 

Yo tenía siete años y una pelota sin aire.

Jugaba a esquivar sombras como si fueran balas

nadie me enseñó a diferenciar

la dinámica del miedo del júbilo del juego.

Los adultos hablaban en voz baja,

como si las palabras pudieran traicionar.

Yo escuchaba detrás de las puertas

coleccionando fragmentos a hurtadillas:

“fusilado”, “desaparecido”, “no preguntes”.

 

Mi hermana jugaba con muñecas

que cerraban los ojos y lloraban.

Yo dibujaba árboles sin raíces

que transportaban todo mi espanto.

Nos turnábamos para inventar un país

donde los soldados fueran poetas

y los poetas no tuvieran que esconderse.

Una vez vi a un hombre llorar en la plaza

que tenía la cara de mi padre, pero no era él.

Era todos los padres que ya no sabían

cómo explicarles a sus hijos el silencio.

 

II

Hay un niño que escribe cartas

a un padre que ya no existe,

las guarda en una caja de zapatos

junto a una medalla indefensa que no entiende.

En sus cartas no hay odio, sino preguntas:

¿por qué nos dejaron solos?

¿por qué la paz siempre llega tarde?

 

La infancia bajo el funeral de la guerra

es una estación abandonada y sin trenes

una canción que solo habla de difuntos

un idioma que se desaprende

porque nadie lo pronuncia con ternura.

 

Y, sin embargo, en medio del polvo

también hay una muda resistencia:

una cometa hecha con retazos de ropa,

un cuento inventado para dormir sin miedo

una promesa en voz baja de los hermanos

de que algún día cuando los hombres

se cansen de matar

ellos construirán un país donde la paz

no sea una visita,

sino una madre que los abrace

y no desaparezca.

 

III

Aunque la escuela seguía abierta,

las lecciones eran otras:

cómo callar sin parecer culpable,

cómo mirar sin ver demasiado,

cómo rezar sin saber a quién.

 

No obstante, había tardes en que la paz

se colaba como un gato callejero

por la rendija de la cocina

y nos lamía los tobillos y podíamos dormir

sin sobresaltos en la oscuridad.

 

La paz no era un poema

era el olor del arroz con leche,

el sonido de la risa que escapaba

antes de que alguien la agrediera.

Era la voz de mi abuela contando historias

de cuando el mundo tenía menos fronteras

y más hospitalidad.

 

La paz era un anhelo quebradizo

como los dibujos de mi hermana

como mis árboles sin raíces,

como los juguetes que cuchichean

dentro de los cajones cerrados.

 

IV

La guerra no gritaba era una silente grosería

oíamos su voz insalubre en las paredes

cuando papá no volvía.

Recuerdo que dibujaba soles de saliva

en los papeles mezclados y rotos

como si el cielo pudiera curarse.

 

La paz tenía voz de madre cuando me decía:

“duerme, aquí no pasa nada”.

Pero yo sabía que el silencio temblaba.

Y soñaba con un país donde los soldados

jugaran a las escondidas

y nadie tuviera que ganar.

 

Los adultos hablan de paz

como si fuera una fruta exótica,

algo que se cultiva bien lejos,

en las tierras que no conocen la metralla

ni el polvo de los tanques.

 

Pero los niños

la buscan en las cosas pequeñas

en las piedras que eran planetas

en el regreso de un perro

que se había perdido en el ocaso

de una tarde asustada

por cañonazos y sirenas.

 

V

Hoy, que ya no soy un niño,

la guerra continúa su metamorfosis

en las paredes rotas de casas y edificios

en los discursos agresivos

en los ojos que se ofuscan.

Pero cada vez que escribo,

cada vez que nombro la infancia

sin adornos ni excusas,

la paz vuelve a mí como un recuerdo

que resucita de improviso.

 

Y entonces,

aunque el mundo insista en romperse,

yo insisto en dibujar ventanas abiertas

para que entre la luz del Espíritu Santo

el poder renovador de la energía

y las ansias de resucitar un país

que se deshizo como el pan

mojado en lágrimas.

 

 

METAMORFOSIS INADVERTIDA

 

Todo cambia, aunque juremos que permanece;

la taza que usamos cada mañana

pierde un brillo imperceptible,

el borde se vuelve más frágil,

y a pesar de ello seguimos bebiendo

como si fuera la misma de siempre.

 

La madera del mueble

respira su vejez en secreto,

se curva apenas,

se oscurece un tono,

y nosotros, distraídos,

creemos que conserva la forma

que tenía en nuestra infancia.

 

También nosotros mudamos la piel,

pero no lo notamos.

Un gesto que antes era firme

se vuelve duda,

una palabra que repetíamos sin pensar

se nos hace trizas en la boca,

un deseo antiguo se disuelve

como la sal en agua tibia.

 

La metamorfosis ocurre

en la penumbra de lo cotidiano:

cuando cerramos la puerta,

cuando apagamos la luz,

cuando creemos que nada se mueve.

 

Y un día, sin aviso,

descubrimos que ya no somos

quienes jurábamos ser,

que algo se desplazó por dentro

como una sombra que cambia de propietario,

como una raíz que crece

sin pedirle opinión a la tierra.

 

Las cosas también lo saben:

la flor que se inclina un milímetro,

el libro que amarillea en silencio,

la fotografía que pierde contornos

como si quisiera olvidar

lo que alguna vez sostuvo.

 

Todo se transforma

sin anunciarlo.

Y nosotros, que creemos mirar,

solo vemos el instante final,

cuando la metamorfosis

ya ha hecho su trabajo

y nos entrega una versión nueva

de lo que siempre estuvo ahí.

 

VERDADES QUE SOLO EL LODO REVELA
No las dice el mármol

ni la cumbre altiva,

ni la rosa perfecta

en su pedestal de aire.

Las verdades más hondas,

las que duelen y sanan,

duermen en el lodo…

y esperan su lenguaje.

Allí donde pisan

los que no quieren mirar,

donde se hunde la raíz

buscando consuelo,

el barro murmura

con voz de antigüedad

que todo lo limpio

fue antes impuro.

El lodo no finge,

no huye del peso,

abraza la ruina,

la lluvia, el fracaso.

Sabe de cuerpos caídos

y semillas valientes,

de gloria olvidada

y renacer terroso.

Cuando tiemblan las certezas

en la garganta,

y el alma se astilla

sin nombre ni techo,

el lodo se eleva -sin forma ni juicio-

y ofrece su abrazo

hecho de origen y desvelo.

Porque solo él entiende

que el que cae, aprende.

Que a veces, para alzarse,

hay que hundirse primero.

Y que las verdades

que más redimen

nacen manchadas…

pero brillan por dentro.

 

 

EL ADIESTRAMIENTO DEL SILENCIO

 

Hay dueños que no soportan el ruido

porque el ruido les recuerda

todo lo que nunca pudieron decir.

Entonces toman al perro,

esa criatura hecha de impulso y de alegría,

y lo entrenan para callar.

No para obedecer —

para callar.

 

Le enseñan que un ladrido es una falta,

que la espontaneidad es un peligro,

que su naturaleza debe doblarse

como una rama húmeda

hasta que deje de crujir.

El perro aprende.

 

Aprende rápido, porque ama.

Porque su lealtad es más fuerte

que la violencia suave

de esa pedagogía del miedo.

Y así, día tras día,

se acostumbra a tragarse el impulso,

a morderse el instinto,

a convertirse en sombra.

Un animal que respira,

pero no anuncia.

Un guardián sin voz.

 

Los dueños celebran su triunfo:

la casa está en calma,

el mundo no interrumpe,

la neurosis duerme tranquila

como un niño vigilado.

No entienden que han creado

un espejo de sí mismos:

una criatura que calla

para no molestar,

que se anula para no ser castigada,

que renuncia a su naturaleza

para no despertar la furia

de quien dice quererla.

 

Y cuando llega el peligro

-porque siempre llega-

el perro mira, tiembla, quiere avisar,

quiere salvar, quiere ser lo que nació para ser.

Pero el silencio lo amarra,

el silencio lo traiciona,

el silencio, ese que no pidió,

lo convierte en cómplice involuntario

de la desgracia.

 

Los dueños no entienden

que lo que hicieron con el perro

es lo mismo que el mundo les hizo a ellos:

apagarles la voz,

domesticarles el grito,

convencerlos de que hablar

es un acto peligroso.

 

Y así, en esa cadena de opresiones heredadas,

el perro paga por la neurosis ajena,

y los dueños repiten, sin saberlo,

la misma mutilación que un día

los dejó mudos por dentro.

 

 

LOS QUE INCENDIAN LA IDENTIDAD 

 

Hay quienes necesitan

que su identidad arda.

No les basta con existir:

quieren quemar alrededor

todo lo que no se parezca a ellos.

Son los sacerdotes del espejo,

los fanáticos de la pureza inventada,

los que convierten cada diferencia

en una chispa para su hoguera.

 

Comparan como quien afila un fósforo.

Comparan para encender.

Comparan para dividir.

Comparan para demostrar

que su sombra es más larga

que la del vecino.

 

La identidad, para ellos, es gasolina.

La derraman sobre cualquier conversación,

sobre cualquier foto o gesto,

sobre cualquier historia que no entienden.

Y luego prenden fuego

con la sonrisa satisfecha

de quien cree haber ganado una guerra.

 

No saben que la comparación

es un incendio que no distingue culpables,

que devora también al que lo inicia,

que deja cenizas donde antes había

rostros, matices, humanidad.

Pero ellos siguen como pirómanos

de la pertenencia,

como profetas del “yo soy más que tú”,

como guardianes de fronteras

que solo existen en su miedo.

 

Algún día, quizás,

descubran que la identidad

no necesita llamas para ser real,

que la comparación es un veneno lento,

y que la grandeza no se mide

con cenizas ajenas.

 

Mientras tanto,

siguen ardiendo,

siguen quemando,

siguen creyendo que el fuego los salva,

sin darse cuenta de que ya

se transformaron en humo.