BAQUIANA – Año XXVII / Nº 137 – 138 / Enero – Junio 2026 (Narrativa)

UNA CUESTIÓN PARTICULAR

 

 por

 

Guillermo Arango

 


No era tal vez el mejor hotel del pueblo, pero tenía la seguridad de que tampoco era el peor, así que no tenía el porqué de quejarme. Lo cierto era que había reservado el hotel por Internet y que sabía muy poco del sitio hasta que no me registré. Además, tenía la experiencia de otros sitios que hacían que éste pareciera el Hilton. Estaba satisfecho con una cama cómoda en la que pudiera dormir a pierna suelta, y un restaurante en que la comida no me diera pesadillas.

     Fue entonces cuando la vi por primera vez, en el restaurante del Huntsville Inn.

     Serían alrededor de las siete y el sitio confluía con comensales. Estaba sentada en una mesa con varias personas, tres hombres y tres mujeres. Había por igual un joven que tendría unos veinte años, sentado al lado de ella.  Parecían estar hablando en voz baja y pensé era un cambio agradable al de las dos cotorras que tenía en la mesa detrás de mí, hablando como si estuvieran salvando al planeta de alguna catástrofe. Me volví un par de veces con la esperanza de que mirándolas con detinencia le pusieran más atención a la cena que tenían delante que a la conversación, pero no dio resultado. Realmente no pude comprender como dos personas tienen la capacidad de comer con tanta cháchara.

     Desde donde estaba sentado no tenía una buena perspectiva de ella, pero no obstante era obvio su figura atractiva. Yo seguía mirándola con interés, pero en realidad no hubo un momento en que las miradas se cruzaran, ni cuando ella, volviendo la cabeza hacia mi dirección, le pidió algo al camarero; ni siquiera cuando se levantaron al salir del restaurante. Continué comiendo y hojeando, con la innata curiosidad que me causan, el periódico local que había encontrado en mi habitación.

     Algo que me llamó la atención fue la cantidad de alcohol que consumieron. Había botellas de cerveza y de vino y supuse que se trataba una celebración familiar, aunque nadie parecía muy emocionado de estar allí o sonreír. Pensándolo bien, no es difícil ahora comprender el por qué, pero en aquel momento no le di importancia alguna.

     De las mujeres a la mesa dos de ellas podrían muy bien ser su madre y una tía, y el joven llevaba la apariencia de ser un hermano, no su hijo. Tenía las características faciales muy similares y ella, a todas apariencias, demasiado joven para tener un hijo tan crecido.

     Las viejas guacamayas terminaron la cena y se marcharon. Pedí café y un pastel de fresas con crema batida de postre, y mientras lo saboreaba me entretuve leyendo algunos de los artículos del periódico que antes había pasado por alto: actividades del municipio, detalles sobre conmemoraciones y otros eventos locales, los horarios del Bosque Nacional Sam Houston, y del Museo Nacional del Crimen, una de las atracciones turísticas del lugar, así como noticias pertinentes del Centro Penitenciario Estatal radicado en la ciudad. Luego comencé el crucigrama, pero pronto lo abandoné y me dediqué a leer los anuncios comerciales como una forma de conocer el pulso del lugar. Para un pueblo con pocas industrias y una población de unos cuarenta mil habitantes, una buena cantidad de ellos residentes en la prisión, me sorprendió la presencia de gimnasios, pistas de bolos, “salones de masajes”, y hasta los servicios de una “adivina”. Tomé otra taza de café y después de diez minutos salí de allí mientras el día se desvanecía en la incipiente noche.

No había planificado mi visita y aquella noche pensé meterme en un cine. Quería distraerme, no pensar en nada. Conduje por el pueblo un rato tratando de encontrar en la radio una estación que no tocara música “cowboy”. Luego tomé la carretera I-45 dirección sur-oeste. Terminé entrando en el Huntsville State Park y estacioné en el área designada como área de “picnic”. Bajé del carro y caminé hacia la orilla de un lago que se dibujaba a unos diez metros. La luna, redonda y limpia, era un blanco disco de plata. Se podía ver claramente al otro lado del lago donde los pinos se dibujaban oscuros y profundos. Era uno de esos sitios tocados de aliento espiritual. Sentí despertar la sabia del recuerdo y añoré aquellos tiempos con mis padres y mi hermano, el gozo de veranos radiantes frente a un lago muy similar al que tenía delante. Me pareció que todo en la vida tiene su secreto y su inquietud, lo mismo que la hondura de aquellos bosques. No sé cuánto tiempo estuve allí a la linde del berrocal, pero comencé a tener frío. Tan sólo llevaba una chaqueta ligera. Después de una última mirada a aquel sorprendente sitio volví al carro y conduje de regreso al hotel.

     Iba pensando en relajarme y mirar la televisión, pero cuando me dirigía a la escalera, con el rabo del ojo, la vi a ella en el bar del hotel, muy cerca de la recepción, sentada en una de las banquetas. Aunque me daba la espalda supe que era ella. Estaba sola y hablaba con la camarera detrás del mostrador. Le hacían compañía una botella de cerveza, un plato con tortillas y un pozuelo con salsa. Decidí olvidar la televisión, entré al bar y me senté dejando dos asientos entre los dos. Pedí una Coca-Cola y le pedí entonces si podía picar algunos de los nachos. Me ofreció el plato a la vez que se deslizaba al asiento junto al mío. Me dijo que se alegraba de compartirlos porque si no se los hubiera comido todos. Lo dijo llevándose una de las manos al estómago. Pensé que ella, con aquella figura, no tenía por qué preocuparse por unas libras de más. De inmediato me di cuenta de un ligero acento, algo musical y encantador. Le pregunté si le podía ofrecer algo de beber. Asintió mostrándome su cerveza hacia mi vaso.

     La luz intimista del bar no me dejaba valorarla, y supuse que tendría aproximadamente mi misma edad, aunque en realidad no me importaba. Se había cambiado y lucía ahora blusa y falda blancas. Cuando se inclinaba hacia la barra se podía ver el atractivo nacimiento del seno.

     —¿De visita? —me preguntó de sopetón.

     —Sí.

     —¿Cuánto tiempo va a estar en el pueblo?

     —Me voy mañana.

     —¿Dónde vive?

     —He vivido en muchos sitios, pero ya hace algunos años que resido en Chicago.

     —Mejor tiempo aquí, ¿verdad? —Luego empinó el contenido de la botella.

     La miré detenidamente. Llevaba el pelo corto y sus ojos, ya algo vidriosos, eran grandes y verdes.

     —Sylvia—me dijo. Sonrió y me extendió la mano.

     —Samuel—y le apreté levemente la suya.

     —¿Y qué has venido a buscar a Huntsville, Sam? —Lo dijo en un tono francamente familiar, más con espíritu que con palabras.

     —Soy ingeniero y estoy supervisando la construcción de un centro comercial.

     —¿Te gusta el trabajo?

     —Sí. La mejor manera de ganarse la vida es haciendo algo que a uno le gusta.

     Ella pidió otra cerveza y una Coca-Cola para mí. Cuando la camarera trajo las bebidas me preguntó:

     —¿La quieres con ron?

     —No gracias.

     —No acostumbro a beber, sabes— y de un tirón empinó la tercera parte de la botella.

     La miré con una sonrisa.

     —De seguro estás pensando que la gente que eso dice es porque beben demasiado.

     —No, no me importa, realmente.

     Ella rió. Me pareció llevaba un aire de ávida soledad y de urgencia, como el que acaba de bajarse de un avión. Luego añadió:

     —Es una ocasión especial.

     —¿Es por eso que estás aquí con tu familia?

     Ella asintió y tomó otro sorbo.

     —Tal vez la palabra “especial” no sea la correcta— dijo— o la apropiada, o lo que sea, del por qué estamos aquí.

     —No me tienes que contar nada.

     —¿Quieres salir afuera a fumar? ¡Me muero por un cigarrillo!

     —Lo siento no fumo. Pero te acompaño, si quieres.

     —Olvídalo —dijo. Luego se dio vuelta en la banqueta y me miró detenidamente. Me explicó que lo mejor era hablarle a un extraño sobre lo que estaba ocurriendo porque entre ella y su familia no cascaban palabra sobre eso. Hizo una pausa y terminó la cerveza.

     Yo tomé un sorbo de la Coca-Cola y extrañé que no tuviera ron.

     —Estamos aquí porque mañana a las seis van a ejecutar al hombre que mató a mi hermana.

     Quedé mudo por un instante.

     —Te sorprende, ¿verdad? —Alargó la mano para alcanzar los nachos.

     Permanecí callado. La miré con extrañeza y adiviné que no era la figura banal que había encontrado en el restaurante.

     Estaba claro que sentía aquella noche el ansia de comunicación humana, el incontenible deseo de hablar y escucharse a sí misma, con la esperanza de que sus callados gritos no le rozaran el corazón.

     —De seguro que después de oír esto te gustaría largarte de aquí—. Su tono era agrio, agresivo.

    —Tal vez.

     —Lo puedes hacer. No me importa— y se encogió de hombros.

     —Ya veo que necesitas hablar con alguien.

     Ella asintió agradecida y me puso una mano sobre la pierna tan sólo por un segundo.

     —Todo me da vuelta en la cabeza, sabes. Mi madre y su hermana, y mi hermano también, se han ido a la cama, como si tal cosa, como si regresaran del cine. Sabíamos que esto iba a suceder pero así y todo no me cabe todavía que es algo normal.

     —Lo comprendo. Está fuera de lo común.

     Sonrió y dejó escapar un largo suspiro. Creo que fue un alivio para ella que no me hubiera alterado. Aunque casi no había bebido la Coca-Cola me pidió otra y una cerveza para ella. Observó pacientemente a la camarera servir las bebidas y después de una pausa me dijo:

     —No te interesa saber los detalles, ¿verdad?

     No respondí y ni siquiera la miré.

     —¿Lo que ese animal hizo con ella?

     —Mira, no tienes por qué… —no me dejó terminar.

     —La golpeó con tal fuerza que necesitaron el registro dental para identificarla.

     Se acercó más a mí pero no hizo esfuerzo alguno por bajar la voz.

     —La violó, le pegó salvajemente, y le cercenó la garganta como si fuera un cerdo, y cuando terminó, se sentó y se preparó un plato con comida… Y ahí tranquilo se quedó comiendo como un asqueroso hijo de puta, mientras mi hermana, de tan sólo diecinueve años, se desangraba en su cama.

     No dije nada tampoco en esta ocasión. Tan sólo suspiré.

     —Así que lo que ocurrirá mañana ni siquiera sirve para nivelar la cuenta. No con lo que él hizo—. Alzó la cabeza como deseosa de manifestar un vengativo desdén.

     No dije nada y observé las bebidas sobre el mostrador.

     —¿Qué me dices de todo esto?

     No era una pregunta fácil de responder, pero le dije que comprendía el por qué estaba furiosa.

     —Lo dudo — respondió de inmediato.

     —Es posible. Ella no era mi hermana.

     —No, no lo era.

     —No es algo fácil de tragar. Algunos de estos individuos han estado esperando por años —le dije, mientras movía los cubitos de hielo en el vaso.

     —Nick Caudill, ese cabrón, ha estado esperando por cuatro años y seis meses. Todos hemos estado esperando con él—. Lo dijo con toda tranquilidad en la voz. Asentí lentamente, mostrando cierta emotividad.

     —Por venganza.

     —No me importa como lo quieras llamar—apuntó, armada de firmeza—. He conocido gente que cree que un asesino debe morir de la misma forma que su víctima, abrazando aquello de ojo por ojo… No me importa un coño si es tortura o no. Lo que sea debe doler. ¿No crees, Sam?

     Me quedé pensativo mientras ella tomó otro sorbo de la botella.

     —Nadie sabe si con la inyección se sufre o no. Nadie ha regresado para contarlo—dijo, subrayando la frase con una sonrisa amarga, que más parecía una mueca, mirando vagamente a ninguna parte.

     No dije nada. Lo último que quería en aquel momento era entablar una discusión sobre la pena de muerte. Me di cuenta que el plato con los nachos estaba vacío.

     —Espero poder verlo en sus ojos —añadió, y se hundió en la banqueta. Había comenzado a alargar las palabras y el aliento a alcohol era evidente.

     —Cerramos en diez minutos —dijo la camarera, y puso el billete de la cuenta sobre el mostrador. Le pagué mientras Sylvia me dijo en un susurro:

     —Sam, no puedo estar sola esta noche.

     —Sylvia, estas aquí con tu familia.

     —No, tú sabes bien lo que quiero decir—. Pronunció aquello con gesto contenido y ardiente. Sus ojos súbitamente parecieron más profundos, implorantes, insinuando una pregunta no dicha.

     —Está bien, no tienes que rogar.

Ella y su madre compartían una habitación por lo que fuimos a la mía. No hizo más que entrar y sacó una cerveza del minibar. Nos quitamos los zapatos y nos sentamos en la cama con las espaldas reposando contra la cabecera. La ventana estaba abierta unas pulgadas y el tráfico de la carretera I-45 era un sordo murmullo, como un insecto atrapado tras un vidrio queriendo salir.

     —No sé cómo me voy a sentir— me dijo.

     —¿Mañana?

     Ella asintió levemente.

     Me vino a la mente su cara allá en el bar, en la forma en que hablaba como queriendo que aquella pena de muerte doliera hasta la raíz.

     —Espero que te sientas aliviada.

     —Es algo que todo el mundo no tiene la oportunidad de ver, ¿verdad?

     —No, no lo es.

     —Algo que no se olvida—. Se deslizó en la cama y cerró los ojos por unos segundos.

     —¿Crees que te considerarás culpable cuando todo haya terminado?

     Sus ojos permanecieron cerrados mientras movía negativamente la cabeza.

     —Ni lo pienses—dijo.

     —Espero que así sea.

     —¿Por qué me voy a sentir culpable cuando ese monstruo nunca se sintió?

     —¿Lo sabes de cierto?

     —No creo que un hombre de esa calaña tenga sentimientos nobles—. Lo dijo mientras abría los ojos. Tomó un sorbo de cerveza.

     Quedamos sin hablar por unos segundos.

     —Escribió una carta hace unos meses donde decía que estaba arrepentido. Se dice cualquier cosa cuando se tiene la soga al cuello. El abogado de seguro le dijo que la escribiera… También decía que se había reconciliado con Dios.

     —Eso ocurre con mucha frecuencia en esas situaciones.

     —Si es así, mañana lo va a ver cara a cara.

     —¿Eres creyente?

     —Sí.

     —Pero esa actitud ¿no será un problema para ti?

     —¿Por qué iba a serlo?

     —¿Dónde se quedó aquello de “no matarás”?

     —Es algo en lo que ese cobarde no pensó,

     —No me parece que creyera en nada cuando cometió el crimen.

     —No soy yo la que va a hacer justicia. Se recoge lo que se siembra, ¿no?— Lo dijo irritada, levantando la botella.

     —Algo por el estilo—añadí.

     —Así es—. Se incorporó y se apoyó en un codo y deslizando una pierna la montó sobre la mía.

     —¿Por qué rayos estamos hablando de esta mierda?

     —Tú fuiste la que habló de Dios—le dije.

     —Hay otras cosas de las que prefiero hablar—. Parpadeo por un segundo, fue un gesto que tal vez tuvo la intención de seductor, pero que la hizo parecer más embriagada.

     —Hay otras cosas que me gustaría hacer— lo dijo con toda intención.

     —Sylvia, no creo que sea una buena idea.

     —Sé muy bien que es lo que quieres. Ya te vi mirándome en el restaurante.

     —Tan sólo miraba.

     —Conozco esas miradas.

     —No lo suficiente. Tienes que descansar… No te vas a sentir bien mañana—le dije.

     —Mañana será otro día. Ahora, ¿qué piensas hacer? —me dijo, serenamente ebria. Luego, impúdica, me puso una mano entre las piernas.

     Se levantó y comenzó a desvestirse. En contraste con el lienzo blanco de la blusa y la falda, se destacó una mujer de carne potente y oscura. Le relucía la piel tensa y bruñida y le crecía el brillo insistente de la mirada.

     Todo fue relativamente rápido. Creo que lo necesitaba más que yo. Hice todo lo que me pidió. De seguido nos quedamos dormidos.

     Salí temprano sin hacer ruido. La dejé envuelta en la sábana. Puedo decir que, aparte de que me gustan los nachos y la salsa, todo lo que le había dicho sobre mi persona había sido una mentira.

La prisión era un edificio imponente. Uno de los agentes presidiarios me condujo del vestíbulo del salón de visitas a través de una estrecha puerta gris de metal, a una estancia adyacente a la cámara de ejecución, desde donde se podía presenciar, a través de una ventana, el ajusticiamiento. El lugar estaba lleno, testigos oficiales del hecho: representantes estatales, delegados del sistema penal y periodistas. El capellán de la institución por igual estaba presente. La prisión trata de separar hasta el último momento los grupos involucrados: la familia de la víctima y la del ajusticiado.

     Cuando entré todos los presentes, como un resorte, se volvieron a mirar al recién llegado. Sylvia estaba sentada al extremo de la primera fila con su madre a la derecha y la otra mujer y el hermano al otro lado, y noté la palidez en su rostro. Le asentí con un leve gesto, pero no respondió. Su madre entonces le susurró algo y ella se sacudió con un movimiento negativo.

     Me senté en el primer asiento que encontré en la tercera fila, en unas sillas marcadas “Prensa”, donde podía observar su perfil. Un silencio incómodo llenaba la habitación el que se hacía más intenso cuando alguien movía la silla o tosía. En un momento dado uno de los agentes habló sobre el procedimiento y descorrió la cortina que hasta ahora había impedido la visión.

     Nick Caudill ya estaba atado a la camilla.

     Había tres individuos dentro de la cámara con él y uno de ellos le preguntó si quería decir algo. Nick asintió y otro de los guardianes trajo un micrófono. Casi en un susurro dijo lo mucho que sentía por lo que había hecho, y por todo lo malo con que se había comportado con su propia familia a través de los años. Terminó diciendo que todos aquellos del otro lado del cristal miraran con detención la vida que él dejaba y que aprendieran algo. No sé realmente lo que quiso decir con aquellas palabras y no creo que yo, ni nadie en aquellas circunstancias, tendría la oportunidad de preguntarle.

     Cerró los ojos y uno de los guardianes hizo una señal.

     Le administraron tres inyecciones, una después de la otra: la sedativa, la paralítica, y el veneno.

     No hubo ninguna reacción de su parte, después de unos minutos sus labios se tiñeron de azul y no tardó mucho para que todo terminara. Le presté atención a su rostro, a sus facciones, tanto como a las de ella. Sabía que yo la estaba mirando. Que estaba pensando en todo aquello que había dicho la noche anterior en el Huntsville Inn, y en todas las cosas que me pidió que le hiciera.

     Salí de aquel sitio antes que ella, pero me quedé el tiempo necesario para echarle una última mirada. Su cara estaba lívida, apagada, señal de que aún la mordía el maleficio del momento, y no sé hasta qué punto la madre la sostenía o ella sostenía a la madre. Pensé que había tenido razón cuando dijo que sería algo que nunca olvidaría.

     Al abandonar la prisión me sorprendió el brusco resplandor de la luz. Conduje rápidamente. Había un pequeño grupo de manifestantes con pancartas y velas. Unos cantaban algo y otros sostenían fotos de Nick. Ahora ya no tenía nada que hacer allí. Quería volver al lago del día anterior y disfrutarlo a la luz del sol recordando viejos tiempos. Necesitaba claridad y espacio. Un lugar donde se pudiera respirar un aire puro, cristalino, emitido por el espejo cóncavo del cielo. Más tarde, con todos los arreglos hechos, tendría que regresar a la prisión y reclamar el cuerpo de mi hermano.

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GUILLERMO ARANGO

Nació en Cienfuegos, Cuba (1939). Es poeta, narrador, ensayista y dramaturgo. Cursó estudios de Arte, Filosofía y Letras en la Universidad de Santo Tomás de Villanueva (Cuba) y de Creación Literaria en la Universidad de Loyola (Chicago). Por muchos años se dedicó a la enseñanza universitaria. Ha ejercido por igual la crítica cinematográfica. Ha publicado siete libros de poesía, siendo el más reciente Ceremonias de amor y olvido (Linden Lane Press, 2013). Ha publicado tres libros de relatos bajo el sello de Ediciones Universal: Gatuperio (2011); El año de la pera tradiciones, relatos y memorias de Cienfuegos (2012); y El ala oscura del recuerdo (2013). Ha publicado un libro de ensayos literarios Visiones y Revisiones (2020) y siete libros de obras teatrales bajo el sello de Ediciones Baquiana: TeatroTodos los caminos, Nube de verano, La mejor solución (2016); Teatro IILos viejos días perdidos, Entre dos, Encuentro, Ensayo de un crimen (2017); Teatro III Retablillo del amor rey: Un testigo veraz y La petición de Rosina, Una proposición decente, Las dos muertes de Gumersindo el indiano, Romance de fantoches (2017); Teatro IV ─  Mañana el paraíso, Noche de ronda, La corbata roja, El uno para el otro, Mi hermana Vilma, Dos trenzas de oro, El plato del día, Espejismo, Coto de caza, Los pescadores (2018); Teatro VAdagio, Un lugar para vivir, La ruta de las mariposas, El parque de las palomas, El viento que pasa (2019); Teatro VI ─ Hoy es siempre todavía, La recepción, La familia de Adán, Propiedad en venta, A la luz de un relámpago; y Teatro VII ─ Un día de reyes, Esos juegos del amor, Una corona de flores  (tres comedias en tres actos). Ha sido becado en tres ocasiones por la National Endowment for the Humanities. Ha sido ganador de premios en las categorías de poesía y narrativa. En el 2008, su pieza dramática Todos los caminos, fue galardonada con el Premio Internacional de Teatro “Alberto Gutiérrez de la Solana”, auspiciado por el Círculo de Cultura Panamericano en Nueva Jersey. Ha publicado y presentado trabajos de investigación literaria en revistas y congresos nacionales e internacionales. Es miembro de diversas organizaciones literarias y profesionales. En octubre de 2016 le fue concedido el Premio Ohio Latino Award por su excelencia literaria. Reside desde hace varias décadas en el estado de Ohio, EE.UU.

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