TIEMPO DE DILUVIO, TIEMPO DE DEMONIOS, DE HORACIO BIORD CASTILLO
por
Edgar Vidaurre

Editorial Diosa Blanca
Círculo de Escritores de Venezuela
Caracas, Venezuela
96 páginas
(2021)
Como fue en los días de Noé,
así también será en los días del Hijo del Hombre.
Ellos comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento,
hasta el día en que vino el diluvio y los destruyó a todos
Lucas 17:26-27
Este libro Tiempo de diluvio, tiempo de demonios de Horacio Biord Castillo, es una puerta cuya inscripción o sello —a modo del hexagrama de Salomón— debemos romper para entrar en la dimensión que marca el inicio del despliegue incesante de la creación. Este título es al mismo tiempo una especie de conjuro que debiera ser pronunciado por el lector en voz alta antes de acceder con los ojos del cuerpo a estos manuscritos sin tiempo… o más bien pertenecientes a lo que acontece, acaece, o se cumple entre lo que llamamos Kronos y la eternidad. A manera de ritual, como aquellos sacerdotes del templo frente al lago, rompo entonces el sello en el centro del alma para entrar así en su dimensión sagrada, cuya advocación temporal es la de aquel llamado Evo o El tiempo de los ángeles. Evo o Aevum: proveniente del latín, significa «fuerza vital», y es lo que Santo Tomás llamaba «término medio entre la eternidad y el tiempo», la duración de las cosas que no se mudan en su ser, pero sí en sus manifestaciones. Ya antes, bajo el asombro y de una manera más poética y exacta en su belleza, San Agustín nos revelaba que el Evo es «la sucesión de actos de entendimiento y voluntad en un ser espiritual».
Desde el primer gesto creador, la dinámica de relaciones entre el cielo- infierno, supramundo-inframundo y la tierra como punto medio de manifestación y transformación del espíritu en materia y viceversa, y el ser humano como centro que encarna y replica los descensos, los ascensos, las caídas, los exilios, las purificaciones y las pulsiones desde y hacia su inframundo anímico y cósmico, ha estado regida siempre por el entendimiento y la voluntad de un ser espiritual, llámese Dios Creador o esos seres esenciales: los ángeles y los demonios como manifestación del principio dual entre creador y criatura, cielo y tierra, luz y oscuridad, bien y mal, materia y espíritu, cuerpo y alma.
En el Antiguo diccionario Mito-Hermético de Dom Antoine-Joseph Pernety, se habla del Diluvio en términos alquímicos y simbólicos, como aquella destilación de la materia caída, que después de haber ascendido en forma de vapor hacia lo alto del vaso alquímico, recae sobre la tierra como una lluvia inundándola por entero. Ya como metáfora cósmica de esta dinámica, de este Evo, el primer gran descenso ocurre al tercer día de la creación con la caída de Lucifer, el llamado «El hijo de la Aurora» (Helel ben Shahar) o el Ángel Caído. Robert Graves en su libro Los mitos hebreos, nos narra que: En el tercer día de la Creación el principal arcángel de Dios, un querubín llamado Lucifer, se paseaba por Edén entre joyas centelleantes, su cuerpo resplandeciente con cornalinas, esmeraldas, diamantes, berilos, ónice, jaspe, zafiro y carbunclo, todo engarzado en el oro más puro. Pues durante un tiempo Lucifer, a quien Dios había designado Guardián de todas las Naciones, se comportó discretamente, pero pronto el orgullo le hizo perder la cabeza. Subiré a los cielos —dijo—, en lo alto, sobre las estrellas de Dios, elevaré mi trono, me instalaré en el monte santo, en las profundidades del aquilón. Subiré sobre la cumbre de las nubes y seré igual al Altísimo. Dios, observando las ambiciones de Lucifer, lo arrojó de Edén a la Tierra, y de la Tierra al Seol. Lucifer brilló como el relámpago al caer, pero quedó reducido a cenizas; y ahora su espíritu revolotea a ciegas sin cesar por la oscuridad profunda del Abismo sin Fondo.
Como preludio a la primera dualidad, a la primera transgresión en el costado del árbol del bien y del mal, la voluntad y el entendimiento del más elevado ser espiritual —el Creador—, este asimila el descenso o la caída diluvial del cielo a la tierra (y aún más allá hasta las profundidades del Seol o infierno), al Ángel Caído, a Lucifer como reverso del bien llamado mal, y lo que más adelante se denominará demonio o en su pluralidad: demonios. Diluvio y Demonio serán entonces la manifestación de un evento unívoco, de un Evo que determinará desde su infinitud a toda la humanidad.
Demonio (del griego δαίμων daimôn) es un ser sobrenatural o un «ser espiritual», reverso, como dijimos, de esos otros seres espirituales que constituye la jerarquía angélica, integrando así una realidad más abarcante y unívoca de estas dinámicas. En los primeros libros sagrados mesopotámicos, sumerios y babilónicos, en las tradiciones ocultistas de las antiguos magos y, ya de una manera más desarrollada, en las tradiciones abrahámicas hasta llegar a la demonología medieval cristiana, un demonio es un «espíritu impuro» que puede emerger de las profundidades de la psique humana y así tomar posesión total de su voluntad. En el ocultismo y la magia greco-judeo-cristiana, un demonio (o ángel caído) es una entidad espiritual que puede ser conjurada, controlada y que por su dimensión meta-humana en términos de lo que se llama conciencia, está más allá del bien y del mal o pertenece, más bien por homologación, a los elementos inconscientes, ocultos y profundos del alma.
Más adelante, en esta dimensión de duración entre la eternidad y el tiempo, advendrá el Diluvio Universal o el descenso de las aguas sagradas como manifestación de voluntad de la divinidad creante, como la necesidad de purificar, de re-crear, de eliminar las impurezas que habitan las profundidades espirituales en términos humanos de la creación y las formas de materia degradante y degradada, para lo cual en lugar de provocar su ascenso hacia lo alto, convoca la bajada o el descenso del espíritu de Dios sobre la tierra y sobre los hombres… algo así como un naufragio del cielo, que deja al ser humano despojado de toda realidad material para sumergirlo en las aguas desbordadas de la creación.
Este libro contiene la voz de un mago, sacerdote o profeta (esa voz: su voz, tu voz, nuestra voz) que se desdobla y se lanza calladamente en forma de monólogo abierto sobre el desierto impersonal, pero que a través del recogimiento invoca y convoca la intimidad del secreto, del conjuro susurrado en el uso de los pronombres personales en primera, segunda o tercera persona, tratando así de revelar (nos) justamente esta travesía del alma: los ascensos y los descensos, aquello que baja del cielo a purificar los detritus a través de los ríos y drenajes del alma humana, para desembocar en el origen unívoco, en el vértice justo entre el bien el mal, la luz y la sombra, el cuerpo y el espíritu. Es esa (o esta) katábasis impostergable o el necesario descenso a los infiernos para entender el cielo. La correspondencia entre el descenso como vivencia sagrada y el grafismo, se manifiesta en la manera escalonada (de abajo hacia arriba) en que aparecen los títulos de cada poema, así como el gesto contrastante entre la pureza o perfección y lo impuro, que se grafica a través de las tachaduras en alguno de los textos.
En este Evo o abertura en el tiempo, el poeta (¿profeta?) asume nuevamente la saga de ser centro de diluvios para descender luego a los infiernos. Evocamos así el manuscrito de Atrahasis, o el primer poema acadio que el poeta Kasap-aya transcribiera en tiempos del Rey sacerdote Ammi-Saduqa entre1646 a. C. hasta 1626 a. C. abarcando la elipsis desde el origen del mundo a la creación del hombre hasta la narración del primer Diluvio:
Los dioses tuvieron que drenar los ríos y limpiar los canales y las fronteras de la vida de la tierra
los dioses drenaron el lecho del Tigris y luego ellos drenaron el Éufrates.
Este primer diluvio, esta primera saga, será replicada en el Poema de Gilgamesh, en las Escrituras védicas de la tradición hindú, en las tradiciones sumerias, en el Tanaj hebrero, en la Biblia y en la mitología griega (en el mito de Deucalión y Pirra). Ocurrió también en las mitologías de los chibchas o muiscas, de los mapuches, mayas, aztecas, incas, guaraníes y sobre todo en aquella mirífica revelación de la Isla de Pascua, donde la cosmogonía Rapa Nui de la tradición Maorí, narra cómo «sus ancestros llegaron al lugar escapando de la inundación de un mítico continente o isla llamada Hiva».
Según Jorge Luis Borges, el diluvio mesopotámico o Poema de Gilgamesh es el texto literario más antiguo que se conoce: «Ahí comenzó todo». En el epílogo de la narración, Gilgamesh, al cabo de muchas aventuras y desventuras, conoce a Utnapishstim, el único hombre que había sobrevivido al diluvio, y de su boca escucha el relato del espantoso acontecimiento y las causas que le dieron origen. Sin pretender otra cosa que la de manifestar mi asombro así como la contundente sensación de estar escuchando de primera mano este relato sagrado, he de confesar (me) que leyendo con el corazón este libro —sin duda alguna el último y el más reciente texto que narra para (nosotros) el hombre de (esta) la postmodernidad, esta saga infinita— me quedo con la plena certeza de que el poeta re-asume en este libro la voz susurrante y conmovedora de Utnapishstim, único sobreviviente del naufragio del cielo, para otorgarnos su visión, su relato, para advertir (nos) desde la dimensión sagrada, la llegada de los tiempos de diluvios, de los tiempos de demonios, del Evo que nos rebasa y nos trasciende en nuestra pequeñez existencial que discurre entre la eternidad y el tiempo.
Sería imposible el cerrar estas vivencias, este estado de éxtasis o de purificación que se ha constituido con la lectura de estos manuscritos, sin referirme al descenso a los infiernos, a eso que lo antiguos magos y profetas hebreos llaman Seol o inframundo, con las connotaciones simbólicas contenidas en estos textos: el Dragón, la Flor Mayestática, el Loto o el Lirio, el Naufragio y el retorno al centro del alma de manera integrada.
—Dime, amigo mío, dime, amigo mío, dime la ley del mundo subterráneo que conoces.
—No, no te la diré, amigo mío, no te la diré. Si te dijera la ley del mundo subterráneo que conozco, te vería sentarte para llorar.
—Está bien. Quiero sentarme para llorar.
—Lo que has amado, lo que has acariciado y que placía a tu corazón, está hoy cubierto de polvo, todo eso está sumido en el polvo…
Así retoma el Poema de Gilgamesh la saga que se configura con el descenso diluvial, el descenso de las aguas sagradas, el naufragio del cielo, y lo hace haciendo aún más profundo el descenso, más allá de lo visible, más allá de la tierra como suelo de encuentros y transformaciones. La katábasis solo se conforma y se cumple de manera total con la bajada al inframundo. La filósofa y ensayista Uruguaya Gabriela Onetto en su ensayo El descenso a los infiernos nos revela que: La aventura por excelencia del héroe mítico es la del viaje al Más Allá, al Mundo de los Muertos, Tártaro, Inframundo o Infierno, como prefiera llamárselo (a veces incluso se le llama “Hades”, como el dios). Aunque se trata de un oscuro y temible reino al que se entra cuando uno muere y del cual ya no se retorna, algunos mortales o semidioses han conseguido descender a sus dominios —motivados por alguna interrogante, prueba impuesta o asunto a resolver— y luego emerger sanos y salvos a la superficie. En general, los mitos reportan la necesidad de una preparación espiritual previa a embarcarse en esa travesía, la que solía consistir en rituales, purificación o sacrificios. No se puede tomar a la ligera el contacto con la muerte, con el misterio de lo ominoso, e incluso con los territorios de nuestra Sombra, la personal y la colectiva (en el sentido junguiano, el lado oscuro de la personalidad, los aspectos rechazados y negados por nosotros mismos o nuestras sociedades). Muchas veces a los héroes se les escapa de las manos el botín que arduamente consiguieron en el Más Allá —es el caso de Orfeo, Gilgamesh y Psique—, pero siempre regresan más sabios, convertidos en ejemplo, y hasta con conocimientos de carácter iniciático que a veces terminan inaugurando tradiciones fúnebres; fue el caso de los conocimientos órficos sobre el alma después de la muerte, que influyeron posteriormente en el cristianismo.
Desde el Poema de Gilgamesh, hasta la revelación que nos presenta nuestro poeta-profeta en este libro, pasando por la diosa Inanna, Ulises, Dante, Perséfone, Hércules, Psique, Orfeo, Teseo, Eneas y el propio Jesucristo, está la visión dinámica y necesaria en términos del Evo, o tiempo sagrado, el descenso a los infiernos es sin duda el culmen de todo este proceso cósmico y humano, el epílogo y la síntesis de la visión junguiana del Unus-Mundus. Se me antoja igualmente que nuestro poeta no solo retoma la (esta) antigua narración, rompiendo el sello lacrado que guarda el secreto iniciático de los retornos, sino que además nos sirve de guía de ayudante sobrenatural o espiritual en nuestra propia saga, como llama Joseph Campbell a esta figura.
Volviendo a citar a la filósofa Gabriela Onetto, esta figura: Es un maestro, un incitador que orienta, en ocasiones incluso es una presencia directa que nos conduce al otro mundo; dentro del mito clásico, el dios que cumple este papel por excelencia es Hermes o Mercurio quien —por ejemplo— guía a Hércules en su descenso al Inframundo. Dante tuvo a Virgilio (quien es reemplazado luego por Beatriz al llegar al Paraíso); Ulises a Circe; Eneas a la Sibila; Psique a una torre que la aconsejó. Ellos representan el apoyo de nuestra personalidad consciente dentro de ese ámbito mucho más grande que nos adentramos a explorar, el inconsciente; son como el hilo de Ariadna, que devuelve al héroe sano y salvo luego de sus andanzas en el laberinto.
La reaparición del arquetipo y del símbolo religioso y espiritual del Dragón: Animal fabuloso que representa al mayor enemigo del hombre, las «fuerzas oscuras» de los mundos inferiores o el mal encarnado en Satán, estará presente desde el inicio de la creación (Génesis 1:21) donde aparece en su advocación más trascendente con Leviatán, hasta el final de todas las visiones con que culmina la elipsis sagrada: El Libro de las Revelaciones «y el gran dragón…esa antigua serpiente llamada diablo o satanás, el que embauca al mundo entero» (apocalipsis 12:9). El Dragón alado que combina el simbolismo de la serpiente y del ave (materia y espíritu) supeditando la primera al segundo. «Matar al Dragón» liberar (se) al hombre de las fuerzas que atrapan su alma y su espíritu. O el simbolismo del fruto como alegoría de la caída, del deseo inevitable, del retorno al suelo y al sub-suelo para renacer de la semilla. Pero tal vez lo más conmovedor en términos simbólicos de estos textos, es la simbología de la flor como manifestación de la creación, al mismo tiempo causa y efecto, culminación y comienzo, lo engendrado del árbol y al mismo tiempo la engendradora de la semilla que lo hará renacer de nuevo a la luz. Su forma de cáliz, de vientre, de lo femenino, de lo ritualístico.
Llama (me) la atención de manera especial, la referencia en el poemario a la «Flor del Mago» del brujo, a la Flor Antídoto:
[…] anterior quizá al diluvio,
la última que arrancó un ser humano antes de dejarse arrastrar por el torrente
La llevó consigo aguas abajo
y con ella floto, oliéndola,
húmeda,
para sobrevivir
―soñando-la, bebiendo-la, comiendo-la―
cuarenta veces cuarenta días,
o quizá más
(está escrito en la tablilla)
Ahora busco ese olor
(tu olor,
no sé)
para conjurar los demonios que como diluvios
me poseen
Leo la tablilla,
intento leer-la,
descifrarla
Tiempo de diluvio, tiempo de demonios, tiempo de flor antídoto
Me pone mal no hallarla,
no entender-la
Evoco sus sonidos,
canción de trance,
y los signos para transcribirlos
La nombro
para que sea otra vez, como siempre
¿Flor de loto?
¿Flor de magnolia?
¿Flor de auyama?
¿Campánula?
Sería imposible no evocar en estas visiones a la flor mayestática de la creación, del origen, del mundo, de la materia, de las formas cambiantes, del mundo fenoménico, y del Ser por cuyo sacrificio se sostuvo y se sostiene. Sin embargo, del sacrificio cósmico, del caos, del hundimiento del cielo, surge la rosa eterna ocupando espacio a nuestros ojos, desplegándose en el tiempo; en nuestro propio tiempo y aquel otro que nos rebasa. Tampoco podemos dejar de evocar en medio de este naufragio del cielo, a Ulises y su naufragio, a los comedores de lotos o lotófagos (en griego antiguo, λωτοφάγοι «los que comen loto»). Estos le ofrecen loto a sus hombres que por ello caen en el olvido y en el éxtasis. Finalmente, Ulises consigue la fuerza necesaria para seguir rumbo a Ítaca, y ya por último, pero no menos importante la relación entre la flor llamada sello de Salomón (Polygonatum multiflorum) una planta de la familia de las liliáceas y el sello de Salomón con el que abríamos estas referencias.
No puedo dejar de compartir estas vivencias (como lo pauta el manuscrito entre los umbrales de luz, los atardeceres y las auroras) en primer lugar señalando justamente el estado permanente de transición, de dinámica de umbrales, de límite entre lo dual (en especial el del bien y el mal) y las resoluciones de esas correspondencias. Alegoría de estas dinámicas la encontramos en el poema que alude de manera subliminal y sin nombrarla, a la confrontación entre Atila, (llamado «el azote de Dios») y el Papa León I. Atila llega casi a las puertas de la ciudad de Roma, cuando la caída del imperio era ya un hecho incontrovertido, por lo que la suerte de Occidente y de buena parte del mundo civilizado y la cultura greco-romano-judeocristiana estaban en peligro de desaparición total. Ante esa amenaza, y de manera increíblemente osada, el Papa de ese entonces, León I, decide ir al encuentro de Atila a las orillas del río Po a fin dialogar y salvar al pueblo de Roma, al pueblo civilizado que todavía habitaba el mediterráneo y lo que quedaba del magno imperio Romano de Occidente. No llevaba ejército alguno, ni armas. Solamente un séquito de cardenales y de obispos con él a la cabeza portando una inmensa cruz como estandarte. El hecho histórico, es que Atila decide devolverse a su castillo en el Danubio y no cruza el río, salvándose así de la aniquilación total, la cultura occidental y los logros alcanzados en ella. Esta fue una victoria en paz (tal vez la única de esos tiempos) de la Iglesia sobre la violencia y la irracionalidad de las tribus llamadas bárbaras, en cuyo despliegue también terminaron siendo imperios de gran magnitud y poder. Los imperios hasta la fecha han ido pasando, pero la iglesia (que en su momento más amargo también fue un imperio sustentado en el poder) ha persistido en su base espiritual. Ese umbral, ese límite entre el bien y el mal que demarcaban las orillas del río en Mantua, refieren más bien al temor atávico que Atila sentía por lo sobrenatural y en especial por las fuerzas divinas, y el impacto que le produjo ver la estampa incólume y al mismo tiempo conciliatoria y dialogante del Papa. Pero sobre todo, la fuerza imponente y dramática de la cruz y todo el simbolismo que esta representa.
Pero con seguridad de todas las vivencias, la más trascendente es el dramático culmen de todas las katábasis y las bajadas a los infiernos: la que ejecuta Jesús, como umbral a su vez de este Evo infinito. Me siento especialmente transido por las muy fuertes e implacables referencias que hace el poemario a la vida-muerte-resurrección, desde el punto de inflexión que se proyecta desde las zonas más oscuras del alma (en este caso a través de la imagen del suicidio repetido) así como la figura de un Mesías, maltrecho, ajeno a su entorno y casi objeto de burla:
El profeta nos convocó
Su rostro huraño anunciaba tormentas
cuchicheábamos
Algo grave sin duda anunciaría
La voz se lo había revelado
Él no era solo un profeta
Era el Mesías
enviado de nuevo
a redimirnos Obediencia, adoración
Nada más pedía
Nos mirábamos Alguien tiró una piedra
la primera
Su cuerpo yació mucho tiempo sobre las losas de la plaza
pálido
inerte
mesiánico,
tal vez
Es tan nuclear el mensaje que esta sección de los textos de este libro nos revela, que voy a cerrar con tres citas cuya referencia anímica y espiritual me parece importante hacer. La primera es una reflexión contenida en mi ensayo El Reino de Dios: Para que la resurrección tenga sentido, Jesús tuvo que morir, que asumir la muerte, ser arrojado al sepulcro. El segundo hito que se alcanza después de la pasión y muerte de Cristo es lo que sucede entre su muerte y su resurrección. La celebración de la Pascua no se centra o toma como único elemento de esta saga el momento glorioso y triunfal en el que Jesús emerge renacido del sepulcro. Al morir, Jesús bajó a los infiernos, al mundo de los muertos, al Hades. La palabra griega «Hades» (ᾍδης en la teología cristiana y en el Nuevo Testamento) es paralela en hebreo a la palabra «Seol» (שאול, «tumba» o «pozo de suciedad»), y alude a la morada de los muertos. Y es en este sentido que tanto el evangelio como la primera carta de Pedro la invocan al describir el momento conmovedor y extremadamente vibrante en el que Jesús, el Cristo Redentor, rompe las puertas del infierno para que entre la luz. Con el gesto de tomar de la mano a Adán y a Eva para sacarlos de la oscuridad, redime a la primera pareja humana, al ser humano, a la humanidad entera. Allí también estaban el Rey David, Saúl, Elías, Ezequiel, Isaías y todos los profetas. Esas puertas abiertas a la luz y el haber asumido con su resurrección un gesto abarcante que lo hace descender hasta los infiernos para que se establezca un vínculo absoluto entre la tierra y «El reino de los Cielos», entre la vida y la muerte, hacen que, a partir de ese hito en la conciencia del ser humano, el mundo entero entre en estado de resurrección.
La segunda es un párrafo conmovedor del libro Encuentro con la sombra del psicólogo junguiano Jerry Fyerkenstad en una aproximación psicológica que me parece cercana a lo que siento de la vivencia poética y espiritual que me produjo la lectura de estos manuscritos:
Jung creía que Dios, el Dios viviente, solo puede ser encontrado donde menos queremos mirar, en el lugar en el que más nos resistimos a buscar. Ese Dios se halla oculto en nuestra oscuridad y en nuestra sombra, entrelazado con nuestras heridas y complejos, inserto en nuestras patologías. Por otra parte, el Dios de la Creencia, el Dios que no tiene nada que ver con la creación y la vida cotidiana, el Dios ajeno a nuestras imperfecciones mundanas, solo nos proporciona una excusa para permanecer alejado de las facetas más intrincadas de la existencia humana. La alquimia es un proceso que nos permite extraer el Dios viviente de los aspectos más corruptos de la existencia. Pero ese proceso no puede comenzar hasta que no reconozcamos nuestra corrupción; una corrupción que se halla presente de manera explícita o implícita. Basta con limitarnos a reconocerla, admitir su existencia en nuestras acciones, en nuestras fantasías, en nuestros anhelos más secretos y momentos más ocultos. En realidad, de lo que estamos hablando es de la diferencia entre alma y espíritu. El camino del espíritu es estrecho y ascendente pero el camino del alma, por el contrario, discurre de manera sinuosa, perturbadora y descendente. El camino del alma es también el camino de iniciación a nuestra propia humanidad.
Termino con la tercera referencia citando al poeta y estos últimos versos como puertas (esta vez abiertas) que (nos) ofrendan a modo de arcoíris una única visión: la danza y el desenlace de este Evo infinito, de ese incesante Tiempo de los Ángeles que se replica también en el alma del hombre de estos tiempos y que vemos desde aquí como posmodernos Noés a través de la escotilla del alma y por la gracia y la voluntad del espíritu más elevado que nos guía y nos determina:
La danza trae la vida porque eras la vida
y tus movimientos, demiurgo sempiterno, (nos) re-crean como barro tomado de la tierra aún fresca
No importa qué compases terribles marquen poses infernales, las trincheras obligadas de la guerra absurda
o el silencio del mar al detenerse las olas
Al final tu cuerpo ha de elevarse
como espuma y vitral
como canción de madrigales
y dará el salto que conjura
estas ilógicas tempestades
que quiebran los copas
y adormecen las flores
Tus manos moverán la vida
y la harán de nuevo
como tal vez la vio con sombro Noé
desde una pequeña escotilla de su gran nave
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EDGAR VIDAURRE
Nació en Caracas, Venezuela. (1953). Es poeta, ensayista, filósofo, músico, profesor universitario y director fundador de la Editorial Diosa Blanca. Es abogado, egresado de la Universidad Católica Andrés Bello. Ha publicado los libros: La resurrección de los frutos (Mención de Honor en la bienal de poesía mística Antonio Rielo de España); La fugitiva; La séptima rosa: El lugar más sosegado; Panayía; El lamento de Ariadna. Es autor de numerosos ensayos, escribe para diarios y revistas y dicta talleres de poesía. Actualmente preside el Círculo de Escritores de Venezuela.
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