BAQUIANA – Año XXVII / Nº 137 – 138 / Enero – Junio 2026 (Cuento III)

PERRUCHA

 

por

 

Alejandro Rosen

 


Hoy también intenté ir a buscarte, Perrucha. Pero como siempre sucede, permanecí en el camino esperando el viejo autobús Ford BB, el único que transita por aquí. Es un camino viejísimo, aún no hay casas a los alrededores. Supongo que debe ser 1930, o 1934, algo así. Seguro podría encontrarme con mis abuelos, aunque lo mejor que podría hacer es comprar terrenos y hacerme rico al venderlos en el futuro. Pero en vez de eso esperé todo el día el autobús, llenándome de polvo hora tras hora. ¿Qué me hace pensar que te encontraré si nacerás hasta 1982? ¿Qué me hace pensar que aceptarás regresar? No te acordarás de mí. Hace tanto que te fuiste que seguro no te acuerdas de mí.  Al caer el crepúsculo, como siempre sucede, tuve que arrastrar mi maleta a casa. Llegué antes de la cena. Nadie reparó en mí, Padre fue a buscarte hace una semana y no ha regresado. Le dije que no fuera, que yo iría a buscarte, que te conozco y sabría dónde buscarte. No me hizo caso. No quiero pensar en eso porque se me salen las lágrimas como a un niño. Madre nos llama y nos sentamos a cenar. es recurrente que piense que no tenga nada qué ver con estas personas; no nos parecemos en nada, no tenemos nada en común, más que tu pérdida. Y ahora la de Padre. Pese a todo, vivimos juntos. Cada vez que mi hermano menor se pone pesado y no quiere comer, mi madre le da corazoncitos de niño recién nacido. Yo le digo a mi madre que él debería comer avena como todos nosotros. Avena y paja es lo que lo hará fuerte, que lo está malcriando. Ella dice que los corazoncitos impedirán que le rompan el corazón.

Abuela no cena. Me ha tejido un suéter de lana. Antes te tejía suéteres que nunca llegaste a ponerte, ¿lo recuerdas? Ahora te entiendo. Los que me hace me quedan enormes, las mangas se arrastran por el suelo. Pero me lo pongo para que la vieja esté feliz. Todos la han olvidado. Hace días que no la alimentan. Cuando se acerca a la mesa con ojos suplicantes le arrojo algunas sobras tratando de que nadie se dé cuenta. Hace unos días le dije a Madre que Abuela tenía hambre, pero sólo me dijo “Más se perdió en el cerco de Numancia”. Cabe aclarar que Madre murió hace nueve años y por eso no se entera y no entiende de muchas cosas. No obstante, también comprendo que la vida es injusta y le doy la espalda a la abuela mientras le digo , “algún día”.

Hermano Mayor es el único que trabaja. Se encuentra en una jaula y se encarga de avisar si hay un exceso de bióxido de carbono en el ambiente. Abruptamente deja de cantar y todos corremos mientras él se muere de la risa y se atraganta con las semillas que le dan de comer.

Al lado del plato de Madre siempre hay uno para ti, Perrucha. Siempre hay salmón en ese plato y tu perfume alrededor.  Y siempre, cuando terminamos de cenar, Madre, con ayuda de un tenedor y con aire ausente, tira su contenido a la basura.

A mí me tratan con cierta deferencia porque el médico les dijo que padezco del síndrome del corazón roto y que no me queda mucho de vida. Sobre todo, Abuela. Ésta de aquí (que seguramente no es la misma que se acerca a la mesa) ve que regreso arrastrando mi maleta y me sonríe mientras acaricia mi mejilla. ‘¿Y Perrucha?”, me pregunta. “Se fue, abuela “, le contesto. “Pero ella está aquí, ¿por qué quieres buscarla en otro lado?”, insiste.  No le contesto, no podría explicarle que quiero saber por qué no duermo desde que te fuiste. Por qué te pienso desde el alba hasta el anochecer.

Algún día me iré de casa, algún día te encontraré y te convenceré para que regreses, me digo mientras veo hacia la ventana y por un momento veo lo que tú veías. pero no me engaño. Aunque quizá no depende del viejo autobús (¿por qué no te busco en tu época?), en el fondo sé que es inútil. Quizá es simplemente una pugna entre el deber y la realidad. “Algún día”.  Es lo que decimos cuando todo está perdido y aun así queremos generar esperanza, pese a que nunca se va a dar ese día.

Algún día.

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ALEJANDRO ROSEN

Nació en la Ciudad de México (1972). Maestro en Comunicación y Política y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha publicado en los periódicos El Financiero y Excélsior además de diversas revistas electrónicas. Cuenta con un libro de microrrelatos (Arco Voltáico, Los Reyes, 2005).

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