BAQUIANA – Año XXVII / Nº 137 – 138 / Enero – Junio 2026 (NOTICIA 1)

EL LIBRO EL ESPÍA DE FRANCO EN LA HABANA, DEL PERIODISTA PABLO ALFONSO, SE PRESENTA COMO UN ENSAYO HISTÓRICO

 

El planteamiento inicial establece la procedencia y la naturaleza del documento. El manuscrito, obra de Jaime Caldevilla, quien sirvió en Cuba como Consejero de Información de la Embajada de España entre 1957 y 1966, fue concebido originalmente como una refutación al libro Trece Días de Robert F. Kennedy. Caldevilla, gracias a su posición y a las deudas de gratitud de muchos revolucionarios a los que ayudó a escapar durante la dictadura de Batista, tuvo un acceso privilegiado a información de alto nivel dentro del círculo de Fidel Castro. Alfonso subraya que los informes de Caldevilla, enviados a la Cancillería española, llegaban directamente a manos de Franco, delineando la política exterior del franquismo hacia Cuba. Esta política consistía en mantener las relaciones diplomáticas y comerciales a toda costa, una postura que algunos analistas interpretan como una revancha de Franco por el aislamiento internacional de su propio régimen y una muestra de independencia frente a Estados Unidos.

El desarrollo del argumento se adentra en las revelaciones específicas del manuscrito. Un punto de inflexión temprano fue el incidente del embajador español Juan Pablo de Lojendio, quien en enero de 1960 interrumpió una transmisión en vivo para acusar a Fidel Castro de mentiroso. Caldevilla, testigo presencial, interpreta este acto como «el grito de la Madre Patria, que presentía la muerte como nación de su hija más querida». Según Caldevilla, apenas 23 días después de este suceso, se firmó un acuerdo secreto entre la URSS y Cuba, marcando el fin de la independencia cubana.

El libro detalla cómo Caldevilla documentó la deriva de la revolución hacia la órbita soviética, impulsada por dos factores: un plan geopolítico del Kremlin y la «megalomanía patológica» de Fidel Castro, cuyo perfil psicológico había sido estudiado por la KGB. La primera gran revelación es la existencia de un Protocolo Secreto firmado por Anastas Mikoyán y Fidel Castro en febrero de 1960. Este pacto, desconocido por historiadores y documentos desclasificados hasta la fecha según Alfonso, comprometía a la URSS a suministrar armas, equipos y técnicos militares a Cuba. Caldevilla informa que, para julio de 1960, ya habían llegado a Cuba 4.800 «técnicos» comunistas de diversas nacionalidades, en su mayoría expertos militares y de inteligencia de la KGB y el GRU, bajo la apariencia de asesores en agricultura o pesca. Entre ellos destacaba Enrique Líster, general soviético de origen español, quien actuó como enlace clave entre los militares rusos y los cubanos.

El texto también aborda la explosión del barco francés La Coubre en el puerto de La Habana en marzo de 1960, que transportaba armamento belga. Castro acusó a Estados Unidos de sabotaje sin pruebas, utilizando el incidente para acuñar el lema «Patria o Muerte» y justificar la compra masiva de armamento al bloque soviético. Caldevilla, y por extensión Alfonso, sugieren que la explosión benefició estratégicamente a la URSS, fomentando la ruptura entre Cuba y EE.UU., uno de los objetivos principales de Moscú.

El segundo objetivo del Kremlin era reducir la influencia de la Iglesia Católica. El manuscrito de Caldevilla describe cómo se aplicaron métodos de persecución «modernos», evitando el martirio público, pero desarticulando la estructura eclesiástica. Se prohibió la enseñanza privada, se expulsó a 59 órdenes religiosas y se calificó al clero extranjero de «esbirros con sotana». Caldevilla cita al excomunista español Enrique Castro Delgado, quien le explicó que el comunismo moderno había aprendido a evitar la creación de mártires, optando por una asfixia lenta de la institución.

La narrativa avanza hacia el punto más crítico: la instalación de los misiles. La revelación más impactante de Caldevilla es que él tuvo conocimiento del primer desembarco de armas nucleares de corto y mediano alcance en el puerto de El Mariel en mayo de 1961, un año y siete meses antes de que los aviones espía U-2 de Estados Unidos lo descubrieran en octubre de 1962. Caldevilla expresa su asombro ante el fallo de la inteligencia estadounidense: «¿cómo es que este desembarco nuclear en Cuba no fue conocido por Estados Unidos hasta 1962 cuando las primeras noticias ya trascendieron a partir del mes de julio de 1961?». A lo largo de 1961 y 1962, Caldevilla y su red de informantes identificaron la ubicación de al menos catorce bases de misiles en construcción en toda la isla, incluyendo San Cristóbal, Banes, Sagua y Managua, información que asegura haber transmitido a Madrid.

El libro también explora las dinámicas de poder internas. Castro, a pesar de su alianza con Moscú, se mostraba receloso y vacilante. Fue Nikita Khrushchev quien, con una mezcla de amenazas públicas —prometiendo bombardear EE.UU. con cohetes si invadía Cuba— y un calculado gesto de camaradería —abrazando a Castro en la Asamblea General de la ONU en septiembre de 1960—terminó de ganarse la lealtad del líder cubano. Sin embargo, esta sumisión no fue total. En febrero de 1962, Castro planeaba dar un discurso incendiario revelando la presencia de los misiles como respuesta a la expulsión de Cuba de la OEA. El embajador soviético, Kudryavtsev, lo confrontó en una reunión tormentosa la noche anterior, prohibiéndole revelar el secreto. Castro, en un ataque de «verdadero paroxismo», cedió, y su discurso fue anodino y decepcionante. Este evento llevó a la creación de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI), un organismo controlado por los viejos comunistas leales a Moscú para frenar los impulsos de Castro. No obstante, Castro se rebeló en un discurso el 26 de marzo, atacando a los viejos comunistas y purgando a su líder, Aníbal Escalante, demostrando al Kremlin que era indispensable y que debían negociar con él.

Otro evento detallado es la fallida sublevación militar interna del Frente Anticomunista de Liberación (FAL) en agosto de 1962. Compuesto por miembros del ejército y las milicias, el grupo planeaba asaltar las bases soviéticas, pero su organización fue «pésimamente organizada». Cometieron el error de anunciar sus planes a embajadas occidentales, lo que provocó una filtración. El régimen arrestó a casi 300 oficiales, ejecutando a varios y desarticulando el último intento significativo de resistencia militar interna.

El clímax del libro y la revelación más detallada de Caldevilla es la transcripción de la tensa discusión de cuatro horas entre Fidel Castro y Anastas Mikoyán el 22 de noviembre de 1962, después de que Khrushchev acordara retirar los misiles sin consultar a Castro. Caldevilla obtuvo los detalles de esta reunión a través de una de las cuatro personas presentes. En la reunión, un Castro furioso se opone a la retirada de los misiles y a cualquier inspección internacional, acusando a Khrushchev de traición. Mikoyán, con una frialdad absoluta, le responde que las tropas soviéticas retirarán los misiles por la fuerza si es necesario, y le recuerda que en Cuba hay comunistas más disciplinados que él, insinuando que podría ser reemplazado. Ante la amenaza, Castro se desmorona, cambia su actitud a la de una «víctima» y pide perdón, sometiéndose a las órdenes de Moscú. Durante esta conversación, se confirma por primera vez la presencia de armas nucleares tácticas en la isla, de las cuales EE.UU. no tuvo conocimiento hasta una conferencia en La Habana en 1992, treinta años después. Caldevilla lo sabía y lo documentó en 1969.

 

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En la parte final, Alfonso reflexiona sobre las grandes interrogantes que deja el manuscrito. La principal es el silencio de Franco: ¿por qué un acérrimo anticomunista no compartió información tan vital con su aliado estadounidense? Alfonso plantea dos posibilidades: o Franco ocultó la información deliberadamente, o Estados Unidos no le dio crédito. También se pregunta por qué España nunca ha desclasificado los informes de Caldevilla. El autor descarta la acusación del general cubano Fabián Escalante de que Caldevilla era un agente de la CIA, argumentando que si así fuera, la información habría llegado a Washington mucho antes. La conclusión de Alfonso es que Caldevilla fue un «franquista fiel» que engavetó su libro para no exponer a su Caudillo a preguntas incómodas. El libro termina con la historia del propio manuscrito: Caldevilla se lo confió a su esposa, quien, tras la muerte del diplomático en 1976, lo entregó a un preso político cubano. Décadas después, el manuscrito llegó a manos de Pablo Alfonso, quien lo preparó para una edición completa, revelando la verdad oculta durante más de medio siglo.

 

 

 

 

 

NOTA DE PRENSA

José María Jiménez
(Editor)
UNIVERSO DE LETRAS

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(2025)