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RAFAEL BORDAO
Nació en La Habana Vieja, Cuba (1951). Es poeta, escritor, editor y profesor retirado. Graduado con un doctorado (ph.D.) por la Universidad de Columbia en Nueva York, donde residió la mayor parte de su vida desde su llegada a los Estados Unidos como exiliado a través del Éxodo del Mariel en 1980. Enseñó español, así como Español Conversacional, y Cultura y Literatura Hispánica en diferentes universidades y en las Escuelas Secundarias de Nueva York. Ha publicado los poemarios: Proyectura; Acrobacia del abandono; El libro de las interferencias; El lenguaje del ausente; Escurriduras de la soledad / Last drops of loneliness; Propinas para la libertad; Los despojos del sueño / The Debris of Dreams; y El polvo del torbellino. Ha merecido numerosos premios literarios, nacionales e internacionales, y en 1998 recibió la distinción “Homme de Lettres” (Medalla de Plata y Diploma) de la Academia de Arts-Sciences-Lettres de Francia. Su obra ha sido parcialmente traducida al inglés, francés, italiano, portugués, chino y hebreo. Su tesis doctoral La sátira, la ironía y el carnaval literario en Leprosorio (Trilogía Poética) de Reinaldo Arenas, fue seleccionada y publicada en el 2002 por la editorial norteamericana, The Edwin Mellen Press. En 1999 se publicó en Colombia su libro de crítica social, La revolución de Castro: Un aborto perfumado y La herida que permanece. Fundó y dirigió en Nueva York las revistas literarias de carácter internacional: La Nuez (1988-93) y Sinalefa (2002-2014). Su poesía ha sido publicada en más de 60 antologías en inglés, español, francés y portugués, así como en numerosas revistas literarias de Estados Unidos, Hispanoamérica, China y Europa. Su obra ha sido parcialmente traducida al inglés, francés, italiano, portugués, hebreo y chino. Actualmente reside en el sur de La Florida.
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LA PAZ TIENE VOZ DE MADRE
La guerra no empezó con las bombas
comenzó cuando mamá dejó de cantar
cuando el pan se volvió un gesto taciturno
y los abrazos se escondieron en los cajones
junto a las cartas sin destinatarios.
Yo tenía siete años y una pelota sin aire.
Jugaba a esquivar sombras como si fueran balas
nadie me enseñó a diferenciar
la dinámica del miedo del júbilo del juego.
Los adultos hablaban en voz baja,
como si las palabras pudieran traicionar.
Yo escuchaba detrás de las puertas
coleccionando fragmentos a hurtadillas:
“fusilado”, “desaparecido”, “no preguntes”.
Mi hermana jugaba con muñecas
que cerraban los ojos y lloraban.
Yo dibujaba árboles sin raíces
que transportaban todo mi espanto.
Nos turnábamos para inventar un país
donde los soldados fueran poetas
y los poetas no tuvieran que esconderse.
Una vez vi a un hombre llorar en la plaza
que tenía la cara de mi padre, pero no era él.
Era todos los padres que ya no sabían
cómo explicarles a sus hijos el silencio.
II
Hay un niño que escribe cartas
a un padre que ya no existe,
las guarda en una caja de zapatos
junto a una medalla indefensa que no entiende.
En sus cartas no hay odio, sino preguntas:
¿por qué nos dejaron solos?
¿por qué la paz siempre llega tarde?
La infancia bajo el funeral de la guerra
es una estación abandonada y sin trenes
una canción que solo habla de difuntos
un idioma que se desaprende
porque nadie lo pronuncia con ternura.
Y, sin embargo, en medio del polvo
también hay una muda resistencia:
una cometa hecha con retazos de ropa,
un cuento inventado para dormir sin miedo
una promesa en voz baja de los hermanos
de que algún día cuando los hombres
se cansen de matar
ellos construirán un país donde la paz
no sea una visita,
sino una madre que los abrace
y no desaparezca.
III
Aunque la escuela seguía abierta,
las lecciones eran otras:
cómo callar sin parecer culpable,
cómo mirar sin ver demasiado,
cómo rezar sin saber a quién.
No obstante, había tardes en que la paz
se colaba como un gato callejero
por la rendija de la cocina
y nos lamía los tobillos y podíamos dormir
sin sobresaltos en la oscuridad.
La paz no era un poema
era el olor del arroz con leche,
el sonido de la risa que escapaba
antes de que alguien la agrediera.
Era la voz de mi abuela contando historias
de cuando el mundo tenía menos fronteras
y más hospitalidad.
La paz era un anhelo quebradizo
como los dibujos de mi hermana
como mis árboles sin raíces,
como los juguetes que cuchichean
dentro de los cajones cerrados.
IV
La guerra no gritaba era una silente grosería
oíamos su voz insalubre en las paredes
cuando papá no volvía.
Recuerdo que dibujaba soles de saliva
en los papeles mezclados y rotos
como si el cielo pudiera curarse.
La paz tenía voz de madre cuando me decía:
“duerme, aquí no pasa nada”.
Pero yo sabía que el silencio temblaba.
Y soñaba con un país donde los soldados
jugaran a las escondidas
y nadie tuviera que ganar.
Los adultos hablan de paz
como si fuera una fruta exótica,
algo que se cultiva bien lejos,
en las tierras que no conocen la metralla
ni el polvo de los tanques.
Pero los niños
la buscan en las cosas pequeñas
en las piedras que eran planetas
en el regreso de un perro
que se había perdido en el ocaso
de una tarde asustada
por cañonazos y sirenas.
V
Hoy, que ya no soy un niño,
la guerra continúa su metamorfosis
en las paredes rotas de casas y edificios
en los discursos agresivos
en los ojos que se ofuscan.
Pero cada vez que escribo,
cada vez que nombro la infancia
sin adornos ni excusas,
la paz vuelve a mí como un recuerdo
que resucita de improviso.
Y entonces,
aunque el mundo insista en romperse,
yo insisto en dibujar ventanas abiertas
para que entre la luz del Espíritu Santo
el poder renovador de la energía
y las ansias de resucitar un país
que se deshizo como el pan
mojado en lágrimas.
METAMORFOSIS INADVERTIDA
Todo cambia, aunque juremos que permanece;
la taza que usamos cada mañana
pierde un brillo imperceptible,
el borde se vuelve más frágil,
y a pesar de ello seguimos bebiendo
como si fuera la misma de siempre.
La madera del mueble
respira su vejez en secreto,
se curva apenas,
se oscurece un tono,
y nosotros, distraídos,
creemos que conserva la forma
que tenía en nuestra infancia.
También nosotros mudamos la piel,
pero no lo notamos.
Un gesto que antes era firme
se vuelve duda,
una palabra que repetíamos sin pensar
se nos hace trizas en la boca,
un deseo antiguo se disuelve
como la sal en agua tibia.
La metamorfosis ocurre
en la penumbra de lo cotidiano:
cuando cerramos la puerta,
cuando apagamos la luz,
cuando creemos que nada se mueve.
Y un día, sin aviso,
descubrimos que ya no somos
quienes jurábamos ser,
que algo se desplazó por dentro
como una sombra que cambia de propietario,
como una raíz que crece
sin pedirle opinión a la tierra.
Las cosas también lo saben:
la flor que se inclina un milímetro,
el libro que amarillea en silencio,
la fotografía que pierde contornos
como si quisiera olvidar
lo que alguna vez sostuvo.
Todo se transforma
sin anunciarlo.
Y nosotros, que creemos mirar,
solo vemos el instante final,
cuando la metamorfosis
ya ha hecho su trabajo
y nos entrega una versión nueva
de lo que siempre estuvo ahí.
VERDADES QUE SOLO EL LODO REVELA
No las dice el mármol
ni la cumbre altiva,
ni la rosa perfecta
en su pedestal de aire.
Las verdades más hondas,
las que duelen y sanan,
duermen en el lodo…
y esperan su lenguaje.
Allí donde pisan
los que no quieren mirar,
donde se hunde la raíz
buscando consuelo,
el barro murmura
con voz de antigüedad
que todo lo limpio
fue antes impuro.
El lodo no finge,
no huye del peso,
abraza la ruina,
la lluvia, el fracaso.
Sabe de cuerpos caídos
y semillas valientes,
de gloria olvidada
y renacer terroso.
Cuando tiemblan las certezas
en la garganta,
y el alma se astilla
sin nombre ni techo,
el lodo se eleva -sin forma ni juicio-
y ofrece su abrazo
hecho de origen y desvelo.
Porque solo él entiende
que el que cae, aprende.
Que a veces, para alzarse,
hay que hundirse primero.
Y que las verdades
que más redimen
nacen manchadas…
pero brillan por dentro.
EL ADIESTRAMIENTO DEL SILENCIO
Hay dueños que no soportan el ruido
porque el ruido les recuerda
todo lo que nunca pudieron decir.
Entonces toman al perro,
esa criatura hecha de impulso y de alegría,
y lo entrenan para callar.
No para obedecer —
para callar.
Le enseñan que un ladrido es una falta,
que la espontaneidad es un peligro,
que su naturaleza debe doblarse
como una rama húmeda
hasta que deje de crujir.
El perro aprende.
Aprende rápido, porque ama.
Porque su lealtad es más fuerte
que la violencia suave
de esa pedagogía del miedo.
Y así, día tras día,
se acostumbra a tragarse el impulso,
a morderse el instinto,
a convertirse en sombra.
Un animal que respira,
pero no anuncia.
Un guardián sin voz.
Los dueños celebran su triunfo:
la casa está en calma,
el mundo no interrumpe,
la neurosis duerme tranquila
como un niño vigilado.
No entienden que han creado
un espejo de sí mismos:
una criatura que calla
para no molestar,
que se anula para no ser castigada,
que renuncia a su naturaleza
para no despertar la furia
de quien dice quererla.
Y cuando llega el peligro
-porque siempre llega-
el perro mira, tiembla, quiere avisar,
quiere salvar, quiere ser lo que nació para ser.
Pero el silencio lo amarra,
el silencio lo traiciona,
el silencio, ese que no pidió,
lo convierte en cómplice involuntario
de la desgracia.
Los dueños no entienden
que lo que hicieron con el perro
es lo mismo que el mundo les hizo a ellos:
apagarles la voz,
domesticarles el grito,
convencerlos de que hablar
es un acto peligroso.
Y así, en esa cadena de opresiones heredadas,
el perro paga por la neurosis ajena,
y los dueños repiten, sin saberlo,
la misma mutilación que un día
los dejó mudos por dentro.
LOS QUE INCENDIAN LA IDENTIDAD
Hay quienes necesitan
que su identidad arda.
No les basta con existir:
quieren quemar alrededor
todo lo que no se parezca a ellos.
Son los sacerdotes del espejo,
los fanáticos de la pureza inventada,
los que convierten cada diferencia
en una chispa para su hoguera.
Comparan como quien afila un fósforo.
Comparan para encender.
Comparan para dividir.
Comparan para demostrar
que su sombra es más larga
que la del vecino.
La identidad, para ellos, es gasolina.
La derraman sobre cualquier conversación,
sobre cualquier foto o gesto,
sobre cualquier historia que no entienden.
Y luego prenden fuego
con la sonrisa satisfecha
de quien cree haber ganado una guerra.
No saben que la comparación
es un incendio que no distingue culpables,
que devora también al que lo inicia,
que deja cenizas donde antes había
rostros, matices, humanidad.
Pero ellos siguen como pirómanos
de la pertenencia,
como profetas del “yo soy más que tú”,
como guardianes de fronteras
que solo existen en su miedo.
Algún día, quizás,
descubran que la identidad
no necesita llamas para ser real,
que la comparación es un veneno lento,
y que la grandeza no se mide
con cenizas ajenas.
Mientras tanto,
siguen ardiendo,
siguen quemando,
siguen creyendo que el fuego los salva,
sin darse cuenta de que ya
se transformaron en humo.
