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Antes de pasar al análisis de uno
de esos tantos relatos privilegiados del último libro de Borka
Sattler, La cama verde, quisiera enfatizar lo que ya
una vez expresé en mi prólogo a La cama verde en
relación a las vías que llevan a la creación en el universo de
Borka Sattler:
Si se debiese
sintetizar lo que significa el proceso de escritura en este
libro [y en todos los] de Borka Sattler, sería necesario decir
que el proceso en sí va remedando un procedimiento casi
pictórico de sensaciones y psicologías del espíritu, concierto
de pulsaciones y trazos, de asociaciones y gestos cuya acción
conjunta redunda en imágenes vívidas que reflejan los estados
de conciencia en que fueron producidos. Hay momentos donde
existe un regreso al ser y al tiempo en gestación, y al
despliegue. A veces la voz poética da entrada a lo onírico,
al mito, a la profecía y al recuerdo; y se pasea, intemporal y
etérea por momentos, y por esferas muchas veces disímiles. El
estilo de Sattler es depurado y reflexivo. Hay ardor
intelectual y hay gracia y frescura en las páginas de La
cama verde, quizá porque se vislumbra un auto-exilio en
[su obra] que incondicionalmente ha encontrado patria” (La
cama verde, Prólogo, 13).
Acto seguido me propongo entrar de lleno en lo que de ahora en
adelante será la temática de mi ensayo. El cuento que he
escogido para mi análisis se titula “Manuela”, ubicado en su
último libro, La cama verde, y es sobre la protagonista
del relato, la joven sirvienta Manuela, que he basado mi
investigación. Para mí es primordial enfocar la cuéntistica
de Sattler dando lugar principalísimo al universo femenino,
tan representativo en la narrativa de la autora. La mujer
sattleriana es “ente y esencia” y, sin lugar a dudas, forma
parte activa e importante de la sociedad en que la que vive.
No importa el papel que se le haya dado a la protagonista —ya
sea criada, jefa, prostituta, artista, monja o señora—, las
heroínas sattlerianas son portadoras de gran poder e
influencia; ellas son siempre “protagonistas” en cada una de
las tramas que forman la narrativa de Borka Sattler.
En
“Manuela” la trama explora íntimamente ese mundo en el que
habita la mujer peruana; aprendemos de sus costumbres, de su
vida doméstica y del ambiente que la rodea, todo con lujo de
detalles. Manuela es una indiecita, sin educación,
verdaderamente joven e inexperta en las cosas de la vida, del
amor y de los hombres. Este último relato de La cama verde
nos cuenta que Manuela ha sido huérfana a una temprana edad,
siendo adoptada por la familia de Don Francisco Granda,
propietario de una hacienda, en la cual se cría, crece y luego
se convierte en sirvienta de la adinerada familia. Manuela es
representativa de tantas otras mujeres aborígenes, las que
desde su nacimiento se convierten en la propiedad de un
terrateniente rico, el que, por el derecho que le da el ser su
amo, puede a su guisa hacerlas sus amantes si es su deseo, y a
la vez continuar a explotarlas por considerarlas su
pertenencia.
Cabe decir que la sirvienta Manuela solo tiene su primer y
único encuentro “amoroso”, por llamarlo así, con su patrón,
Don Francisco Granda, y conste que, al parecer, fue un
instante sexual de pura casualidad, ya que nunca más volvería
a repetirse. Una noche de lluvia torrencial, Don Francisco
llega borracho a su finca, se topa sin querer en el gallinero
con la indiecita Manuela y, allí sucede todo; entre las yemas
y las claras de huevos de múltiples gallinas, el hombre, en un
acto espontáneo de ebria y violenta pasión, al ver y tocar su
cuerpo entre las mojadas ropas que ésta lleva, le hace el amor
a su sirvienta. Indiscutiblemente, un reprensible acto de
violencia ha sido cometido por el amo para con su sirvienta,
como tantas veces sucede en las relaciones de los que tienen
poder con los que solo tienen deberes y silenciosa
obediencia. Sin embargo, más que una violación ha sido un
total abuso, de confianza y de respeto, por parte del dueño de
la hacienda hacia su sirvienta, como también del hombre hacia
la mujer, una mujer a quien él bien conocía.
Por otra parte, Manuela no se resiste ante la embestida sexual
de su amo porque quizá, desde su adolescencia, ella se ha
sentido parte de este hombre que ahora la humilla con su
corpulento cuerpo pesando sobre el suyo virginal; tal vez la
sumisa conformidad que experimenta tiene sus orígenes en aquel
lejano día en que su madre yace muerta, desde hace muchos
días, en la casucha que ellas llamaban hogar, y Manuela vaga
sola y hambrienta por las orillas del mar, esperando la
llegada de su propia muerte, cuando, de repente un córcel con
un hombre montado, la saca de su roce con la muerte, de su
paupérrima condición de mujer indígena, y de su mísera
soledad:
Se veía descalza
por la playa buscando consuelo en las orillas del mar. Su
madre estaba muerta allá en la choza y ella deambulaba por
esas arenas buscando desaparecer, cuando oyó el trote de un
caballo entre el aletear de las gaviotas. Se acercó a ella
justo cuando su cuerpo se quebraba de inanición, había estado
muchos días al lado de su madre moribunda sin probar bocado
alguno. Francisco Granda la llevó a su casa, la señora Leonor
curó su cuerpo y allí estaba dueña de un espacio, su cuarto.
Dueña de su cama, que era para ella sola; y dueña de
despertares con alimento. Cada mes también era dueña de un
dinero que guardaba celosamente (155).
Se puede aún insistir, con toda razón, en que el abuso al que
ha sido sometida Manuela no tiene disculpa alguna, pero el
texto se complace en irnos a la contraria, porque la misma
Manuela, entre remordimientos y sus oraciones al cielo,
también se percata de sus sentimientos respecto a lo sucedido,
los cuales son contradictorios a los de una mujer violada:
Este acto
furtivo en el que sintió felicidad, en el que la
multiplicación de manos, de dientes, de labios, colmó todos
sus sentidos y la redujo al recipiente que recibió toda la
energía de ese hombre. No, no querría engañarse, la embestida
del macho desbocado dando rienda suelta a su naturaleza tuvo
lugar por su disposición, por el gozo desconocido que se
apoderó de ella esa noche de lluvia y entre todos esos huevos
destrozados (154).
Esto nos dice la narradora[1];
aunque sigo insistiendo, no cambia en nada la naturaleza de la
violación per se; Francisco Granda en aguda borrachera
abusa de su sirvienta, y esta ignominia puede suceder sin que
haya represalias ni castigos porque la legendaria tradición en
la que se basan las relaciones entre amo y subalterno la
apoya, aún hasta nuestros días.
No
obstante, en la narración todo parece indicar que el
imperdonable acto de violencia cometido por Don Francisco
Granda ocurre en un lieu providencial que transforma
este hecho, indiscutiblemente aberrante, al desplazar la
escena que acaba de ocurrir a un plan casi metafísico,
mostrándonos un espacio alterno en el cual lo natural y lo
sobrenatural se han unido por unos instantes. Esta
transformación sucede porque, como ocurre con frecuencia en la
narrativa de la autora, es en un mundo alterno, lleno de
acontecimientos insólitos y poco frecuentes, que Sattler
desarrolla a sus personajes. La llamada “zona de
coincidencia” es el único espacio “homogéneo, infinito,
simétrico y multifacético, en el cual elementos contrastantes
y contradictorios coexisten sin antagonismos” (Ricci 131).
Un
común gallinero se convierte en “zona sagrada” gracias a la
técnica de Borka Sattler; los huevos rotos, también ellos se
convierten en leit motiv, porque, en ese lugar común
—adulterado por la presencia de lo que en América Latina
llamamos lo real-maravilloso— los personajes se transforman y
se elevan a un nivel en el que lo inesperado y lo inexplicable
puede llegar a suceder. Tal y como sucede en tantos otros
relatos, ya sean bíblicos, legendarios o míticos, en este
cuento que emana de las vivencias peruanas, un acto de deseo
loco e inesperado, engendra la venida de un pequeño ser, quien
cambiará con su nacimiento la secuencia de la historia de una
pareja que hasta ese entonces solo había engendrado hijas
hembras, blancas, rubias, demacradas, e incapaces de asumir el
patrimonio que les legaría un buen día su padre. Este varón,
hijo de la sirvienta y su amo, mestizo, fuerte, de sangre
mezclada, será el que tomará las riendas de la hacienda el día
que su padre muera.
Reflexionemos sobre los orígenes, parece decirnos la
trama de este cuento; lo ancestral de la raza, o sea, el
abolengo de la raza aborigen peruana, se reivindica con esta
historia de “amor” que nace del encuentro entre la indiecita
Manuela y su amo blanco, de pura descendencia española, al
parecer. Borka Sattler quizá desee mostrarnos que los
peruanos son, quiéranlo o no, hijos del inca; y la india
Manuela es la representación del ciclo de su raza, raza
gloriosa y sufrida, cuya legendaria historia sigue
repitiéndose hasta nuestros días. El sentido bucólico, y por
lo tanto casi mágico, que la autora da al ambiente en el que
se desarrollan los hechos es magistral. El ambiente es muy
peruano, pero Sattler lo eleva a un nivel casi de ensueño,
ubicado en una naturaleza exótica y fulgurante de vida, tan
típica de toda Latinoamérica: “Un gran emporio de frutales que
llegaba a la playa donde la dulzura de las naranjas y manzanas
contrarrestaba la sal del mar” (La cama verde 149).
Sin embargo, además del tema del amor y sus variantes, los
leit motives son elementos imprescindibles en la obra de
Sattler; acto seguido expondré los principales en el relato
que analizamos hoy.
Por
ejemplo, el uso de la técnica de lo real-maravilloso es pan de
cada día en el opus de Borka Sattler, al punto de
convertirse en leit motiv. Parece ser de importancia
para la autora la convivencia de varios niveles o planos
diferentes, los que fluyen de una manera muy sútil entre lo
real y lo meta-real. Lo real-maravilloso es el hilo
unificador en este cuento de Sattler entre el estado anímico
de la protagonista —Manuela— y el ambiente físico que la
rodea.
El ambiente
físico en “Manuela” se caracteriza por establecerse como una
misteriosa zona sagrada, inviolada y por lo tanto de difícil
acceso, como todo ambiente que es regido por la técnica de lo
real-maravilloso. En el relato esta zona sagrada se ubica en
el corral de las gallinas. El lector es testigo de como una
tormenta “muy singular en esos lares” (152) fuerza a Manuela
—quien había ido a revisar porqué las gallinas hacían tanto
estruendo en el corral— a quitarse la colcha con la que se
cubría el cuerpo casi desnudo —porque solo traía un camisón de
dormir bajo la manta—. La fuerte lluvia había empapado al
pobre y borracho de Don Francisco, quien se había ido a
guarecer en el corral de las gallinas, ya que posiblemente ni
idea tenía de donde se encontraba; Manuela lo seca con su
colcha, él la agarra por un tobillo y la tira al suelo,
haciéndole el amor sobre “las yemas, las claras y las cáscaras
de huevo que les sirvieron de cama” (152). En ese lugar, en
esa zona sagrada protegida por una lluvia especial y feroz,
entra en el cuerpo de Manuela “la chispa de la vida” (153).
El ambiente
físico es un colosal Weltanschauung en este cuento de
Sattler. El inesperado encuentro ocasionado por una noche de
borrachera en el corral de las gallinas va a reflejarse en el
estado anímico de Manuela, no solo esa noche, sino a través de
toda su vida. Cuando Don Francisco tropieza y rompe los
huevos, esta acción crea una especie de metáfora, la cual
dirigirá a Manuela a través de todas sus experiencias de
vida. Desde que se rompen los huevos y Don Francisco impregna
con su semilla el vientre virgen de esta indiecita, su vida
cambia totalmente; su tristeza se convierte en callada alegría
y su falta de oportunidades en el mundo de los blancos toma un
giro inesperado. La lluvia que ha caído ha refrescado la
tierra y así también las esperanzas de una vida mejor para
Manuela. El resultado de una noche imposible de imaginar en
la realidad cotidiana es el nacimiento de un hijo varón que
llenará de alegría la vida de todos en la hacienda. Su madre
hará el sacrificio de entregárselo a los amos para que lo
crien como su hijo, y ella lo mimará, lo cuidará, lo vigilará
siempre como su nana amada, a quien él llegará a idolatrar
casi “como si fuera su madre”. El sacrificio es válido; al
hacerlo ella podrá vivir una vida mejor, cerca de su amado
hijo, y él heredará una fortuna y una hacienda, lo que de otra
forma sería un imposible, como hijo bastardo de una indiecita
y su amo. Por su parte, el amo —quien está de viaje cuando el
arreglo entre ama y sirvienta tiene lugar— siempre creerá que
este hijo es suyo con su mujer; y su esposa, quien solo podía
dar a luz niñas, logra, gracias a su pacto con Manuela, darle
por fin el hijo deseado a su marido. Sin embargo, el hijo del
amo tiene dientes fuertes y ojos almendrados; Don Francisco,
extrañamente, también los tiene, y con la simple lectura de
esta frase al final del relato, el lector se da también cuenta
de que los ojos almendrados de Javier son también casi un
pretexto, desde la perspectiva de lo real-maravilloso, para
insinuar que el destino ya tenía deparado que la tradición
continuara, y que el pasado de Don Francisco también se
refleja simbólico en el presente de su hijo:
Como se parece a
mí hace treinta años, pensó complacido cuando reparó en que
Manuela lo recibía con un vaso de jugo de frutas y una toalla
para limpiarle el sudor. Al mirarlos juntos un pensamiento
corrió por su mente: “¿Es que los hombres nos mimetizamos con
las mujeres que nos quieren tanto? Mi hijo tiene mucho de su
nana Manuela, hay algo en su rostro, sus pómulos, su boca”,
rió Francisco Granda. A mí también me decían que me parecía a
Julia, mi adorada nodriza, siguió riendo (160).
Además del ambiente físico, tan importante como aliado de los
estados de ánimo de la protagonista del cuento analizado en
este ensayo, también aparecen como Weltanschaunng en el
relato las raíces indigeno-peruanas que caracterizan a muchos
de los personajes en la narrativa de Borka Sattler. Esto no
debe de extrañarnos, ya que en palabras del propio Antonio
Cornejo Polar, “en 1888 don Manuel González Prada afirmó —lo
que evidentemente era escandaloso en ese momento— que el
‘verdadero Perú’ estaba formado por las masas indígenas de la
zona andina” (Cornejo Polar 39-40).
Es evidente
que cuando se trata del aspecto físico-emocional de los
cuentos de Borka Sattler, la estampa adquirida en sus años
formativos, transcurridos en su tierra natal y en contacto
diario y cercano con diversos personajes de la cultura
principal del país, hace inmediato acto de presencia. Además,
el escenario y el ambiente local en donde se lleva a cabo la
trama del cuento estudiado tienen lugar en la zona serrana de
los Andes peruanos. La manera en que la autora relata las
vivencias de sus personajes coincide con la perspectiva que
propone Earl M. Aldrich Jr. en relación a los Cuentos
andinos de López Albújar, al explicar que: “Coincidiendo
con la individualización del indio serrano está el hacer un
acercamiento objetivo por parte del autor/autora a la
situación del mismo” (Aldrich 45-46).[2]
Por ejemplo, en
el cuento “Manuela” encontramos diferentes y variadas
evidencias del pasado y las costumbres indígenas de la región
andina y la relación tan común que existe entre la servidumbre
y el patrón en una hacienda de la sierra peruana. Los
personajes representan al pie de la letra sus papeles. Los
personajes de Manuela y Clotilde exponen dos niveles del
escalafón que rige la servidumbre de una casa adinerada; en
ambos casos se encuentran representadas algunas de las
características vinculadas a la conducta de una sirvienta, o
sea, la sumisión al amo, la humildad y el mucho respeto que se
le debe al patrón, en este preciso caso, al Sr. Don Francisco
Granda, quien junto con su esposa y sus dos hijas representan
por su parte ejemplos de la conducta tradicional de los
propietarios de una hacienda peruana.
En suma, en
el cuento en cuestión, Borka Sattler presenta imágenes
ejemplares y típicas que emanan tanto de la sociedad citadina,
blanca y mestiza, y de la rural-indígena del Perú, las que,
sin lugar a dudas, influencian su expresión escrita. Ante
todo, entre la magia y la realidad, somos testigos de la
situación que vive la mujer andina, quien, con su augusta
fortaleza, encarna el poder social, humano y espiritual del
pueblo andino y lo representa cabalmente en toda la
autenticidad de sus sentimientos, los que son justos reflejos
de la intrínseca idiosincrasia del pueblo peruano.
Además de todo
lo antes dicho, y en relación a la importancia que tienen las
figuras femeninas en la obra de Borka Sattler, tampoco se
puede dejar de lado el hacer la pregunta “¿quién es en
realidad la protagonista de este hermoso cuento de la
autora?”. No es difícil hallar la respuesta; Manuela es fiel
ejemplo de los personajes típicos que pueblan la literatura
femenina latinoamericana contemporánea. Isabel Allende,
renombrada escritora chilena, comenta que “a través de la
literatura femenina, la mujer latinoamericana logra superar
los estereotipos establecidos por los hombres y llega a ser
una persona real, con sentimientos y preocupaciones reales”
(Allende 5). Es decir, en el reino de la literatura escrita
por mujeres la “típica” mujer sometida y sin voz, deja de
existir; cada mujer se presenta ahora como un individuo único,
libre y con voz propia. Entonces, ¿cómo encajaría la
protagonista de “Manuela” en el marco de esta nueva literatura
femenina?
Yo
diría que Manuela muestra una de las múltiples facetas de la
conducta femenina latinoamericana. Manuela es, como ya se ha
expuesto anteriormente, una joven indígena que trabaja como
empleada doméstica en la hacienda del acomodado Don Francisco
Granda. Manuela es muy humilde, no tiene nada y a nadie en el
mundo; los Granda, en sus ojos, han llegado a ser como su
familia, aunque ellos solo la ven como una simple empleada.
Por supuesto, su posición parece empeorar cuando se entera de
su embarazo puesto que, como es de esperarse, su situación
financiera nunca podría permitirle criar a un hijo con la
holgura debida. Manuela no puede ni siquiera pensar en traer
un niño al mundo porque carece de todo; en su vocabulario no
existe la frase “recursos materiales”. No obstante, las
circunstancias en las que se encuentra nuestra heroína quedan
muy bien definidas gracias a la técnica empleada por Sattler;
la autora siempre las describe de manera directa, sin
exageraciones, lo cual ayuda a establecer el fuerte contraste
que existe entre cada uno de los ambientes físicos que rodean
a la protagonista.
Por su
parte, la narradora, al describir a Manuela, la describe,
también de forma muy clara y directa, esta vez enfatizando a
través de sus acciones su miseria y su insignificancia y no
con adjetivos que, por el contrario, pudieran indicarnos sus
atributos físicos —si es que alguno tenía—; ¿para qué osar
describirla físicamente ante los ojos de todos esos que no se
preocupan de ella, pobre indefensa indiecita serrana?:
Eres casi una
niña y no dejaré que te vayas de aquí con un hijo al que no
podrás criar. No tienes a nadie y seguramente que el padre es
un inconsciente de esos que no les importa la consecuencia de
sus actos … Tú te quedarás con nosotros y verás crecer a tu
hijo como patrón de estas tierras, pero no le dirás nunca que
eres su madre.
La
confusión llenó el cerebro de Manuela y sólo pensó que su
hijo, el hijo del patrón, tendría todo lo que ella nunca le
podría dar. Abrazándose a Leonor lloró mucho dándole las
gracias. (158)
Por supuesto, el medio
ambiente también influye de forma determinante en el estado
anímico de una persona; esto se ve claramente a través del
relato. Manuela es una muchacha muy humilde e insegura; su
profesión de sirvienta es lo único que la define en el mundo.
Cuando Manuela se dirige a alguien, ella habla “en voz bajita,
temerosa, para no alterar...” (149). Manuela no tiene
opciones; la única seguridad que tiene en la vida es la
mensualidad que recibe del Señor Granda por sus servicios, y
por lo tanto no puede echar todo abajo, y perder su trabajo,
por culpa de un embarazo fuera de lugar y tiempo. El ambiente
en el que vive Manuela determina su posición en el mundo; ella
nunca podrá ser independiente, y ella bien lo sabe.
Manuela
está sola, ya no le queda nadie de su familia, y tampoco
parece haber amado nunca, quizá porque aún es muy joven; su
primer y único hombre —y no digo enamorado— ha sido el Señor
Granda. Manuela nunca sonríe. No obstante, el amor es el que
la hace por fin vivir y por eso el relato termina de manera
tan hermosa. Como resultado de aquella noche en el gallinero, Manuela llega a conocer el amor a través de su hijo Javier; y
por amor, sacrificará el poder llamarlo su hijo para que él
viva feliz y logre tener todo lo que ella no le puede dar.
Ella será feliz solo con estar a su lado, cuidarlo,
protegerlo, mimarlo, y amarlo en silencio. Esto es mucho más
de lo que ella jamás hubiera podido ofrecerle a él y ofrecerse
a sí misma. El mensaje de Sattler es evidente: solo a través
del amor podemos encontrar la felicidad en esta vida.
La misma Borka Sattler
lo ha dicho muchas veces, el amor, de una forma u otra,
siempre está presente en sus cuentos. En consecuencia, el
amor es un Weltanschauung importantísimo en la
narrativa de la autora. Indiscutiblemente, las mujeres
sattlerianas, independientes o sumisas, ricas o pobres,
blancas, mestizas o indígenas, todas tienen algo en común, la
necesidad de amar para que su vida sea completa.
En conclusión, si
tuviéramos que definir el universo de Borka Sattler en una
sola frase, yo sugeriría que tomásemos en consideración ante
todo su estilo tan especial y su detallada técnica, elementos
a través de los cuales la autora nos presenta un mundo lleno
de costumbrismo, fantasía, ficción, poesía, amor, deseo,
misterio, magia, energía y muerte, todo ello con el fin de
transmitir mensajes inspiradores a través de los secretos
laberintos creados por su mente aguda y ágil. Por otra parte,
la sencillez de su personalidad encantadora se ve reflejada en
tantos hermosísimos y poéticos cuentos, los que, siendo
pintora al fin y al cabo, pudieran ser cuadros que deseamos
colgar en una pared prominente de nuestra casa; cuentos que
siempre invitan a la lectura, y con ello, a ser felices y
soñadores por el corto espacio que nos proporciona su
lectura.
NOTAS:
Es con toda premeditación que a través de este ensayo llamo
“narradora” y no “narrador” a la/al que narra cada uno de
estos dos cuentos de Borka Sattler. El flujo de consciencia,
tan femenino, que se crea en ambos relatos cuando habla la
narradora omnisciente es representativo de la literatura
femenina contemporánea.
[2] La
traducción al español es mía. El original dice: “Coincident
with the individualization of the sierra Indian is the author’s
objective approach to their situation.”
BIBLIOGRAFÍA:
Aldrich, E.M. Jr. The Modern
Short Story in Perú. Madison, Milwaukee and London: The University of
Wisconsin Press, 1966.
Allende, Isabel. “Prólogo” a
Short Stories by Latin American Women. Houston: Arte
Público Press, 1998.
Cornejo Polar, Antonio.
Literatura y sociedad en el Perú: La novela indigenista.
Lima: Editora Lasontay, 1980.
Ferber, Michael. A
Dictionary of Literary Symbols. Cambridge University
Press. Cambridge, 1999.
Older, Steven. Symbolism: A
Comprehensive Dictionary. Jefferson: McFarland & Co., Inc.,
1986.
Ricci Della Grisa, Graciela N.
Realismo mágico y consciencia mítica en América Latina. Argentina: Editorial F. García Cambeiro, 1985.
Sattler, Borka. “Manuela”, en
La cama verde: Recuerdos, reflexiones y relatos.
Prólogo de Mariela A. Gutiérrez. Lima:
Contracultura Ediciones, 2003, pp. 149-160.

Mariela A. Gutiérrez
nació
en
La Habana, Cuba.
Profesora, conferencista, ensayista, investigadora y crítica
literaria. Ha vivido la mayor parte de su vida
en Canadá,
donde
recibió un Doctorado en Filosofía de la Université de Laval, Quebec, en 1985.
Es profesora titular y ex-directora (1998-2005) del
Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Waterloo, en Ontario,
Canadá, miembro del Senado universitario y ex-miembro (8 años) de la Junta
Directiva de los Estudios Femeninos de su universidad. Se
especializa en los estudios afro-hispánicos (principalmente Cuba) y en la
literatura femenina latinoamericana del siglo XX. Además de noventa y dos
artículos publicados en revistas académicas y antologías críticas, sus
principales publicaciones son: Los cuentos negros de Lydia Cabrera: Un
estudio morfológico (Miami: Ediciones Universal,
1986); El cosmos de Lydia Cabrera: Dioses, animales y
hombres (Miami: Ediciones Universal,
1991); Lydia Cabrera: Aproximaciones
mítico-simbólicas a su cuentística (Madrid: Editorial
Verbum, 1997);
El Monte y las Aguas: Ensayos Afrocubanos (Madrid: Editorial Hispano-Cubana,
2003); Rosario Ferré en su Edad de Oro: Heroínas
subversivas de Papeles de Pandora y Maldito Amor (Madrid:
Editorial Verbum, 2004);
An
Ethnological Interpretation of the Afro-Cuban World of Lydia Cabrera
(1900-1991). Selected
Writings by Mariela A. Gutiérrez (London/New
York: Edwin Mellen Press, 2008); y Afro-Cuban Short Stories by Lydia Cabrera
(1900-1991) Selected, Annotated and Translated by Mariela A. Gutiérrez
(London/New York: Edwin Mellen Press, 2008).
En calidad de ensayista y crítica, ha recibido siete premios
internacionales y el U.W. Award for Excellence in Research en octubre
de 2006. Fue galardonada por la
Asociación Literaria Cultural Con Cuba en la Distancia en la ciudad de
Valencia, por su vasta contribución académica en la investigación y en la
enseñanza, con la cual ha promovido y diseminado exitosamente la herencia de la
cultura cubana en el extranjero. Ha dado charlas
y conferencias por todo el Canadá, en dieciocho ciudades de los Estados Unidos,
y en países como Argentina, Colombia, Costa Rica, Dinamarca,
Ecuador, España, Francia, Italia,
México, Puerto Rico,
República Dominicana, Rusia, Suecia, Suiza y Trinidad y
Tobago.

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