BAQUIANA – Año XXVII / Nº 137 – 138 / Enero – Junio 2026 (Ensayo)

RECORDANDO SABORES, RECUPERANDO EL PASADO: UNA LECTURA GASTROCRÍTICA DE TOCINO DEL CIELO, DE ROSA MARÍA BRITTON 

 

por

 

Humberto López Cruz

 


Los caminos de la literatura y la vida
 tienen la caprichosa tentación de cruzarse
 y, con sus fricciones,
 desnudar esencias inquietantes,
a veces reveladoras.

Leonardo Padura
en Personas decentes (140).

a María

 

Toda lectura conlleva a una multiplicidad de acercamientos críticos, donde la curiosidad o interés de quienes la efectúen dicta los hilos conductores a seguir o pasajes textuales con los que identificarse.  Este acto resulta en la comunión ineluctable con el autor de turno y, a su vez, fijará el tema con el que se recuerde la lectura en cuestión. Tal es el caso de la última novela publicada por la escritora panameña Rosa María Britton (1936-2019), Tocino del cielo, la cual ofrece diversas posibilidades discursivas y que generarían, llegado el momento, una variada temática con la que enfrentar y analizar el texto.[1] Ahora, sopesados los tópicos presentes, es sobre una de estas perspectivas enunciativas en las que se asienta este estudio.

Al comenzar, es necesario recordar que no es novedad acercarse al discurso textual que ofrece toda narrativa por medio de la memoria del individuo. Es decir, el recuerdo, o su carencia, se convertiría en uno de los hilos conductores referidos con anterioridad y sería, así, el que regiría el devenir del ensayo. A su vez, se podrían explorar aristas críticas que facilitara algún personaje en la escritura escogida y obtener, o al menos intentar, un satisfactorio desmontaje de algún resquicio de la trama. El espacio inviolable de la memoria jugaría, de este modo, un papel preponderante en el análisis; desarrollaría una acertada relación entre lector y texto donde se compartieran espacios comunes. Pese a lo dicho, podría optarse por encarar otra aproximación que se amoldara a una probabilidad discursiva diferente; en otras palabras, habría que responder un cuestionamiento cardinal: ¿y si se alterara el referente y se seleccionara un parámetro diferente, pero que fuese uno que accediera a la realidad del personaje y, por lo tanto, a la autenticidad que proyecta en la novela? Tzvetan Todorov rubrica que a partir de una lectura es que se construye “un universo imaginario” y, continúa que “es necesario que ese texto sea en sí mismo referencial” (97). ¿Y si en lugar de la memoria, el esfuerzo crítico apuntara hacia el paladar? Este signo enfilaría hacia una vertiente gastronómica que habría que descubrir en el texto y arribaría, además, al eje sobre el cual rotaría este trabajo; o sea, realizar una lectura gastrocrítica de la entrega de Britton, Tocino del cielo, y por ese medio consolidar el tema central que ocupa esta investigación.

 

Un texto devenido recetario

El paladar no saborea, simplemente recuerda.

Carlos Ruiz Zafón
en El prisionero del cielo (40).

 

Rita De Maeseneer, en sus extensas disertaciones sobre la gastrocrítica, sienta fundamentos indispensables que sostendrían la visión que aspira desarrollar esa postura crítica. La estudiosa especifica categorías en las que las “connotaciones del comer y del beber en lo social, racial, geográfico, identitario, histórico, sexual, antropológico, religioso, filosófico, médico, cultural, psicológico, ideológico-político, genérico, lingüístico” (Devorando 24) articulan encauzamientos orientados a análisis que, siguiendo una o más de las pautas sugeridas por De Maeseneer, no conformarían una lectura convencional, pero sí brindarían corrientes alternas de pensamiento. Al destacar algunas de las ideas presentadas y al enfrentarlas a la narrativa de Tocino del cielo, se perciben conexiones implícitas que ameritan argumentos adicionales. La expresión literaria va a reflejar, como suele hacer, las reflexiones de sus autores y lo que ellos conciben como la legitimidad de la entelequia de sus personajes.[2]

            Gonzalo Navajas ha señalado que “la literatura proporciona saber más que acción y actuación concretas. Es un saber único y singular que, por encima de su singularidad y su especificidad, es equiparable al de otras formas del conocimiento”, para rematar que la literatura “debe aspirar a romper las convenciones y los hábitos que simplifican y adormecen la complejidad y las aporías del mundo” (23-24). Tocino del cielo comienza por estructurar capítulos en los que se asoma, como telón de fondo, a la historia de Cuba de los dos últimos dos siglos y va dejando entrever que tópicos comunes, entiéndanse los históricos y políticos, pasarán a un segundo plano para desembocar en una cocina, o más bien en su recuerdo, que no debe desvanecerse en el olvido. La trama va a proponer un rescate de la memoria a través del paladar de sus personajes; esto basado en una simbiosis discursiva que se denominaría memoria-paladar. Desde el título escogido por la autora, la novela exhibe un posicionamiento ineludible hacia aspectos gastronómicos; es de esperar, pues, que éstos hallarán su desenvolvimiento, a mayor o menor escala, a través de la narrativa. Las historias que se entrelazan, sirviéndose del tiempo y de variados espacios, convergen en una que otra cocina y se manifiestan por medio de una receta; ambicionan guardar así los procedimientos culinarios.

Britton crea el personaje de Belén Garrido, la negra cocinera, como el sostén que provee el rompimiento de una posible interpretación convencional para adentrarse en un mundo paralelo que facilite la aceptación de una lectura gastrocrítica. El encuentro es rápido y directo; la narrativa no se pierde en circunloquios: “aprendí a cocinar cuando casi no alcanzaba la estufa de kerosene […] Fue entonces cuando comencé a escribir recetas en mi cuaderno” (89). De inmediato dice que, al cumplir catorce años, mamá “me llevó a una casa en Miramar, en donde yo iba a trabajar como criada, recomendada por una vecina pariente de la cocinera” y concluye con una ruptura emocional, “mamá se despidió con un abrazo y allí me dejó con mi bultito de ropa y mi cuaderno de recetas” (90). Los lectores presienten que van a yuxtaponer una escritura junto a otra adicional que, a pesar de contribuir con el argumento general, parece apuntalar una coyuntura de entendimiento donde la geografía y la identidad, factores ya subrayados por De Maeseneer, van a ejercer su influencia gastrocrítica. El texto se torna, sin interposiciones, en una visualización identitaria que por medio de la cocinera va a representar todo un colectivo desplazado.

El trasfondo social, requisito para entender el desenvolvimiento de la trama, catapulta la movilidad de espacios geográficos y se adhiere a hechos que marcaron la historia de Cuba. Con el triunfo de la revolución acaecido en la isla, en 1959, una sección considerable de la población cubana comenzó, paulatinamente, a abandonar el país. Britton decide que su personaje debe sumarse a este grupo para así trasladar, con Belén, su sapiencia culinaria a un área donde va a integrarse al mosaico cultural de la nación que la acoge y, al tiempo, delimitar por medio de una narrativa gastronómica la identidad trasplantada; ésta es una que ha de propagarse en suelo foráneo. En una narración lineal, como lo es Tocino del cielo, este enfoque crítico se concentra en la estadía de la cocinera en los Estados Unidos y su actitud ante una cocina, en todas sus acepciones, que intenta reproducir fuera de su previo radio de acción. La oración “lo único que sabía hacer era cocinar” (135), manifiesta que los atributos del personaje ya han sido sentados y serán inamovibles. La autora no es parca al mostrar un esperado rechazo racial y la novela expone las críticas que la heroína debe experimentar al servir a la alta sociedad en el Miami de la época. No obstante, su lugar queda definido en la trama: “Belén estaba a cargo y punto” (84) y para afianzar su autenticidad culinaria, “cuando tenían invitados, que se deshacían en elogios a la cocinera” (84), la tensión textual disminuía. Belén escuchó que “hay que darle tiempo y mucha paciencia a la cocina para que todo salga bien” (106) y esa paciencia es la que Britton va a hacer suya para desplegar exorbitantes festines que arraiguen, si fuere requerido, su ̶orientación autorial gastrocrítica en Tocino del cielo.

Como apoyo preliminar de este ensayo, hay que recurrir a palabras de Enrique Jaramillo Levi, quien indica que “la creación de personajes coherentes consigo mismos y, por ello, verosímiles, así como de interesantes situaciones […] es una ardua, compleja, a veces gozosa, a menudo frustrante tarea” (49). Belén Garrido aparece en la narrativa con la cohesión y verosimilitud obligadas; no se puede tachar de ilusoria su presencia en el texto. Britton, quien en la vida real y de acuerdo con el testimonio del profesor panameño Ricardo Arturo Ríos Torres, “promueve almuerzos literarios” (120), concede en la cocinera, sin cortapisas, un férreo bastión en el cual cimentar una lectura gastronómica y fungirá como el personaje que lleve, sobre sí, la responsabilidad de uno de los principales ejes discursivos del texto.

Un dato significativo, que ya fuera observado a priori, es que el título incorpora el nombre de un conocido postre de la gastronomía cubana.[3] Es curioso destacar que la novela sólo lo menciona en cuatro ocasiones diferentes (131, 204, 230, 254); pese a ello, son momentos determinantes en la narrativa que solidifican la importancia culinaria. El epígrafe escogido por Britton, y que coloca en boca de su protagonista, “no hay nada que nos recuerde más de dónde venimos que la comida” (7), estampa la admisión definitiva de que los lectores están ante un texto del cual, en una metafórica friabilidad, va a extrapolar fragmentos de la escritura para centrarse en una remembranza colectiva: el recuerdo paladial que guarda la desplazada comunidad cubana en Miami. Retomando la palabra de Rita De Maeseneer, la estudiosa aduce que “cierta mirada a distancia puede contribuir a recalcar lo cotidiano, ámbito en que lo culinario desempeña un papel clave” (Devorando 34). Britton abandona la posibilidad de una alineación, ya sea histórica o política –que, hay que insistir, son vertientes que también se hallan en la novela–, para invitar a quienes se aventuren en la lectura de su última entrega a saborear, a distancia y por medio del recuerdo, un rasgo de la identidad cubana adscrita a Tocino del cielo.

Sin embargo, ese fragmento identitario que la autora se esfuerza en hilvanar –la paulatina asimilación del personaje a una idiosincrasia que desemeja la propia– se sirve de puntadas gastronómicas para demostrar un proceso cultural que no ocurriría de la noche a la mañana. De la misma forma que el individuo promedio necesita experimentar una gradual adaptación al ambiente que espera hacer suyo, la cocina demanda un proceso similar. La narrativa aclara que Belén “había ido diversificando sus viejas recetas con nuevos ingredientes que encontraba en los supermercados de la ciudad para sustituir los dejados atrás”, puesto que “en ese Miami de los setenta los alimentos caribeños iban llegando del sur muy lentamente” (124-25).[4] La trama observa una codificación paralela entre el colectivo y la cocina que lo representa; es un proceso dispuesto con habilidad que posiciona la narrativa de forma que la lectura gastrocrítica engarce al individuo con su recuerdo y que el paladar actúe como el factor que solventa la intersección. Esta inclusión textual atiende ramificaciones adicionales que acentúan no tan sólo la importancia del tema, sino la relevancia que la autora profesa al discurso culinario.[5]

 

Una gastronomía reminiscente

A secondary theme in several studies involves
 the focus upon social acts for which food
 is an adjunct of the centerpiece.

Janet Pérez y Genaro J. Pérez (11)[6]

 

La sentencia que encabeza este acápite se detiene en una reflexión donde la comida y sus derivados logran incorporarse, desde una alegada periferia, al centro de una mesa implícita dentro de la trama. Es un razonamiento que va a ensamblar las piezas, o recetas, necesarias para que la percepción culinaria de secundaria se afirme como primaria. La reubicación del pasado en un espacio foráneo donde la cocinera “había encontrado muchas recetas olvidadas en el viejo cuaderno que trajera de Cuba” (191) es la relación objeto-sujeto que define, y requiere, el proceso escritural. Britton, en Tocino del cielo, responde a este llamado y agrega un paso más: va a anejar la gastronomía cubana al desenvolvimiento de este notable colectivo social en un espacio geográfico ya conocido por su presencia; o sea, el sur del estado de la Florida. La novela sitúa la acción en la ciudad de Miami y coteja la singularidad de la población cubana en suelo norteamericano con la evolución de los menús de Belén, destacando una proporción discursiva la cual va in crescendo dentro de una narración que, como fuera dicho, es lineal y que opta por adosarse al presente de los personajes, una que utiliza el pasado como zócalo para su apoyo textual.

            En otra publicación, Rita De Maeseneer formula una interrogante sobre posibles lecturas gastrocríticas, aplicables a cualquier texto, que se torna atractiva a la hora de cuestionar la novela de Britton: “¿Se evoca la comida cuando se está fuera del país o cuando se escribe como extranjero? (Saberes 15). La respuesta más asequible sería que desde el exterior la nostalgia de un pasado irrecuperable aseguraría la credibilidad de la reminiscencia. No obstante, en el caso cubano pueden intervenir otros factores que modificarían la idea precedente. La narrativa explica que el personaje, Belén, no aguantaba seguir haciendo colas para buscar alimentos “y menos una marcha más celebrando una revolución que parecía haber fracasado” (109). Las penurias de la cocinera van en aumento hasta su salida clandestina del país; las derrotas de la trama se contraponen a la posibilidad –ya vista– de recuperar una parte de su pasado por medio de la gastronomía, ya que en el colegio aprendió a “seguir escribiendo todas las recetas en un cuaderno de rayas” (90). Esta idea se concatena con lo postulado por Mary S. Vásquez, quien asocia las principales ocasiones históricas de sufrimiento con la comida y la negación de la misma (181). El trasfondo político de la novela en cuestión encaja en los parámetros promulgados por esta propuesta. Para colaborar con el movimiento escritural, Britton intenta, y logra, reversar la persona que fue una vez la cocinera; es decir, reemplazar con una evolución de su esencia a una faceta no experimentada por Belén, para que así su proyección en la narrativa se incorpore, no tan sólo a una nueva geografía, sino a una condición emocional que podría resultar adversa de no operar la metamorfosis sugerida. El personaje no puede permanecer estático en un guion no condescendiente; Tocino del cielo se afirma en una historia vertiginosa la cual no permite estancamientos textuales; los personajes (entiéndase la colectividad cubana de Miami) no se mantienen ajenos ante el dinamismo de la trama.

            Al sustentar lo expuesto con fragmentos de la novela, el ejemplo comunitario asociado con la pluralidad exiliada en Miami celebra “la migración cubana a Florida y los extraordinarios logros que habían llevado a cabo en dos décadas. La inmensa mayoría llegó sin un centavo, sólo sus manos y su deseo de trabajar y ahora comenzaba a insertarse en la clase media; no había nada igual en la reciente historia de los Estados Unidos” (231). Sin embargo, una vez narrada la incorporación social, es imprescindible obtener la comunión definitiva entre la autora y el texto por medio de la cocina típica del referido colectivo; ésta tiene que desarrollarse por medio del recuerdo culinario. El paladar tiene que recuperar su sensibilidad perdida; los personajes deben consumar este paso fundamental para así injerirse en el nuevo espacio del que aspiran aprehender una indefinida permanencia. En otras palabras, obliga a llegar a buen término el perfil gastrocrítico y consolida, si fuere necesario el arbitrio, la validez del título escogido por Britton para la que sería su última entrega.

            Esta consecución de la trama no es algo que ocurra de un capítulo a otro; es un proceso gradual. La narrativa fomenta la inserción culinaria en el diario acontecer como una acción paulatina que no debe apresurarse; de hecho, tiene que convencer al lector por su autenticidad. La realidad del conglomerado debe reaccionar ante lo emotivo de la ocasión; un lazo con el pasado que hubo desparecido tras el cambio de espacios, vuelve a atarse con la intención de suplantar la gastronomía local con lo que en un principio se percibe como la nostalgia de la propia. De acuerdo con lo notado por Vásquez, esta comida lleva una potente carga emocional; también registra que el olor o el sabor de un alimento evocando en particular, para bien o para mal, toda una experiencia o período (181) es un rasgo distintivo que determina el grupo al que va asociado. El tiempo parece haber perdido validez en una historia que regresa para reescribirse; el pasado forma parte de un presente no tan incierto y la legitimidad culinaria se alza con el triunfo textual.

            Una vez aceptada la sección precedente como desmontaje congénito a una ya establecida lectura gastrocrítica, Tocino del cielo podría tornarse en la herramienta discursiva la cual acentuaría la perpetuidad social, y política, de lo que comenzara siendo un grupúsculo inmigrante. La especificidad aludida por Gonzalo Navajas se inscribe en la escritura señalada y prueba que las recetas de Belén, vueltas ahora en una efectiva transición de la reminiscencia del ayer, son una ejemplificación gastronómica cubana del Miami contemporáneo; la literatura ha demostrado, por la pluma de Britton, el abandono de temas comunes por la autora para adentrarse en narraciones más desafiantes y comprometedoras.[7]

 

Una gastronomía trasmutada

El Apátrida posee una mesa llena en un vacío de patria.

María Elena Blanco
En “Devoraciones” (46)

 

En un enjundioso estudio, Antonio Garrido Domínguez ofrece diversos asertos sobre la función de la ficción en la literatura. El teórico concluye que “lo ficcional remite a un concepto realmente complejo por muy diversas razones: su constitución interna, la variedad de ámbitos en que se manifiesta, las facultades implicadas, su importancia para el ser humano” (207). Seguido a estas observaciones, agrega que “la diversidad de enfoques revela […] el carácter evolutivo tanto de sus plasmaciones en el ámbito de la creación como de la reflexión” (207), rematando que predomina la interpretación de la noción ficción “como invención y construcción –actividades que aluden al trabajo del escritor– y del concepto de mundo ficcional para referirse al resultado del trabajo” (207). Esta concatenación de citas va a delinear el rumbo que seguirá el ensayo, en este acápite en particular, en su intento de satisfacer una lectura gastrocrítica que contribuya, por medio de la ficción, a la nacionalización del conglomerado encarnado.

Ya aceptado el hecho que Britton establece la presencia cubana en Miami, afirmándola por medio de su gastronomía, hay entonces que hurgar en otros vericuetos de la trama para constatar su didacticismo textual. La complejidad estribaría en convencer a los lectores que los platos, elaborados con esmero por la heroína, traspasarían la barrera cultural –con las inherentes complejidades sociales– para instalarse, por una aceptación pluralizada, a perpetuidad. La aludida relación objeto-sujeto depende de la labor de complicidad que lleve a cabo el objeto para que el sujeto se erija victorioso; la autora franquea este escollo con la publicación del recetario de Belén. Es una acertada transición, en su momento se apreciará la transmutación social, que va desde los menús exhibidos en los restaurantes hasta el manuscrito que recibe la imprenta; éste último ha de lograr un mayor alcance geográfico.

La ficción autorial, en su invención y construcción –tal y como indicara Garrido Domínguez, aprovecha la idea de la inminente aparición del recetario, encuadernado ya en una amena edición, para avanzar en el enraizamiento cultural anticipado. Para algunos receptores, es la memoria impresa; para otros, la novedad culinaria. La cocinera, esgrimiendo un enunciado de triunfo, expone su individualidad en un prólogo que resumía “cómo Belén había sacado las recetas de Cuba, amarradas a su cuerpo” (229); el objeto se traslada a otro ámbito y se asocia a las introversiones de los personajes, y peripecias de la narrativa, para contribuir con una nueva imagen del sujeto trasplantado.

Si con anterioridad se hubo repasado cómo Britton proyectó el triunfo del colectivo cubano en Miami, es de suponer que este grupo homogéneo –superadas las carencias en su isla natal recontadas por la autora– posea la solvencia económica requerida para disfrutar de los manjares descritos. Tal como reza el acápite de esta sección, puede no haber patria, pero sí una mesa bien servida; la novela intenta ocultar la certeza de la escasez tras el disfraz de la abundancia. El ágape se impone como parte indefectible de la trama y, por medio de esta sucesión de platos típicos, el individuo va a ir transformando, una vez más, trasmutando, el concepto de nación a una locación geográfica diferente, pero que está siendo acondicionada para que revierta a la idea de un pasado cubano.

Hay que comenzar por vigorizar el legado de la generación precedente e injertarlo en la cotidianidad de su prole; Tocino del cielo cumple con este menester al mostrar la reacción de una joven ante la publicación del recetario. El parlamento, dirigido a la cocinera, va encaminado a los lectores para sí probar la continuidad social y el asentamiento de la gastronomía trasplantada. Britton, con lo que podría entenderse como una inocencia textual, exterioriza por medio de un personaje circunstancial, pero que bien resumiría el sentimiento de una gran parte de sus coetáneos, que “usted no se imagina la felicidad que me ha dado mirar las fotos de su libro y recordar los nombres de las cosas que comía en Cuba cuando era niña. Mi hermana y yo hemos tratado de cocinar algunas recetas de mamá que ya falleció, y lo que salió no se parecía en nada” para arrojar la carta triunfal, “estoy decidida a comenzar desde la página uno” (229). Los detalles que afloran en unas breves líneas prueban que la cocina desempeña un rol preponderante en la trama; las observaciones de De Maeseneer adquieren proporciones discursivas adicionales. La pregunta sobre cómo se percibe la culinaria propia en suelo extranjero alcanza otro nivel de discusión; se estaría considerando la consolidación de una gastronomía que se extendiera a lo largo y ancho de la nación anfitriona: “el libro llegaba con éxito a otras ciudades” (243) y New York y Boston son los espacios designados como las metrópolis donde se desplazará la cocinera para las presentaciones iniciales de su compendio (243, 247). La barrera del idioma hubo de superarse al momento de aclarar Britton, por medio de los supuestos editores, que “nosotros nos encargaremos de traducir las recetas y las preguntas para la conveniencia de nuestras lectoras” (194), probando así que la irrupción culinaria en suelo extranjero tendría muchas posibilidades de perpetuarse al autoincluirse en el mosaico cultural nacional.

La novela, en un acertado desplazamiento, subraya dos más de los factores sugeridos por De Maeseneer, cuando apunta a características sociales y raciales, para corroborar la óptica gastrocrítica. Britton, en su trabajo como escritora, no vacila en desarrollar un discurso ficcional que semeje los entornos que recrea en la narrativa. De esta forma, los lectores descubren que “eran mujeres blancas, negras y hasta dos chinas que tenían una fonda, mezcla que no se veía entre los refugiados en Miami” (248), las cuales forman el público que aclama las recetas de Belén en su periplo promocional. El texto escrito enfatiza que lo que comenzara con una idea culinaria, producto del recuerdo de una cocinera, se adentra en forma de palabra impresa en terrenos no transitados. Tocino del cielo, de la mano de su autora, satisface la aproximación gastrocrítica y, además, valiéndole de un hábil discurso, logra que su intención en la cocina represente toda una pluralidad social en la época que dicho conglomerado intentaba incorporar su huella, y su individualidad, a un espacio del que ya no se apartaría. Para esta lectura, la importancia del personaje de Belén adquiere dimensiones múltiples, aunque haya que admitir, sin reservas, que el denominador común lo constituye su emplazamiento culinario.

 

A manera de conclusión

…seguirá viviendo mientras haya alguien que cocine sus recetas.

Laura Esquivel
en Como agua para chocolate (222).

 

El arte cisoria de Belén ha mostrado una adyacencia a una narrativa empeñada en dejar constancia, a través de cada trozo de comida servido, de un grupo de inmigrantes que por medio de un paladar que ha reactivado su memoria supo asentar su presencia en suelo extranjero. El personaje de la cocinera, ahora metonimia de toda una autenticidad culinaria, seguirá viviendo, tal y como reza el epígrafe de esta conclusión mientras su recetario sea uno de los parámetros que identifique el colectivo cubano en su remembranza de un pasado ya ido. Si al recapitular sobre fragmentos de este enfrentamiento crítico con Tocino del cielo se acepta la idea de que “el texto siempre contiene dentro de sí una nota con sus propias instrucciones” (Todorov 102), entonces será más fácil conceder que las indicaciones que porta la novela sobre una lectura gastrocrítica se adhieren a una homogeneidad cultural, ya remarcada, y siguen algunas de las pautas sentadas al comienzo de este ensayo. A su vez, y también apuntado, la literatura prueba que proporciona conocimiento, que rompe con lecturas convencionales. La pluma de Rosa María Britton, con Belén de estandarte catalizador de un propósito textual preconcebido por la autora, ha transmutado apuntes que llegaron a tierra extranjera apretados al cuerpo de la cocinera (109) en elementos fundamentales descubiertos en el desarrollo de su trama. Siguiendo la pista de este estudio, la referencialidad, en su momento sugerida por Todorov, se inscribe en las múltiples alusiones culinarias con las que consigue afianzar la lectura gastrocrítica propuesta y que Tocino del cielo, en un discurso que se incuba en el título y se manifiesta en sus ramificaciones textuales, ha entregado a cabalidad.

 

 

 

Notas:

 

[1] Rosa María Britton cuenta en su haber literario con diversas novelas: El ataúd de uso, (1983); El Señor de las lluvias y el viento, (1988); No pertenezco a este siglo, (1992); Todas íbamos a ser reinas, (1997); Laberintos de orgullo, (2002); Suspiros de fantasmas, (2005); Historia de mujeres crueles, (2010); finalmente, Tocino del cielo, (2015). Asimismo, la narradora panameña ha entregado cuentos, ensayos y dramas, pero, al este trabajo estar concentrado en un ejemplo de su novelística, solamente sus novelas han sido listadas.

2 Rafael Climent-Espino y Ana M. Gómez-Bravo, en la introducción de un texto en que fungen como editores y que se impone por su relevancia en el tema estudiado, resaltan que el papel de las humanidades en los estudios culinarios trasciende el análisis de la representación mimética para convertirse en un actor crucial en la interseccionalidad disciplinaria, que es el núcleo de estos estudios. Añaden que en un momento en que la desconexión entre las personas y el espacio ha alcanzado niveles sin precedentes, el estudio de la comida, los textos y las culturas pueden aportar valiosas perspectivas a la gastrocrítica, y las humanidades pueden tener un impacto significativo, aportando significado, creando contenido y utilizando potentes perspectivas analíticas (3). Las observaciones remarcadas por los editores deberán estar presentes, aunque no se discutan directamente, a través de la lectura de este encuentro crítico con Tocino del cielo. No obstante, su esencia sí se podrá percibir en varios de los puntos que señalo de la novela de Britton.

3 Este postre también se conoce como “tocinillo del cielo”.

4 La narración sobre los ingredientes, extraídos por Britton de la memoria del personaje, es un delicioso recuerdo culinario que no debe pasar inadvertido. La cocinera “se quejaba entre dientes que le faltaba la sabrosa manteca de puerco, el boniato, el tamarindo, las guayabas, los mangos, el quimbombó, los frijoles negros, los calamares, las jaibas, los plátanos, la yuca, el aguacate, el bacalao, el tasajo, el lechón y sobre todo el arroz” (125). El texto se extiende enumerando otros productos y, es de notar, que en otras secciones aparecerán menús preparados por Belén; este trabajo se servirá de algunos y citará los que halle convenientes para apoyar la lectura gastrocrítica que propone.

5 Los lectores interesados agradecerán ejemplos suplementarios de las selecciones de Belén para disfrutar, a través de los recuentos de Britton, de la gastronomía que rige la discursividad textual de Tocino del cielo. Aquí ofrezco un par de ellos en lo que sería la primera experiencia de la cocinera como encargada del menú de un restaurante. La novela expone “algunos caldos o sopas, tres platos fuertes, carnes, pollos, pescados, mariscos y lechón asado, acompañados de arroces, papas rellenas, tamal de maíz con puerco, potajes, frijoles, delicadas croquetas, vegetales, ensaladas con distintos aliños, los postres” (151). Esta última subdivisión culinaria merece un aparte, Belén recuerda, como parte de una narración en primera persona, que preparó postres que podían ser refrigerados, “natilla, flan de coco y naranja, pudín, majarete, tocino del cielo, panetela borracha, harina en dulce, helado de mantecado y queso de almendras” (el énfasis es mío, 151), son los ejemplos en que se destaca el título de la novela.

6 Sería importante recordar que Janet y Genaro Pérez entregaron un número de la Revista monográfica, de la cual fueron sus editores por 28 años (1985-2012), dedicado a la gastronomía y sus derivados en las letras hispanas. Recomiendo a los interesados la lectura de la introducción en su totalidad; la ficha aparece en las obras citadas.

7 Britton conoce a fondo la historia e idiosincrasia cubanas. La trama de su cuarta novela, Todas íbamos a ser reinas (véase la nota anterior sobre sus publicaciones), se desarrolla en una Habana republicana; la mayoría de los personajes involucrados es cubana. A su vez, su cuento “¿Quién inventó el mambo?” (¿Quién inventó el mambo? Panamá: Sibauste, 1996) constituye una interesante indagación sobre un aspecto fundamental de la musicología de la isla destacando, como es de esperar, la figura de Dámaso Pére Prado.

 

Obras citadas:

 

Blanco, María Elena. “Devoraciones”. Encuentro de la Cultura Cubana 10 (1998): 45-59.

Britton, Rosa María. Tocino del cielo. México: Suma de Letras, 2015.

Climent-Espino, Rafael y Ana M. Gómez-Bravo, eds. Food, Texts, and Cultures in Latin America and Spain. Nashville: Vanderbilt UP, 2020.

De Maeseneer, Rita. Devorando a lo cubano. Una aproximación gastrocrítica a textos relacionados con el siglo XIX y el Período Especial. Madrid y Frankfurt: Iberoamericana / Vervuert, 2012.

—. “Cuando la gastrocrítica se hace carne… y papel”. Saberes y sabores en México y el Caribe. Ed. Rita De Maeseneer y Patrick Collard. Ámsterdam: Rodopi, 2010. 9-19.

Esquivel, Laura. Como agua para chocolate. New York: Doubleday, 1989.

Garrido Domínguez, Antonio. Narración y ficción. Literatura e invención de mundos. Madrid y Frankfurt: Iberoamericana / Vervuert, 2011.

Jaramillo Levi, Enrique. Nacer para escribir y otros desafíos. Ensayos, artículos, entrevistas. Panamá: Géminis, 2000.

Navajas, Gonzalo. Literatura y nación en el siglo XXI. Murcia: Editum, 2017.

Padura, Leonardo. Personas decentes. Barcelona: Tusquets, 2022.

Pérez, Janet y Genaro J. Pérez. Introducción. “Feasting, Fasting and Gastronomy: Food in the Hispanic Literature”. Monographic Review/Revista monográfica 21 (2005): 8-25.

Ríos Torres, Ricardo Arturo. Testimonios contestatarios. Ensayos y reflexiones periodísticas. Panamá: Círculo de Lectura Guillermo Andreve, 2020.

Ruiz Zafón, Carlos. El prisionero del cielo. Barcelona: Bruguera, 2011.

Todorov, Tzvetan. Los géneros del discurso. Trad. Jorge Romero León. Caracas: Monte Ávila, 1996.

Vásquez, Mary S. “Food for the Journey: Walking the Border with Rubén Martínez and Luis Alberto Urrea”. Monographic Review/Revista monográfica 21 (2005): 180-93.

 

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HUMBERTO LÓPEZ CRUZ  

Nació en La Habana, Cuba (1959). Poeta, ensayista, investigador literario y profesor en la Universidad de la Florida Central / University of Central Florida (UCF) en Orlando,  donde imparte cursos sobre literatura, cultura y civilización latinoamericanas, crítica literaria y gramática. Sus campos de investigación incluyen las literaturas del Caribe hispano, Centroamérica y las letras hispanas en EEUU. En 2015 recibió el más alto reconocimiento otorgado por la UCF a sus profesores cuando fue nombrado “2015 UCF Pegasus Professor”. Ha publicados libros y capítulos de libros sobre aspectos de los temas en que se fundamentan sus investigaciones. Entre sus últimas publicaciones destacan ediciones compiladas sobre Dulce María Loynaz, Virgilio Piñera, Gastón Baquero, Guillermo Cabrera Infante y Rosa María Britton; además, ha publicado libros sobre autores de las letras panameñas. A su vez, es miembro del consejo editorial de varias revistas y organizaciones culturales, y lector anónimo de múltiples revistas y editoriales. Ha publicado artículos en diversas revistas nacionales e internacionales sobre aspectos de la literatura del Caribe, Centroamérica y la producida por hispanos en los Estados Unidos. Ha publicado tres poemarios en España: Escorzo de un instante (Madrid: Betania, 2001), Festinación (Valencia: Aduana Vieja, 2012) y Rocallas del andén (Valencia: Aduana Vieja, 2019). En la actualidad es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE).

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