LA PRUEBA
Todo fue fugaz. Inició en un segundo. Un grupo de amigas y amigos lo invitaron a tomar café. Ella apareció allí, seguramente invitada por alguno de los presentes. Pronto trabaron conversación, intercambiaron comentarios, hablaron de cine, de novelas, de libros, de poetas. Todas las piezas encajaban, como si fueran puestas por la mano del que las había construido. Se entendieron de todas las maneras posibles. En un momento dado, notaron que hablaban sin tener en cuenta al resto del grupo. Una vez terminó la reunión, al momento de despedirse, le propuso que se vieran al día siguiente en la cafetería de la universidad. A los dos los guiaba esa poderosa atracción tan difícil de definir, que algunos llaman amor, otros pasión, pero que al final parece ser una cuestión orgánica, una corriente de fluidos químicos que se mueven en tu interior y te impulsan a hacer cosas que antes no tenías en mente.
Una sensación hermosa, agradable, que puede llegar a ser igualmente violenta, que puede llevar a cometer crímenes o conducir al suicidio. Un sentimiento que alegra, emociona hasta las lágrimas, hace llorar de rabia, que produce un dolor que es imposible de decir donde se siente, que hace gozar y sufrir al mismo tiempo, que ha producido las mejores letras en todos los idiomas, que destruye, que hace correr como locos, o llorar desconsolados, que obliga a embriagarse, a drogarse. Un sentimiento que produce los mayores arrebatos, y que un día desaparece igual a como llegó, sin anunciarse, sin dejar rastro, como si nunca hubiera existido. Un sentimiento que invade por igual a hombres y mujeres. Esa fue la fuerza que los envolvió.
Todo fue encontrarse para empezar a verse todos los días, a todas horas. Un sentimiento que siempre viene acompañado del deseo sexual, por más que se quiera negar o evadir, donde él y ella anhelan entregarse uno en brazos del otro, abandonarse, penetrar, dejarse penetrar, algo que puede verse como enfermizo, perturbador, alienante, pero que sucede, quiérase o no. Un ardor que solo se calma y se apacigua con la entrega, que se renueva a cada momento, que a veces parece imposible de detener.
Fueron muchos los momentos que disfrutaron juntos, los ratos que compartieron charlando de los pensamientos que acudían a su mente. Hablaron de los seres humanos, de las pasiones, de lo que harían y no harían, del ambiente, de la política, de los pintores, de los poetas. De todo. Desde el primer momento consideraron que no querían ligarse por lazos como la familia o el matrimonio, algo que podía sonar discordante con el deseo de permanecer juntos todo el tiempo. Cosas que los jóvenes no logran resolver. Por eso, cuando un día ella dio a entender que podía estar en embarazo, él de inmediato le dijo que miraran qué debían hacer, que lo resolverían juntos, como correspondía, que harían lo que fuera más conveniente.
Las charlas cambiaron. Ahora se ocupaban de pensar qué debían hacer, cuál era el camino a seguir, pensaron que se trataba de un momento en el que estaban particularmente solos, con la responsabilidad de tomar las decisiones. Las opciones no eran muchas. Que ella tuviera la criatura, lo que podía significar que los dos asumían la responsabilidad, o que solo ella quería afrontar la situación, sin contar con él. También existía la posibilidad de no tenerla, cuestión que también lo involucraba. De tenerla, debían considerar la posibilidad de vivir juntos o cada uno por su lado. También estaba el hecho de casarse, no casarse, de vivir juntos.
El primer punto a resolver era si tenían o no a la criatura. Una decisión crucial. Para sí, pensaba que nada de eso había estado en sus planes. Se lamentaba no haber tomado todas las precauciones posibles. Se echaba culpas por haber sido descuidado, por tener sexo en alguna ocasión sin la debida protección. No podía saber que pensaba ella. Podía ser algo diferente de lo que le decía o de lo que hacía. Vaya uno a saber.
Particularmente, no se veía en este momento viviendo la vida entera junto a ella. Su mente se ocupaba de otras cosas. Terminar su carrera universitaria, hacerse profesional, trabajar, tener algunas experiencias en su vida, viajar, conocer otros países, explorar distintas posibilidades profesionales. Tampoco estaba muy seguro de lo que iba o podía hacer. No hay manera de saber cómo será el futuro, ni de moldearlo a nuestro gusto. Muchos factores, incluido el azar, entran en juego a cada momento. Un hijo en este momento, cambiaba toda su perspectiva.
Se lo planteó de la manera más elaborada posible, y le hizo ver que muchas de esas cosas también incidirían en la vida de ella. Estuvieron de acuerdo. No era el momento para tener un hijo. Eso les impediría terminar sus estudios, graduarse, hacerse profesionales, como era su deseo, lo que los llevó a concordar en que lo mejor era no tenerlo. El paso siguiente era qué y cómo debían hacerlo. El aborto estaba catalogado como un delito y no se podía practicar libremente en una clínica, con las condiciones de higiene y de seguridad necesarias para preservar la vida de la madre. Hacerlo en las mejores condiciones, significaba un costo que estaba por encima de sus posibilidades. Dijo que se proponía buscar el dinero, prestado, vendiendo cosas o de la manera que fuera posible.
En esas estaban, cuando una tarde, de las pocas en las que se veían últimamente, la vio venir, notando en su cara menos tensión de la usual. Fueron a tomar café y le dijo de manera sorpresiva, sin ninguna clase de preámbulo, que se había hecho nuevos exámenes y no estaba embarazada, – ¡gracias a Dios! –. Él no lograba entender el punto. Se extendieron en detalles. Ella le explicó, con detenimiento, que las pruebas eran concluyentes y no estaba embarazada. Vino un cierto aire fresco. Se alegraron juntamente, pidieron cerveza para celebrar, se abrazaron. Cuando llegó la hora de irse, él anotó que debía resolver un problema de un curso que tenía al día siguiente. Que después se ponían de acuerdo para verse.
Se abrazaron, se despidieron con cantidad de besos y carantoñas, pero él sabía que era una despedida definitiva. Si alguien le preguntara el porqué de esa reacción, seguramente le contestaría que no estaba seguro. Podía ser porque en el fondo se sentía engañado. Suponía que ella había armado todo ese tinglado para probarlo, para comprobar su honorabilidad y su gallardía. O porque la situación lo había puesto al borde de una realidad que jamás se había planteado. O porque la prueba le había quitado todo el ánimo, el enamoramiento, la ilusión, y lo había llevado a un plano terrenal que no tenía cabida en su mente. Como fuera, todo había terminado. De esa pulsión enfervorecida no quedaba el menor rastro, el más leve rescoldo.
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FERNANDO BRITO RUIZ
Nació en Alcalá, Valle del Cauca, Colombia (1954). Abogado de profesión y docente universitario. Ha publicado varias obras de Carácter jurídico en las Editoriales Legis y Editorial Jurídica Ibañez, ambas de Colombia. Como narrador de ficción, cultiva el cuento corto. En fecha reciente publicó su cuento Adiós, mamita, en la revista Literalia – Tierra de Letras (Venezuela). Es colaborador del periódico El Espectador (Colombia).
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